El Destino del Mar. Novela juvenil de aventuras y piratas en la Galicia del siglo XVI
El Destino del Mar. Novela juvenil de aventuras y piratas en la Galicia del siglo XVI
El Destino del Mar. Novela juvenil de aventuras y piratas en la Galicia del siglo XVI

Cap. 1 El rojo picoteo del cangrejo

La extraña actitud de aquella sombra difusa y larga, que en el lluvioso crepúsculo invernal de la Costa de la Muerte se confundía en el horizonte con el mar y las rocas y se alejaba furtiva dejando tras de sí un terrible pecado, llamó de forma irresistible la atención habitualmente dispersa de Ángel María Seoane, que desde la cúpula acristalada en lo más alto del faro de Insúa, veía cómo aquel merodeador se alejaba. Encendió con presteza el farero las lámparas de la linterna, y descendió con la agilidad pausada que le daban la experiencia y los años, las empinadas escaleras de madera que desembocaban en el hogar a los pies de la torre. Se puso el abrigo y el gorro que minutos antes había dejado colgados a secar junto al fuego de la lareira, y se acercó con curiosidad innata al lugar señalado. Al llegar junto a aquellas rocas solitarias, nuevamente empapado y a duras penas alumbrado por la tenue llama de un viejo candil que intentaba abrirse paso en la densa oscuridad de la noche recién cerrada, halló incrédulo allí tirado el cuerpo agonizante del pequeño niño Ismael Limérez, hijo único de su prima carnal doña Elisa Piñeiro, flotando medio desnudo sobre un charco espumoso y salado, con las ropas hechas jirones y el cuerpo quebrado; siendo picoteado por un cangrejo que desapareció de su vista tras la primera ola que limpió de sangre las rocas.

Cap. 2 La batalla de las berzas y los grelos

Interminables habladurías circularon durante los meses posteriores a aquel infame suceso, siendo el concurrido mercado semanal de la plaza del pueblo el lugar perfecto para hacer pasar por el cadalso de las más reputadas lenguas viperinas, a todo vecino considerado o no sospechoso, comenzando por el propio Ángel María Seoane, al que todos llamaban "o lumeiro", por ser el encargado de encender la lumbre del faro local desde que el pueblo tenía memoria, y faro...

Cap.3 Sospechas y remedios

A la vez que la persistente lluvia invernal apagaba los rumores sobre la autoría de aquella infamia, iba el desconsolado padre de la pequeña víctima acumulando sospechosos sacados de sus archivos de abogado, buscando en ellos a malhechores por él encarcelados y a clientes insatisfechos que pudieran albergar ansias de venganza; colocando don Diego Limérez en el primer lugar de aquella lista a don Ovidio Lamela Castedo, su peor enemigo en el pueblo y a la sazón alcalde de Insúa y terrateniente nuevo, con quien además de los muchos contenciosos que con él mantenía sobre leyes y terrenos, había participado en la Guerra de Restauración Portuguesa luchando ambos bajo el pabellón del Rey Felipe IV a las órdenes del Duque de Osuna, terminando aquella contienda en común en la Batalla de Castelo Rodríguez, también llamada por algunos Batalla de Salgadela, de forma muy desigual; escapando don Ovidio junto al Duque de Osuna disfrazados ambos de monjes franciscanos, y quedando don Diego en el campo de batalla rodeado de 8.000 cadáveres y 6.000 soldados que como él, fueron hechos prisioneros.

Cap. 4 La silla cagadero

Siempre que se daba la ocasión, para disgusto y vergüenza de su madre, el propio Ismael ofrecía gustoso a las visitas todo lujo de detalles sobre aquel artilugio en el que reposaba la mayor parte del día, quejándose ante ellas de la tosquedad y de la dureza de la silla, mientras doña Elisa colocaba de nuevo en su espalda los cojines que él previamente había tirado debajo de la cama para reforzar así su discurso.

Cap. 5 El Destino del Mar

Del impresionante barco descendió entre relucientes sombreros de plumas, afiladas espadas, enormes baúles y otros suntuosos oropeles, el famoso capitán Rodrigo Andrade, conocido en toda la Costa de la Muerte por el sobrenombre de “el Capitán”, que regresaba después de que su aldea de la vecina comarca de Xemade fuese arrasada por una incursión de piratas ingleses encabezados por el sanguinario bucanero Henry Davis, al que según contaban las malas y acertadas lenguas, el propio Rodrigo Andrade años después había dado muerte en las islas Bahamas. Tomaron tierra junto a “el Capitán”, un puñado de sus más leales hombres vestidos todos al pomposo y colorido uso de la corte francesa, flanqueando y protegiendo a cada paso a su hija Emma de quince años, que a pesar de su rubia melena a Ismael le pareció más bien muchacho por su actitud y desenvoltura, y por ser la primera mujer a la que veía llevar calzones y camisa...

Cap. 7 El naufragio en el círculo de cristal

...Gritó la abuela “arrastrando” de la mano a doña Elisa por el largo pasillo, pensando Ismael mientras las oía alejarse bajando las escaleras a grandes zancadas, que era normal que su abuela corriese hacia el peligro, pues desde siempre le había encantado meterse en toda clase de líos; pero a su madre, como no fuese para organizar otro naufragio mejor planificado, no se la imaginaba ni a cien metros. .

Cap. 8 El viento azota las velas

A la mañana siguiente del naufragio, el sol había decidido acompañar a todos los vecinos que corrían hacia la costa desde primeras horas del amanecer, en busca de cualquier objeto que pudiesen arrebatar al carguero inglés encallado. Desde la ventana de su habitación sobre la taberna, Emma Andrade los observaba con gusto ir y venir cargados de artilugios de todo tipo, a sabiendas que la carga más importante de aquel barco estaba ya a buen recaudo...

Cap. 11 El escondite azul

«A la luz de una famélica vela, arropado por los quejidos y los lamentos de mi ama de llaves que desde su habitación me llegan, vago en la noche por esta inmensa casa vacía. En ese penoso y tétrico deambular nocturno, como cada noche llego a mi pequeño escondite azul, huyendo de los sueños y de las pesadillas que me seguirán hasta la sepultura sin tregua y sin piedad alguna. La lánguida luz de la escuálida vela, muestra poco de lo que en otro tiempo fue el esplendor de este pequeño gabinete de azules paredes, del que sólo quedan polvorientos cuadros de olvidadas caras, y viejos libros en la pequeña biblioteca confundida con la pared oscura. La chimenea, apagada para siempre en un rincón de la estancia, ya sólo calienta mis recuerdos y aviva mis temores.

Cap. 13 El cementerio de los ingleses

Prometía ser aquel un agitado día para don Diego Limérez y doña Elisa Piñeiro, que después del desayuno y de asistir piadosos al seguramente multitudinario entierro de los náufragos ingleses, tenían intención de partir hacia Compostela para realizar algunas compras que en el pueblo no eran posibles, pues la única tienda a la que se le podía dar tal nombre en toda la comarca de Froydela, pertenecía a la reputada casamentera doña Fabiana Nogueira.

Cap. 15 Sombras en la noche

Viendo cómo la sombra se hacía cada vez más grande y comenzaba a subir los peldaños, giró Ismael la silla y se alejó a toda velocidad hacia el estudio en el que entró cerrando la puerta con el pequeño pestillo. Los pasos del intruso ya se oían por el pasillo, aumentando sin cesar su intensidad y escuchándose ya tan cerca, que a Ismael le parecía que estaban dentro de su propia cabeza. Se veía Ismael en aquel momento a sí mismo, como a un pobre niño imposibilitado y muerto de miedo a un lado de la puerta, mientras al otro lado se encontraba el terrible asesino profanador de tumbas con su hacha preparada para dar fin con una sonrisa a su trabajo. Esperaba el pequeño inválido tan amedrentado su inminente final, que era el agitado latido de su corazón lo único que escuchaba ya, temiendo a cada palpito que tal estruendo pudiese llegar a oídos del intruso. Fue entonces que los pasos se detuvieron y volvió a silbar el viento...

Cap. 16 Conspiración para una señorita

Pepín Canedo pasó ayer tarde con un paquete bajo el brazo muy disimuladamente ante mí, que estaba comiendo en una de las mesas de la taberna haciendo que no lo veía, y subió sigiloso a las habitaciones. Poco después bajó ya sin nada bajo el brazo y se fue como si nunca hubiera estado allí. Entonces corrí a mi habitación cuya puerta se encontraba extrañamente entreabierta, pues siempre la cierro con todo cuidado y precaución para evitar intromisiones en mis cosas más preciadas y privadas, de los energúmenos que por aquí suelen pulular. Entré en mi cuarto y sobre la cama encontré un “precioso” vestido de color azul y blanco, muy del estilo francés tan de moda en estos tiempos, de corpiño puntiagudo, falda drapeada con polizón y cola, y mangas tirantes hasta el codo con chorreras, que doblé con sumo cuidado y guardé en el arcón de la ropa junto con los otros seis o siete que desde hace un tiempo a esta parte me va dejando. Nunca me he puesto ninguno de esos atuendos, pues en mi opinión son incómodos para correr, trepar por los cabos, navegar o abordar barcos.

Cap. 18 Una clase maestra

Bajó Emma la escalera seguida por Mazaricos, que intentaba con todo cuidado que ningún objeto se escapase de entre sus enormes brazos. Al llegar a la taberna, ya más animada de público, todos los allí presentes clavaron sus ojos en Emma, y al verla de aquella manera vestida dejaron súbitamente las bebidas, cesaron en sus charlas, zanjaron todas las discusiones, y los que estaban sentados se pusieron en pie como si el mismísimo Rey Carlos II “el Hechizado” hubiese hecho acto de presencia en “el Capitán” y hubiese sanado. Las mejillas de Emma no lograron evitar sonrojarse, y como todo era susceptible de empeorar, Sambade inició un tímido pero entusiasta aplauso que inmediatamente fue acallado por Pepín Canedo con un gesto de reprobación que el primero no entendió.

Cap. 19 Revelaciones inesperadas

La bandeja de la comida, tras llevar ya un buen rato sobre la mesa, continuaba repleta e intacta, pues a cada ruido, a cada puerta que se abría o se cerraba o golpeaba con fuerza, creía Ismael ver a Nasito arrastrando con una mano el cadáver de su hermana muerta, ajada y seca, acercándose por su espalda con la intención de regalarle un letal mandoble ordenado por los piratas. Esta continua visión de su futuro certero y próximo, que así él lo creía e imaginaba, hacía encoger su estómago y bloqueaba su apetito. Sólo la curiosidad por el extraño libro hallado entre el material didáctico, consiguió apartar de su mente las elucubraciones sobre su inminente fallecimiento, para prestarle toda su atención al pequeño y misterioso manuscrito.

Cap. 20 El misterioso hombre rico

Pero sucedió que cuando Peregrino de Pión terminó de vaciar el alcohol de su vaso para llenarlo de lágrimas, entró alborozado, cantando e invitando a todos los allí presentes Gumersindo Balayo, más conocido en el pueblo como Gumersindo “de la casa de arriba”. Estaba feliz como una lombriz, pues según contaba había concretado la venta de la antigua casona que su familia posee en lo más alto del pueblo por una cantidad tal, que le había dejado la vida resuelta...

Cap. 22 La gran fiesta de Froydela

Viendo que por las piernas se estaban ya quemando, decidió arrastrarlo ladera arriba hasta el camino, a sabiendas de que esa era su única vía de escape y su única posibilidad de salir vivos. Pero Ismael no reaccionaba y su peso, a pesar de ser una chica fuerte, era excesivo para ella. Aún así tiró de él con todas sus fuerzas, pero la pendiente los hacía resbalar lo poco que conseguían avanzar. Empezó Emma a darse por vencida, pensando que nunca llegaría con Ismael hasta el sendero, pero tampoco podía salvarse ella y dejarlo morir a él allí de aquella manera...

Cap. 25 La isla de Anja

Pero poco duró la tranquilidad en aquella travesía, pues un navío con pabellón inglés apareció en el horizonte de nuestra popa e inició salvas de aviso para que inmediatamente rindiéramos el barco. Para decepción de los ingleses, el capitán del galeón no parecía dispuesto a ser capturado, y durante todo aquel día y el siguiente estuvimos jugando con ellos al ratón y al gato. Por desgracia, una vía de agua abierta por una andanada de los cañones enemigos, provocó que el galeón se volviese inestable, más lento y poco manejable, y que el abordaje inglés estuviese más cerca a cada minuto. Tuve la suerte que en la huida pasamos frente a “la isla de Anja”, la pequeña y solitaria isla en la que habitualmente, como tú bien recordarás, recalábamos con El Destino del Mar en busca de provisiones y agua. Vi ahí mi única escapatoria, pues de ser capturados acabaría con seguridad en prisión, o lo que era peor, con una soga al cuello.

Cap. 26 Suenan las campanas a ritmo de venganza

Al verse descubierta, corrió Emma hacia la sacristía perseguida por el cura, desconociendo que aquella estancia no tenía salida. Cuando intentó volver sobre sus pasos, se encontró a don Ildefonso Aguasantas obstruyendo la puerta. Aún así creyó Emma tener una oportunidad, pues no consideraba al párroco enemigo a su altura. Pero desgraciadamente para ella, tras el cura aparecieron Triquiñuelas y Panchés, que lo apartaron y entraron en la sacristía para capturarla. Siguió Ismael toda la escena atisbando a cada instante los sucesos tras la celosía, escuchando a continuación los golpes que Emma dio, las patadas que propinó, los mordiscos que regaló, los gritos que provocó, las botellas de vino que se rompieron, las sillas que volaron y las hostias que cayeron.

Cap. 27 Encerradas sin salida

Mientras descendían hacia el pueblo, las voces y los gritos de las gentes que corrían para apagar el fuego que desde cualquier punto de Insúa ya se veía, hacían temer aún más a Emma por la vida de las mujeres que encerradas permanecían. Cuando el camino quedó vacío y en silencio, escuchó a Triquiñuelas y a Kurtz culpando a Gumersindo Balayo del incendio de “la casa de arriba”, pues aseguraban que había sido visto por parte de la servidumbre entrar en la casa con una antorcha en la mano. No pudo evitar tampoco ni ella misma lo hubiera querido, dejar de escuchar a Arsenio de Xan informando al hombre rico sobre la muerte de don Ovidio Lamela Castedo, alcalde de Insúa, a manos de Santiago Ulloa, quien según el carpintero también había herido en su huida a los dos guardias que lo custodiaban en el juzgado. Esta noticia puso muy nervioso al hombre rico a entender de la secuestrada, pues veía éste peligrar su vida a cada giro de las ruedas del carro que lo transportaba, creyendo ver a Santiago asomar en cada curva, tras cada muro, tras cada árbol y tras cada casa.

Cap. 28 Cautivos en la tormenta

Asomó Emma la cabeza al exterior, y ante ella estaba la botavara del palo mayor tirada en cubierta como había imaginado. Al parecer, había arrastrado en su caída cabos, obenques y todo el trapo de ese palo que sobre ella se plegaba, condenando a El Destino del Mar a una deriva agravada por la presencia del viento del noroeste que presagiaba convertir la incesante lluvia en un tormenta que nadie deseaba. Era consciente Emma que de recuperar las velas del palo mayor, dejarían atrás al pesquero perdiendo así su oportunidad de ser rescatados; pero de no hacerlo, terminarían destrozados contra las rocas de la costa.

Cap. 29 Carta a una gaviota en vuelo

Hace unos días entré con mi abuela a la taberna para mantenerla limpia y aireada por si algún día regresas. Era la primera vez que allí me adentraba, y realmente me costó trabajo imaginarte en ella. No pude resistir la tentación de mirar desde la ventana de tu habitación a la mía, y en ello estaba cuando sobre la cama encontré el manuscrito de Santiago sobre ella. Pensé que tal vez allí corría peligro de perderse y me lo llevé secuestrado hasta que tu vuelvas.


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