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Libro: Persiguiendo un corazón

Persiguiendo un corazón
Título: Persiguiendo un corazón

Autor: Lauren Morán | Editorial: Amazon | Año: 2014 | €: 12
Genero: Novela, Romántica, comprar, comprar
Ingrid tiene lo que toda mujer puede soñar: un buen trabajo, un novio estupendo y grandes expectativas de futuro. Sin embargo, todo eso cambia cuando Adrián, su prometido, sufre un accidente de tráfico y muere. Ingrid cae en una depresión que la hará

Fragmento de: Persiguiendo un corazón

Capítulo 1
Ingrid

-Si alguien me hubiera dicho todo lo que iba a vivir durante este último año, probablemente no le habría creído. Son tantas las vivencias ocurridas y muy poco el tiempo que tengo para contárselo antes de que salga el avión. Veamos…
Todo empezó un catorce de febrero. Me encontraba sentada ante la mesa de un exquisito restaurante francés donde Adrián iba a pedirme en matrimonio. ¿Qué cómo lo sabía? Gracias a su hermana Coral, quien no podía mantener la boca cerrada en los momentos más decisivos, como éste. Estaba nerviosa. Había acudido quince minutos antes de la hora que teníamos reservada la mesa y el maître había sido tan amable de invitarme a una copa en la barra. Un gin tonic había servido para calmar, durante un leve momento, la agitación que mostraba en piernas y manos. Sin embargo, los nervios habían vueltos una vez me senté junto a la mesa. Saqué el móvil para distraerme. Decidí contestar un mensaje que esa misma tarde había recibido de una amiga y conté en el calendario los días que quedaban para mi cumpleaños. Faltaban solo dos semanas para volver a celebrar algo junto a Adrián. ¡Qué tonta! ¡Qué pronto había olvidado lo que iba a suceder esa noche! Adrián me pediría que me casara con él y yo fingiría pensármelo y finalmente me arrojaría a sus brazos con un apasionado beso.
Yo era romántica y cinéfila, una combinación explosiva. Imaginaba escenas de película en las que Adrián era mi Gable y yo su O’Hara.
Miles de pensamientos me vinieron a la cabeza y, en aquel momento, solo pude pensar en una sola cosa. ¿Cómo me vería él? Con un delicado movimiento de muñeca llamé al maître que, de forma tan afable, me había atendido minutos antes. Éste se acercó con una sonrisa en la boca.
-¿Qué desea, madeimoselle?” –el maître se acercó a mí, con un lito colgado sobre su brazo izquierdo. Me sonrojé. Todavía no me había acostumbrado a que se dirigieran a mí de esa manera aunque era la segunda vez que acudía a ese restaurante. Pensé en Adrián y lo felices que seríamos juntos y mis mejillas se encarnaron.
Contemplé la mirada serena del camarero y como atendía mi demanda. -Por favor, necesito su opinión, ¿podría decirme si ofrezco un buen aspecto?-. Se mostró desconcertado y me vi en la obligación de explicarme. -Sea sincero, por favor, es importante-. Por mi voz debió considerar que sí lo era y me sonrió.
-Señorita, el encanto de las rosas es que, siendo tan hermosas, nunca saben que lo son[1].
Le devolví la sonrisa y le di las gracias.
-No sabía que le gustara la poesía. Rara vez me encuentro con alguien que cite alguna -le dije un tanto curiosa.
-Sí, disfruto con ella, pero creo, mademoiselle, que esta es una noche especial para usted. Le dejo –anunció, retirándose. Tenía cierta elegancia al andar que confería mayor prestancia al local. Se dirigió hasta el atril que había a la entrada y le lanzó una sonrisa al cliente que esperaba ante él. Otra sonrisa diferente. Observé que el maître había recorrido mundo y me di cuenta de que esa era la clave de su éxito. Una planta me impedía ver quién había al otro lado. Las palabras del cliente llegaban lejanas, imposibles de discernir, no así las del maître.
-Buenas noches. ¿Tiene reserva? ¿Adrián Ruiz? Ajá, sí, aquí está -escuché unos murmullos y, entonces, el camarero comenzó a moverse entre las mesas seguido por una mujer. No fue hasta que se encontró ante mí que pude apreciar de quién se trataba. Con el rostro descompuesto (a pesar de su fingida sonrisa), tras él caminaba cabizbaja mi hermana Ruth. Mi cabeza se llenó de pensamientos, pero solo uno me vino a la mente en ese momento. Algo había ocurrido. Y algo malo. Era la única explicación. Aquel día iba avanzando muy despacio y la ley de Finagle había hecho acto de presencia. Algo que pueda ir mal, irá mal en el peor momento posible.
El camarero se detuvo, me miró, volvió la vista a Ruth y se despidió con un leve asentimiento. Ruth me saludó para, entonces, tomar asiento junto a mí y comenzar a buscar algo nerviosamente en su bolso.
Harta de tanta ceremonia, esperaba, inquieta, a saber el motivo de su aparición. A mi hermana le encantaba dar rodeos a cualquier tema hasta que era capaz de llegar al meollo de la cuestión.
-Ingrid –señaló, mientras seguía buscando. Su temor era grande. No me había mirado una sola vez a los ojos. -Tengo que decirte algo y no te va a gustar. Es mejor que vayamos a casa.
-No -contesté tajante, sorprendiéndome de mi propia firmeza. –Dime lo que sea aquí.
Ruth seguía buceando dentro de su bolso y comenzó a vaciarlo allí mismo como si creyera que fuera a encontrar un tesoro en cualquier momento. Veía su inseguridad reflejada en el hecho de que rehuía mi mirada, algo que solo le había visto hacer cuando me mentía o tenía que decirme algo que sabía no me iba a gustar.
-Si es mamá, ya puedes irte por dónde has venido. Si le ha dado uno de sus ataques, no pienso ir a verla. Ya sabes lo hipocondriaca que es -giré la vista a otro lado, decidida a no dejarme convencer tan fácilmente. -Y si es papá puedes decirle que iré a verle más tarde -comencé a subir la voz de forma histérica, casi sin darme cuenta. -¿Sabes que Adrián va a pedirme esta misma noche que nos casemos y vienes aquí de todos modos? Vas a estropearlo todo -una densa nube de miedos y dudas se instaló sobre mi cabeza y no sabía si estaba actuando bien, pero tampoco me lo planteaba antes de hablar.
Ruth, sin embargo, debió pensar que la estrategia del bolso no estaba siendo la más acertada y terminó devolviendo todo a su sitio. Sin más, abandonó la idea. Me abrazó y me rogó que nos fuéramos de allí. Asentí.
-De acuerdo, vámonos. Cuanto antes lleguemos, antes sabré lo que sucede, visto que no tienes intención de contarme nada -mi voz mostraba cierto matiz arrogante. No era de ese tipo de personas que se callaba lo que pensaba dentro de su círculo íntimo. Mi hermana y yo teníamos la suficiente confianza para contarnos nuestros problemas, nuestras alegrías e incluso hablar de nuestros defectos, por muy feos que estos fueran. Sin embargo, Ruth hizo un mohín y se quedó en silencio. Sabía que le había herido, pero ella me conocía bien y no soportaba que me empezaran a contar algo para luego dejarlo a medias.
Le cedí las llaves del coche ya que no me veía con ánimo para conducir. El trayecto a casa se hizo eterno. El silencio que nos envolvía se tornó tenso dentro del vehículo. La situación no era mala. Era malísima para ambas. Yo, con angustia por lo que pudiera haber pasado y ella, intentando contener las lágrimas.
Había dejado mi teléfono al maître para que me llamara si Adrián aparecía en el restaurante. Mi hermana no soltaba palabra y tenía miedo de que mi novio creyera que le había abandonado en plena cena. Entonces, pensé que si lo llamaba descartaría cualquier posibilidad, por extraña que fuera. Saqué el teléfono, con sutileza, rogando que mi hermana no se diera cuenta. Nada fácil al estar las dos sentadas brazo con brazo. En cuanto Ruth me vio con el teléfono, me lo quitó inmediatamente de las manos y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.
Mi rabia creció de forma exponencial y terminé explotando. -¡Basta ya! ¿Pero cómo voy a avisar a Adrián de que no se preocupe por mi ausencia? -mi mirada estaba llena de indignación por el comportamiento de mi hermana, de desasosiego porque ella no hacía las cosas sin un motivo y de miedo porque una gran angustia estaba retorciendo mi estómago. Mi corazón latía a mil por hora y eso no era nada bueno teniendo en cuenta que me habían hecho un baipás el año pasado y estaba bajo vigilancia médica. ¿Qué más podía sucederme?
Ruth me observó con un rictus serio y volvió de nuevo la mirada a la carretera. Pulsó el indicador de dirección a la derecha y paró en el arcén, activando las luces de emergencia. Entonces, giró su cuerpo hacia mí para tenerme frente a frente. Unos segundos después, me sujetaba de ambos hombros, clavando su mirada en la mía. Parecía como si quisiera hipnotizarme. Como si hablándome lenta y pausadamente, sus palabras fueran a tener un menor efecto en mí.
-Quiero que me escuches bien. Lo que voy a decirte no es ninguna broma. Hablo muy en serio. ¿Me entiendes?
Quise gritarle, pero sabía que empeoraría las cosas. Maldita sea, sabía de sobra que todo aquello iba demasiado en serio. Tenía que serlo para haberme sacado del restaurante a rastras. Para meterse de por medio en algo tan importante para mí.
-Adrián ha tenido un accidente -se limitó a decirme. No escuché lo que siguió a continuación. Como si de una película se tratase, una voz grave y distorsionada llegó a mis oídos, sacándome de la realidad y dejándome aislada, en mi propio mundo.
Lo siguiente que recordé fueron voces a mi alrededor y un fuerte dolor de cabeza mientras abría los ojos. Inmediatamente los cerré y me llevé una mano a la cara, protegiéndome de la luz. Traté de incorporarme, pero enseguida alguien evitó que lo hiciera y me recostó de nuevo. Era Coral, la hermana de Adrián. Acepté, sin otra opción.
-Co…Coral -me costó pronunciar su nombre, como si mis cuerdas vocales hubieran olvidado hacer su trabajo. Mi garganta se encontraba reseca y tuve que hacer un gran esfuerzo por hacerme escuchar. -Coral -gruñí nuevamente y busqué su mano. -Adrián, ¿está bien? -pregunté, con temor, al recordar la fatídica noticia que había recibido antes de desmayarme, deseando que todo fuera una horrible pesadilla. Su cara era un lienzo en blanco. Apretó sus labios y desvió la mirada. Allí estaban mi hermana y Hernán, el padre de Adrián, ambos pálidos, pero él, además, tenía los ojos hinchados de tanto llorar. La única que faltaba en la sala era Gloria, su mujer, que supuse estaría aferrada a la cama de hospital donde se encontraba Adrián.
Coral soltó mi mano y salió precipitadamente de la habitación. Me quedé petrificada y solo pude volver en sí cuando Ruth y Hernán se acercaron a mí. Hernán me pasó la mano por la cabeza de forma cariñosa. Le quería como a un padre y yo ya era como una hija más para él.
-Ingrid, -su tono serio no hizo sino resaltar la importancia de aquella situación- hubo un accidente. Adrián iba conduciendo para llegar a vuestra cita, pero un coche se le cruzó, no tuvo tiempo de frenar y chocaron frontalmente. Para cuando las ambulancias quisieron llegar, ya no pudo hacerse nada. Lo siento, cariño-. Las lágrimas comenzaron a brotar incesantes una tras otra y ya no pude parar.
-Será mejor que nos vayamos -confesó Hernán. -Volveremos más tarde. Ahora descansa, hija.
Ahogué las lágrimas por un momento y le miré. Desde que le viera esa misma semana, Hernán había envejecido diez años, sus manos temblaban visiblemente y sus ojos continuaban acuosos a pesar de no mostrar fuerzas para seguir sollozando. Me erguí repentinamente y le abracé fuerte. Tras unos segundos, aflojé un poco creyendo que tal vez le haría daño y fue, entonces, cuando él me devolvió el gesto y me hizo sentir incluso más miserable.
-Debes descansar y no hacer esfuerzos. No queremos otro disgusto en la familia –me aconsejó con semblante serio, antes de arroparme y darme un beso en la frente.
Le vi marcharse con lentitud y un andar desgarbado que resultaban raros en él. Cuando dobló la esquina al llegar a la puerta, pude desahogarme y llorar aún a sabiendas de que no estaba sola. Observé a mi hermana y esa sola mirada le bastó para saber lo que le estaba pidiendo. Salió por la puerta mientras yo me levantaba en busca de mi ropa y, diez minutos después, firmaba el alta voluntaria. Ahora era momento de estar con Adrián, verle y aceptar que se había ido para siempre. También era tiempo para estar junto a su familia. No solo porque ellos me necesitaran, sino porque yo también necesitaba de ellos. Saber que siempre podría contar con ellos, aunque Adrián hubiera desaparecido, era algo que, de alguna forma, me tranquilizaba aunque no borraba su pérdida ni el dolor que eso conllevaba.
Me prestaron una silla de ruedas durante mi breve estancia en el hospital y no tuve elección ante las constantes súplicas de Ruth. Ella se encargó de timonear la silla a la vez que yo iba mirando a los lados, anhelando llegar cuanto antes a Traumatología. Cruzamos el pasillo hasta el ascensor y subimos hasta la quinta planta. Allí captamos la atención de un chico (vestido con un chaleco y un pantalón azul, que indicaba su trabajo como enfermero de Urgencias), quien se paró y nos preguntó si podía ayudarnos.
-Buscamos la habitación de Adrián Ruiz –anuncié con una tranquilidad que solo era aparente.
Rubén, que por lo general era un chico de carácter extrovertido con el que se podía hablar de cualquier tema, había tenido una noche horrible. Para empezar no había dormido. Había tenido que quedarse a cubrir el turno de su compañero que había caído enfermo a última hora y, con éste, ya eran tres los turnos que realizaba seguidos. Sus ojeras aún no se habían hecho palpables, pero el cansancio hacía que sus movimientos fueran más aletargados y a su mente le costara más reaccionar. Un sudor frío le chorreaba por la frente mientras ponía en orden sus ideas.
El joven nos observó un instante antes de contestarnos. Parecía adivinar qué parentesco nos unía y eso solo lo hacía más duro. –Sigan el final de este pasillo. Es la última habitación de la derecha.
El chico siguió su camino y desapareció en el interior de uno de los cuartos asignados al personal. Mi hermana volvió a tomar los mandos de la silla de ruedas y la empujó por todo el pasillo. La silla, Ruth y yo nos detuvimos justo enfrente de la puerta. Desde el quicio de la misma, podían verse los pies de la cama. Y en ella, un pequeño bulto inmóvil.
Me agarré a los brazos metálicos de mi asiento y clavé mis uñas en sus almohadillas. El dolor era mínimo comparado con el que aturdía mis sentidos, desquiciándome hasta el punto de sentirme desfallecer. Mi personalidad se había desdoblado: una parte de mí quería correr junto a Adrián, la otra quería huir de allí.
Ruth comenzó a empujar la silla lentamente y me colocó a la derecha de la cama, junto a su mano. En ese instante, hizo acto de aparición uno de los médicos que había tratado a Adrián a su llegada al hospital. Detrás de él, el sanitario que nos había indicado la habitación de mi novio.
-Buenos días, soy el doctor Vázquez. ¿Y ustedes son? –preguntó el hombre de bata blanca, que llevaba sus manos sujetas a la espalda, alardeando de sus títulos.
-Ella es Ingrid. La prometida de Adrián y mi hermana –contestó Ruth, ahorrándome el mal trago de hablar con alguien como él.
-Bien. Bien. Oí que vendrían. Mis condolencias. Quisiera que supieran que no sufrió –confesó el licenciado, acercándose a mí y sujetándome el hombro con demasiadas confianzas. Mis músculos se tensaron y mi mirada evitaba la suya.
-Se lo agradezco –dije como pude, tratando de no soltar alguna barbaridad.
Mi hermana salvó la situación.
-Discúlpenos, doctor. Mi hermana se encuentra muy cansada. Han sido muchas emociones, demasiadas diría –replicó, agarrándole del brazo y llevándoselo fuera de la habitación. –Creo que deberíamos dejarla sola con él unos minutos.
Contemplé a Adrián cubierto de tubos y conectado a una máquina que, con unos fuelles, le mantenía con vida. A solas, eché a llorar y envolví su mano entre las mías.
-¡Maldita sea! ¿Por qué ha tenido que ocurrirte esto? Teníamos tantos sueños, tantos planes por hacer… -mascullé entre dientes, en su oído, como si aún pudiera escucharme. Como si solo con una palabra mía, pudiera volver a la vida.
Me sumergí en sus facciones, ahora relajadas. Los ojos, que tantas veces me habían mirado fascinados, permanecían cerrados. Su nariz, que se movía como la de un sabueso rastreando cualquier aroma peculiar que hubiera a su alrededor, parecía una simple pieza de atrezo en su rostro. Sus labios, que tantas veces me habían acariciado, me habían dicho tiernas palabras de amor y me habían impulsado a iniciar nuevos proyectos, se mostraban entreabiertos para permitir la entrada de uno de los tubos que le permanecían artificialmente con vida.
-No te castigues. Le conociste y pudiste compartir parte de tu vida con él –me alentó el sanitario, quien había estado de pie tras de mí, en completo silencio.
Me sobresalté ante aquella inesperada visita. No le había visto entrar y, mucho menos, quedarse apartado en un rincón. Antes de que pudiera decir nada, Rubén continuó hablando.
-Conocí a mi novia con quince años. Ella tenía cáncer, pero yo no lo supe hasta que fue demasiado tarde. No me dijo nada porque no quería que la tratara diferente. Solo ahora soy consciente de que, aunque lo hubiera sabido, no habría podido ayudarla. Me quedo con nuestros mejores recuerdos juntos, algo que tú también deberías hacer –me recomendó el joven, perdido en sus recuerdos. El silencio hizo que volviera a la realidad. El chico supo que aquel momento me pertenecía y abandonó la sala sin despedirse.
Me encontré de nuevo con la familia de Adrián a la salida del hospital. Estaban esperando un taxi cuando nosotras aparecimos. -Gloria -la llamé inmediatamente, antes de que otra cosa pudiera interrumpir lo que deseaba preguntarle.
-¿Sí? -se giró y al ver que era yo, se acercó con aire serio. -¿Te encuentras bien, Ingrid? Me dijo el médico que cogiste el alta voluntaria. Deberías haber esperado unos días a recuperarte de la conmoción.
Ignoré su preocupación. -Necesito hablar contigo, Gloria-. Mi hermana empujó la silla de ruedas a un lado para que Gloria y yo tuviéramos algo de intimidad. No fue necesario decirle nada. Una simple mirada le bastó a Ruth para comprender que esa conversación solo nos concernía a Gloria y a mí.
-Gloria, me alegro de que hayas aceptado de buen grado la donación de los órganos de Adrián. Es lo mejor que has podido hacer y él estaría feliz-. Apreté su mano haciéndome partícipe de su dolor.
-¿A qué te refieres? Yo no he oído nada –comentó a la vez que su rostro se llenaba de dudas. -¿Es que acaso él se atrevió a hacer tamaña locura sin consultarme?
Me di cuenta entonces de que Gloria no sabía nada de los deseos de Adrián. Él siempre había dicho que si le pasaba algo, desearía que sus órganos fueran donados para ayudar a vivir a otras personas. Incluso había firmado un documento ante notario pidiendo que se cumpliera su última voluntad. Adrián siempre lo llevaba encima. Supe entonces que alguno de los sanitarios que le atendieron debió encontrarlo. Me sentí obligada a compartir la información con mi suegra. Para cuando había terminado de asimilar la noticia, su rostro se había transformado. Sus ojos mostraban una ira implacable.
-¿Cómo no me dijo nunca nada? Era una decisión que no debía haber tomado él solo -exclamó mientras miraba a su marido y su hija esperando no ser la única que desconociera aquel dato.
-Gloria, lamento ser la persona que te de la noticia, pero él estaba convencido de ello e incluso firmó la autorización-. Le tiré del brazo para que se agachara y poder mirarla a los ojos. -Debes aceptarlo, era su voluntad. Piensa que él seguirá vivo en otras personas y eso es algo bueno.
Con la rabia todavía presente, Gloria se irguió dando por concluida la conversación. -Ya veremos si esos órganos se donan o no. Volvamos con el resto.
Me quedé allí quieta mientras la veía alejarse.
-NOOO-. Esa fue mi respuesta. No estaba dispuesta a aceptar que no cumpliera el último deseo de Adrián. El siempre me había dicho que quería ayudar de alguna manera a la gente y aquella era la forma más bonita de hacerlo. Era algo sencillo. Un gesto muy humanitario que decía mucho de él, pero parecía no haberlo heredado de su madre. En aquellos momentos, Gloria parecía de hielo, imperturbable y ni siquiera mi voz subida de tono la detuvo de caminar hasta el taxi que la esperaba.
-Ya hablaremos -pude escuchar antes de que la puerta se cerrara y el taxi desapareciera. Sin despedirme siquiera de las enfermeras que tan bien me habían atendido, Ruth y yo nos dirigimos al aparcamiento. Busqué el Mini Cooper de mi hermana. Era blanco y con dos grandes líneas negras que cruzaban el capó de arriba abajo. Ruth se había enamorado de él desde que le vio en una película de carreras de coches y no paró hasta que lo consiguió. Yo me había acabado acostumbrando a los tiradores de las puertas con banderines de meta y a los cómodos asientos de cuero color chocolate en los que tan buenos momentos habíamos pasado.
Mi hermana tenía cuerpo de mujer y alma de niño. Desde pequeña había odiado jugar con muñecas a no ser que las pudiera ubicar como parte de un equipo de fútbol imaginario donde ella era el delantero. Y cuando más disfrutaba era cuando papá la llevaba al circuito de karts y se pasaban toda la tarde conduciendo por la pista. De joven, muchos chicos la habían rechazado alegando que era poco femenina. Ella siempre había tenido claro que no cambiaría por nada ni nadie y, quien quisiera estar con ella, debía aprender a quererla tal y como era.
En eso le daba la razón. Puede que el hecho de que fuéramos familia tuviera mucho que ver, pero yo le quería con sus virtudes y defectos. Ella siempre me había apoyado en todo sin pedir nada a cambio. Estaba dispuesta a dar todo por los demás, algo que no iba conmigo, pero Ruth también me aceptaba con lo bueno y con lo malo. Al fin y al cabo, eso significaba ser hermanas.
No vi el coche por ningún lado, pero ella siguió caminando hasta el final del parking. No mencioné nada, no era el momento adecuado y tampoco tenía ganas de mantener una conversación. Lo único que deseaba era aterrizar en mi cama y no salir de allí nunca. Quería pensar que todo era un mal sueño y que cuando despertara Adrián estaría a mi lado, pero sabía que engañarme tampoco me haría ningún bien.
Cuál fue mi sorpresa cuando Ruth se paró ante un BMW Cabrio gris metalizado y pulsó un botón de apertura electrónica.
-¿Qué ha sido de mi hermanita, la de utilitarios pequeños? ¿Acaso he estado tan centrada en Adrián estos últimos meses que no me he preocupado lo suficiente por lo que acontece en la vida de Ruth? -pensé mientras echaba una ojeada al coche. Tenía todos los extras. Contemplé a mi hermana de nuevo. -¿Cómo has conseguido este coche? -inquirí, con un ápice de interés a la vez que cruzaba mis brazos sobre el pecho y la miraba frunciendo el ceño. Ruth se giró y me lanzó una mirada cómplice. -Siempre tienes ese don para saber todo de mí, Ingrid. Un día vas a tener que explicarme cómo lo haces.
No hablamos más hasta el final del trayecto. Ruth me dejó en el portal de mi casa y se ofreció a hacerme compañía. Podía pedir unos días libres en el trabajo y quedarse conmigo. Solo tenía que ir a por un pijama y su cepillo de dientes. No necesitaba nada más. Se lo agradecí y le aseguré que necesitaba estar a solas. Le di un abrazo fuerte como si no fuera a verle en mucho tiempo. Después salí rápido del coche y solté la puerta de un golpe. Un vecino entraba en ese momento y aproveché la oportunidad para no sentir la mirada escrutadora de mi hermana mientras buscaba las llaves y abría.
Cuando la puerta se cerró tras de mí, me aparté a un lado y vi como Ruth y el coche desaparecían dejando tras de sí un borrón. Subí por las escaleras con toda la premura que me permitían mis piernas. Vivía en un tercero y el camino parecía eterno. Llegaba por el segundo piso cuando una de mis rodillas comenzó a flaquear. Me obligué a subir los peldaños que quedaban mientras notaba como un pequeño hormigueo iba creciendo de forma paulatina y terminé por no sentir la pierna. Ahí fue cuando tropecé y caí. Mi mandíbula no llegó a rozar el suelo porque, para mi fortuna, alguien a quien no había visto (imbuida como estaba en mi dolor), pasaba por allí y me agarró por los hombros. A pesar de lo evidente y haber impedido el golpe, comencé a llorar. Entonces una voz me sacó de mis pensamientos.
-¿Se encuentra bien? ¿Se ha hecho daño? -preguntó un hombre del cual solo podía vislumbrar su barba cerrada y sus ojos azabache. Me quedé clavada en aquellos ojos y no fue hasta que el hombre me ayudó a apoyarme en él, cuando fui consciente de que me había hecho daño en el pie.
-Creo que se ha torcido el tobillo -declaró antes de tocar con cuidado mi extremidad inferior. Me solté de él con presteza y traté de mantener el equilibrio para llegar lo antes posible a casa. Un poco de reposo bastaría tanto para mi tobillo como para mi estado de nervios. Pero en cuanto apoyé la planta del pie no pude evitar dar un pequeño grito. -Deje que la lleve al hospital. Soy médico -. El hombre, a pesar de su aspecto cavernario, se mostraba muy correcto.
-Noo -respondí agitada. Él me miró confuso y preocupado, al mismo tiempo. Mis mejillas adquirieron un tono escarlata. La situación no podía ser peor. Acababa de abandonar el frío cuerpo de mi prometido, me habían dado de alta y ahora me hacía un esguince. Además, seguía con el mismo vestido de la noche anterior y no era de los que pasaban desapercibidos. Estaba claro que aquel día iba de mal en peor.
-Disculpe. He… -me quedé parada y comencé a desahogarme, aunque fuera allí y aunque fuera con aquel hombre, al que no conocía de nada. -He tenido un DIA HO-RRI-BLE. MI prometido HA MUERTO esta noche y A MI acaban de darme EL ALTA después de ser ingresada porque tengo PROBLEMAS DE CORAZON y no pude soportar la noticia. ASI QUE, ¿cree USTED que ACASO quiero volver ALLÍ? -. El hombre no se había movido un centímetro de su sitio y había escuchado atentamente cada una de mis palabras como si estuviera acostumbrado a encontrarse todas las mañanas con dementes que le gritaran en las escaleras. Me quedé mirándole y al no ver reacción en él, le entregué un “no, gracias” bastante irritada. Di la espalda a aquella persona que tan bien se había portado conmigo y traté de subir a la pata coja como pude. Supuse que él seguiría su camino y se olvidaría fácilmente de alguien como yo.
Logré llegar hasta mi piso, me apoyé en el vano de la puerta y hurgando en el bolso logré sacar las llaves y entrar antes de que nadie más me viera con ese aspecto tan alicaído.
Dejé que mi mirada se perdiera en el hall y me topé con mi reflejo en el armario empotrado de la entrada. El cristal me devolvía la imagen de una chica desaliñada. Ojos hinchados, rimel corrido y pelo alborotado. Me sentí fatal por preocuparme por mi aspecto en vez de por la persona que acababa de abandonar mi vida. ¿Qué haría ahora sin él? Me había acostumbrado a ir con él a todas partes y ahora, pensaba, sería incapaz de salir sola incluso a comprar el pan.
Pensamientos contradictorios llegaban como un torrente por todas partes y me inundaban hasta el punto de sentirme ahogada. ¿Cómo podía ser tan inconsciente y egoísta ante lo sucedido? Adrián había muerto y jamás volvería. Eso sería algo con lo que tendría que aprender a convivir a diario. Me odié a mí misma por aquello.
Me quité uno de los zapatos y le arrojé con fuerza contra el cristal. Acerté de pleno y estalló en mil pedazos por todo el suelo. Ni tan siquiera con eso había logrado descargar toda la rabia que llevaba dentro.
Me derrumbé sobre la puerta y me deslicé sobre ella. Terminé sentada en el suelo planteándome hacer cualquier cosa que me hiciera olvidar todo lo acontecido las últimas seis horas. Todavía no había sido capaz de asimilarlo. Fue el timbre lo que me sacó por un momento de mis aciagos pensamientos. Me levanté de prisa y me asomé por la mirilla. Cuál fue mi sorpresa al comprobar que tras la puerta se encontraba la misma persona con la que me había chocado en las escaleras del segundo. ¿Cómo sabía dónde vivía? ¿Acaso querría discutir o solo darme una bofetada por lo inmadura que había sido un momento antes? En cierta manera, pensé que me lo merecía, pero no estaba dispuesta a dar mi brazo a torcer. Decidí no abrirle, esperaría a que se cansara y, al fin, se fuera. Así fue. Llamó de nuevo, esperó unos minutos y, después, escuché girar sus talones y el ruido de sus suelas al alejarse por el pasillo. Respiré aliviada. Sabía que había sido una cobarde, pero no tenía la cabeza para nada en esos momentos.
Me descalcé dejando el zapato que me quedaba puesto y su gemelo, que había recogido, junto a la puerta. Ya barrería más tarde el estropicio que había hecho con el cristal. Caminé hacia el dormitorio. Me bajé la cremallera del vestido, bajándome un hombro. La otra mitad tuvo que esperar aún un buen rato hasta que me repuse del susto.
La noche anterior había dejado mi cuarto lleno de ropa por todas partes, indecisa ante qué ponerme. Y ahora me encontraba ante una habitación impecable. Aquello debía haber sido cosa de Ruth. Aparte de su obsesión por los coches, el orden era otra de sus manías. Imaginé que habría venido a por algo de ropa para mí y al ver aquel desastre, despejó la habitación poniendo todo o casi todo en su sitio. Aunque también me daba cuenta de lo despistada que era mi hermana al encontrar en una esquina una bolsa con ropa, la que supuestamente debía haberme llevado y se olvidó.
Tiré el vestido al suelo, me puse un pijama de franela que saqué del armario y me lo abotoné hasta arriba. ¡Me había sentido tan absurda llevando aquella ropa en el hospital y durante todo el camino a casa! Solo quería resguardarme entre las sábanas y ocultarme de todo y todos el máximo tiempo posible.


[1] Alegoría al Poema De Las Cosas de Jose Angel Buesa

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