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Libro: Álter. Cortos y fastidiosos en un libro un tanto... siniestro

Álter. Cortos y fastidiosos en un libro un tanto... siniestro
Título: Álter. Cortos y fastidiosos en un libro un tanto... siniestro

Autor: Gabriela Vallejo | Editorial: Círculo Rojo y Dunken | Año: 2014 | €: 13
Genero: Terror, Relato corto,
De venta en: comprar, comprar, comprar
Antología de relatos cortos de terror, que cuenta historias siniestras e intenta desafiar los instintos del lector desde el primer hasta el último párrafo. Terror psicológico, amores siniestros, pasiones asesinas y crítica a una sociedad enferma..

Descripción de: Álter. Cortos y fastidiosos en un libro un tanto... siniestro

EXTRACTO DEL PROLOGUISTA

(…)Más allá de las fórmulas elegidas, el acento de Álter está en la frialdad de la autora para asesinar princesas, para llevarnos dos metros bajo tierra, y aún más profundo, donde se respira la muerte en el metro. O para instalar la tragedia griega en una carnicería, para cocinar un caldo con ingredientes secretos y también manjares fritos. O para instalar el espanto en terrenos tan insospechados como femeninos: el modelaje y la manicura, los espejos y la peluquería. O para desenmascarar terrenos más masculinos como la ruta, el turismo sexual, o la voracidad del ejecutivo en busca de un salario más alto.

(…)La sangre de los personajes alterados, tallados a imagen y semejanza de la autora, desborda sin manchar al lector. Con ustedes, el trastorno hecho libro. Adelante.

Fragmento de: Álter. Cortos y fastidiosos en un libro un tanto... siniestro

POBRES DESVALIDOS

La familia está reunida en la sala de estar alrededor del televisor que transmite las últimas noticias locales.
El país ha quebrado por el temerario desfalco de las reservas, y está indefenso a merced de una nueva y brutal amenaza. La destrucción de vidas se ha vuelto una estadística que se informa diariamente, igual que las condiciones meteorológicas.
Los formadores de opinión llaman a la población a mantener la calma hasta tanto se agoten todas las instancias posibles para negociar con el enemigo. Pero la gente no es tonta, sabe que no hay recursos suficientes para apaciguar esa furia.
Además, el contrincante no quiere negociar, su mayor fortaleza es que no tiene miedo a morir; ese bando no escatimará en violencia, peleará con todas las armas, alzará la apuesta a vivir o morir, sin importar las bajas ni los daños colaterales. Ya lo han demostrado arrasando varias ciudades y ninguno, ni las fuerzas policiales ni el jodido ejército, ha podido parar esa máquina de destrucción. Se agotó la tregua.
La ciudad quedó casi vacía, aunque muchos han decidido esconderse en sus casas hasta que el enemigo les obligue a entregarlo todo. Quienes optan por quedarse, saben que lo hacen bajo su propia responsabilidad. Están indefensos y tendrán que luchar armados hasta los dientes, aun sin haber aprendido a usar un arma.
Tal el panorama, la familia se atrincheró en su fortaleza. Las vigilias son de veinticuatro por siete y cada guarda cumple en informar las novedades. También se han auto asignado rangos para colaborar entre sí y conseguir un efecto multiplicador en la estrategia defensiva.
En la familia son siete, todo un pelotón.
El padre se encarga de enseñarles a dos de los hijos a disparar las armas de fuego (una escopeta de caza y una 9 mm) que pudo conseguir de contrabando en el lujoso barrio cerrado que está cruzando la autopista. Para él, se agenció una ametralladora MG3 con la que todavía está flipando. Y, a los dos hijos más pequeños, a falta de una alternativa mejor, les enseñará a defenderse con palos y navajas.
Los niños, que son cuatro, tienen entre seis y catorce años. Demás está decir que a estos soldaditos mucho no se les puede exigir pero, en la guerra, todos los esfuerzos suman.
La madre, que siempre fue ama de casa, se niega a tocar las armas de fuego y, a decir verdad, cualquier arma. Si por ella hubiera pasado la decisión final, estarían huyendo despavoridos de la ciudad. Pero siempre ha hecho lo que ha dictado su marido. Así que, prefiere ocuparse de los quehaceres, el mantenimiento en general y, eventualmente, calcula que se ocupará de los heridos.
El séptimo integrante de la familia es el abuelo, quien se autodenominó Cabo Primero, a pesar de que en realidad no lleva ningún cotarro. Su tarea es la de dar los discursos a la hora del almuerzo familiar. Se ha creído que es importante para levantar la moral de los soldados.
Visto así, no son tantos a la hora de la verdad: un soldado completo y dos medios y dos cuartos, que hacen un total de dos soldados y un poquito más, una enfermera y un cabo viejo.
Se acerca el día D. El ataque es inminente. Recorriendo las calles fantasmas de la ciudad, empiezan a venirse las furiosas hordas armadas. Hay algunas barricadas defensivas, pero duran apenas lo que dura una ola en el mar.
Desde el balcón, la familia puede ver que los enemigos se van acercando a su edificio. Vienen los pobres llenos de ira y descargarán todas sus frustraciones golpeando a quienes se crucen a su paso. Los años de indigencia y hambre han permitido la formación de un ejército de hombres furiosos y con vocación destructiva. Ya no hay ayudas gubernamentales para resistir.
La estrategia ofensiva es la lucha cuerpo a cuerpo, de hombre a hombre, cara a cara. Saqueos, incendios, destrucción. Al pobre no le queda esperanza, y al que todavía la tenga le será arrebatada.
El padre ordena a sus soldados que abran fuego. Usan el balcón como si fueran francotiradores. Las balas impactan sobre varios pobres antes de que otros alcen la mirada y descubran de dónde provienen los disparos.
Un pobre lanza una piedra con una fuerza brutal y le da en la cabeza al niño de seis, que seguidamente cae del balcón y se estrella en plena calle, esparciendo sus sesos en medio de la multitud.
La madre grita y saca la fuerza suficiente como para levantar el televisor en sus brazos y arrojarlo por la ventana. Al menos mata a dos.
El abuelo se hace pis encima pero, como buen Cabo, sigue animando a los soldados y les acerca municiones.
Los pobres entran al edificio y suben por las escaleras pateando las puertas, rompiendo vidrios y tirando bombas caseras en cada piso.
Llegan al quinto, de donde salieron los disparos, y entran alrededor de diez salvajes para machacar a estos “burgueses”. En medio de toda la locura, el padre intenta dialogar y les pide llorando que se lleven todo, pero los pobres no escuchan razones.
Inician el fuego en el quinto piso con la familia atada a unas sillas dispuestas en el medio del salón, como se disponen los troncos para encender una hoguera; y, antes de que todo explote, cogen como botín unas botellas de vino, unos portarretratos familiares, otros tantos objetos innecesarios, y se van a saquear el edifico de enfrente.

MATANDO EL TIEMPO

Estoy sentada en la mesa de un bar esperando a un amigo con el que hemos quedado para ponernos al corriente de los avatares del día a día.
Chequeo qué hora es y compruebo que se está retrasando más de lo admisible, unos veinte minutos, pero pretendo que no me importa porque tengo una noticia importante que comunicarle.
Entre mirar el reloj y navegar con el móvil por webs de periódicos y Facebook, voy quemando los minutos de uno en uno. Sin embargo no dejo de soslayar con la mirada lo que pasa a mi alrededor (siempre hay que aparentar un estado de alerta aunque estés haciendo varias cosas a la vez) y veo que por las escaleras del café va subiendo un demonio maligno.
No es redundante decir demonio maligno cuando has conocido muchos demonios arrepentidos en la vida.
Estoy segura de que éste es de los malos, porque lleva la cola medio erguida y, como si la cola tuviera vida propia, va dándole golpecitos a todo lo que se le acerca cada vez que el demonio menea el culo.
Mientras sube las escaleras, la cola va pegadita a la pared, acariciándola, y hace el ademán de cortarle el paso al camarero en apuros que va en descenso ultrarrápido con la bandeja repleta de tacitas de café. Y yo pienso “si es que los hay cabrones y malparidos”.
El demonio va merodeando entre las mesas, pero a la mía no se acerca porque sabe que lo estoy observando y que si se arrima demasiado voy a reaccionar de mala manera, pero también sabe que si no se fija en mí, no haré nada por impedir que siga haciendo sus maldades.
Al fondo del bar alguien empieza a chillar como un cerdo desollado, su acompañante le clavó un tenedor en el ojo y se fue despotricando con insultos y ademanes.
El cerdo se retuerce de dolor en el suelo y pide auxilio, pero los que nos hemos percatado de la situación preferimos no meternos con las cosas del más allá.
Viendo el demonio que son pocos a los que ha llamado la atención, se acerca a la barra y le prende fuego al cabello de la cajera.
La tipa no entiende nada de lo que ha sucedido y grita de susto mientras el fuego le va consumiendo la piel y los billetes.
Así, el demonio feliz, sigue haciendo de las suyas: lanza su tridente al azar e impacta en una de las paredes rústicas del local, atrapando a su paso el cuello de un cliente distraído que no tiene ni tiempo de reaccionar; se ve que el hombre murió instantáneamente por cómo se le quedaron los ojos desorbitados y mirando cada uno para un lado diferente.
También salieron perjudicadas dos colegialas a las que les tiró una especie de píldora de la rabia en sus zumos de frutas; se empezaron a transformar en criaturas sombrías con ojeras y dientes afilados, garras como de águila y verrugas en la piel; se retaron a muerte con una curvatura corporal y ahí están enmarañadas en una pelea bestial, embebidas en su propia sangre y otros flujos corporales.
Si mi amigo no llega pronto al bar, todos sucumbiremos atraídos por la hipnosis demoníaca.
Han pasado diez minutos más. Veo que el demonio me ha guiñado el ojo y viene hacia mí meneando sus caderas gordas.
Por el calor que siento a lo largo de mis piernas, creo que me estoy meando en los pantalones. No sé si le daré lucha o me rendiré hasta que se apodere de mi alma.
Al mismo tiempo, se viene acercando desde la otra punta mi atrasado amigo Alfredo. Pareciera una estrategia militar de ataque simultáneo por dos frentes contra mi persona.
Agacho la cabeza y me quedo en blanco.
Mi amigo comienza a largarme una retahíla histérica de absurdas excusas para justificar su tardanza, claro que todas las disculpas que me pide no le costaron ni diez céntimos.
La realidad es que no quiero ni escucharlo porque yo sé que llegar tarde es un comportamiento bien aceptado y adoptado por la mayoría circundante, un defecto cultural enraizado en esta sociedad caracterizada por la impuntualidad y el ninguneo de las reglas básicas de convivencia.
Cuando por fin se sienta y se calla, lo miro en silencio y respiro con lentitud en un intento de contener la rabia acumulada durante los treinta minutos de espera.
Pero se pone a hablar otra vez y me pregunta que qué es lo tremendamente interesante que me había guardado para contárselo en persona.
Ya ni me acuerdo para qué cité a mi amigo.
Abro la boca y le escupo una ráfaga de fuego que le quema los pelos de la cara y le chamusca el flequillo.
El amigo que ahora se transformó en mi enemigo, se cae de la silla e intenta gatear hacia una escapatoria, pero yo estoy totalmente endemoniada.
Cojo la botella de cerveza de la mesa contigua y se la parto en la cabeza para inmovilizarlo y a patada limpia, con una especie de mix entre mi tono de voz y un gruñido espeluznante, intento explicarle que está muy mal llegar tarde y que, mientras él retrasa el tiempo tontamente, el mundo puede colapsar y a mí llevarme el demonio.

TRAPITOS AL SOL

Marta es medio idiota, quejosa experimentada y pesimista empedernida. Es una doña de barrio que usa vestidos floreados de piqué y zapatos con suela de goma, antítesis de lo delicadito.
Vive con su marido, el mismo que conserva desde hace treinta y cinco años, y no ha tenido hijos por culpa de su infertilidad. Pero, a esta altura de su vida, le ha tocado cuidar al viejo como si de un hijo se tratara.
El viejo está siempre en cama, inmóvil, calladito, no molesta. Pero Marta se las ingenia y siempre encuentra una excusa para fastidiarlo. Sobre todo, le echa en cara los años perdidos, como si ella no hubiera tenido otra opción que la de ser infeliz.
Hay que decir que, además de putearle todo el día, Marta le sigue queriendo. Ahora que el viejo está demacrado ella se encarga de todo: lo baña, lo peina, le cambia la ropa, lo acaricia; lo sienta en su silla de ruedas y, cuando asoma el sol primaveral, lo lleva a dar vueltas por el patio de la casa y lo abraza; le lee una novela histórica, le toma la tensión asiduamente, le saca fotos en posiciones graciosas para animarlo y lo besa.
A pesar de la mudez del viejo, ella no ha perdido la esperanza de que un día, ocurra el milagro: que la mire con esos ojitos arrugados y, sosteniéndole la mano, le dé las gracias.
Aunque Marta anda refunfuñando todo el día porque sí, no es tan aguerrida como se muestra con los vecinos. Se pasa las noches llorando por su viejo y piensa en la soledad que le espera cuando ya no tenga que ocuparse de él; a veces, reza para que la muerte la venga a buscar antes que eso suceda.
La pareja de ancianos ha recibido una nueva intimación. Acumula ya unas cuantas en el cajón de la cómoda: algunas son denuncias, otras simples notificaciones. Pero esta es diferente, a Marta le asusta porque vino firmada por un juez.
No le gusta nada lo que lee, prácticamente la acusan de ser una delincuente, y ella sabe que es malhumorada y de difícil trato, pero nunca ha molestado a nadie, excepto al marido.
Quieren entrar en su casa y llevarse al viejo. Piensa que el juez es un desalmado y que no ha sido racional. La primera reacción de Marta es la de pensar en mudarse, o ir a juicio, no le cabe la posibilidad de que alguien venga a llevarse al amor de su vida; ella lo atiende mejor que nadie, y pretende hacerlo hasta que ya no pueda más.
A Marta le gustaría pensar que escapar o ir a las cortes le va a funcionar, pero en su interior hay una voz que la desalienta y le pide la rendición.

Y vinieron a por él. Hoy es el día en que se llevarán a su viejito. Marta tiene una jaqueca insoportable pero está dispuesta a enfrentarse con el destino. Tiene un discurso preparado, quizá funcione lo de emocionar a los secuestradores, y en caso de que no funcione, tiene un arma escondida bajo la falda del vestido.
La policía forense entra en la vivienda y rescata el cuerpo del viejo (la mujer tenía el cadáver en su cama desde hacía cuatro meses y, a pesar de que intentaba conservarlo, el olor a muerte se esparcía más allá de los límites de su vivienda).
Marta está de pie en un rincón de la habitación. Mira cómo meten al viejo en una bolsa negra de pvc y lo ponen sobre una camilla, sin ningún cuidado, a tal punto que se escucha el ruido de sus huesos que se rompen.
Para alguien que ha sido capaz de amar a ese hombre por más de tres décadas, la escena es insoportable.
Marta no llora ni dice nada, sólo tiembla, y agachándose levemente, mete la mano bajo su falda, saca el arma y se pega un tiro.

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