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Libro: ¡Furia desatada en Mundo Guerra!

¡Furia desatada en Mundo Guerra!
Título: ¡Furia desatada en Mundo Guerra!

Autor: Julio Martín Freixa | Editorial: Pulpture | Año: 2014 | €: 9
Genero: Novela, Aventuras, Ciencia ficción,
De venta en: comprar, comprar, comprar
Tex Hardigan es un veterano de los circuitos de lucha libre. Próxima ya su retirada, el luchador está a punto de participar en uno de los grandes eventos del año cuando, de repente, es transportado a un misterioso planeta para luchar por su vida.

Descripción de: ¡Furia desatada en Mundo Guerra!

"¡Furia desatada en Mundo Guerra! Una aventura de Tex Hardigan" se encuadra en el subgénero conocido como Espada y Planeta, esto es, historias en la que un terrícola, normalmente soldado o atleta de élite, viaja a un planeta desconocido, habitado por diversas culturas y/o especies inteligentes que mantienen conflictos entre sí, y que se encuentran en un período de desarrollo equivalente a nuestra Edad Media, en el que el acero (espadas, lanzas, hachas, mazas, arcos y flechas) sigue siendo el arma principal. Notables predecesores de Tex Hardigan fueron John Carter de Marte, de Edgar Rice Burroughs; Esaú Cairn, de la novela Almuric de Robert E. Howard; Tarl Cabot, de la longeva saga Crónicas de la Contratierra, de John Norman; y, con matices, Adam Reith, del Ciclo de Tschai de Jack Vance.

La mejor forma de definir "¡Furia desatada en Mundo Guerra!" nos la proporciona la propia cubierta del libro: "Pura acción, pura aventura, pura espada y planeta". Olvidaos de tramas complejas, personajes con profundidad psicológica y graves traumas personales sin resolver, simbolismos, reflexiones filosóficas o complicados dilemas morales y espirituales, y preparaos para pasarlo bien durante un rato, desconectados de todo y enfrascados en las aventuras de Tex Hardigan, llenas de acción y combates que se suceden y agolpan sin descanso. Pura literatura de evasión sin más pretensión que entretener y divertir. Bienvenidos (de vuelta) al pulp.

Estamos ante un libro breve, unas 120 páginas divididas en seis capítulos intitulados, de extensión bastante pareja, y subdivididos a su vez en partes (I,II,III, IV...) Está narrado en tercera persona, por un narrador omnisciente y no participante, que se limita a relatar la historia sin intervenir ni opinar.
Tex Hardigan es un luchador profesional de la GWA (Asociación Global de Wrestling). Mide más de metro noventa, es moreno y musculoso, hijo de estadounidense y mexicana; con treinta y cinco años está en la cima de su carrera, pero las lesiones mal curadas le pasan factura y ya piensa el retiro o en cambiarse a las MMA, más duras pero con un calendario menos exigente. Durante un combate rutinario, se ve envuelto en una nube de humo, y al momento se despierta en el planeta que servirá de escenario a su odisea. Nada más poner el pie en él comienza una sucesión de aventuras, luchas, traiciones, engaños, cambios de suerte, trampas, huidas y persecuciones que no se detienen hasta la última página.

Julio M. Freixa ofrece en su texto todos los ingredientes de la fórmula: el héroe, un hombre de acción de físico portentoso y valor a toda prueba. Las mujeres hermosísimas y semidesnudas (o cuasidesnudas), los comerciantes y ladrones traicioneros, los aliados que Tex irá haciendo en su camino, los tesoros custodiados en torres inexpugnables, los combates entre gladiadores en enormes coliseos, los nobles crueles, calculadores y retorcidos, las criaturas colosales y monstruosas... Eso sí, este neopulp ya no tiene que sufrir los rigores de la censura de épocas pretéritas, por lo cual el erotismo puede llegar al sexo explícito y las heridas causadas por el acero pueden esparcir sin reparos sangre y miembros cercenados.

Freixa hace suyo el estilo sencillo y el ritmo desenfrenado de los autores clásicos del género, en el que el formato y los límites de extensión condicionaban la narrativa, reduciendo las descripciones al mínimo, con apenas adjetivación, y con diálogos de frases breves y directas. El ritmo narrativo es muy elevado, de manera que el libro puede terminarse en unas pocas horas, que se habrán pasado volando.

Reseña aparecida en www.KindleGarten.es

Fragmento de: ¡Furia desatada en Mundo Guerra!

Capítulo 1:
Alas de muerte negra


—Vamos un poco escasos de tiempo, chico, así que presta atención —El operario, vestido con un mono de trabajo azul con el logotipo de la GWA (Asociación Global de Lucha Libre), parecía estar llevando a cabo varias tareas a la vez—. Se trata del evento anual más bizarro que tiene la compañía actualmente. La Cámara de Eliminación; la habrás visto en la tele por cable.
—Y quién no —respondió el joven. Era su primer día de trabajo como montador en el asombroso circo ambulante de la GWA y trataba de absorber cada detalle con los ojos bien abiertos.
—La idea es sencilla: esas seis cabinas de metacrilato encierran a seis luchadores. Como puedes ver, están distribuidas alrededor del ring y todo el conjunto se encuentra encerrado en esa gran estructura de metal, como una jaula para pájaros gigante, que ahora están asegurando los montadores de la cuadrilla de Stan. Al principio del combate, las cabinas estarán cerradas. Cada dos minutos, se irán abriendo de forma aleatoria una a una, para dar salida a cada ocupante hasta que todos estén luchando en el combate. Nuestra labor consiste en instalar el mecanismo de apertura y asegurarnos de que funciona a la perfección. ¿Tendrás algún problema con ello?
—Creo que no, señor Hubbert. Me han enseñado antes cómo funcionan los dispositivos y estoy familiarizado con la electrónica.
—De acuerdo, pues. Puedes empezar por la cabina número uno, ésa de ahí.
—Pero, señor Hubbert… —titubeó el joven—. La número uno ya ha sido instalada por otro técnico hace unos minutos.
—¿De qué estás hablando? Eso es imposible. Yo soy el jefe de la cuadrilla y no hay nadie más asignado a esa labor esta mañana.
—Pero le digo que vi…
—Mira… ¿Dan, verdad? Escúchame, Dan. Si esta jaula no está lista para antes del almuerzo, el gerente nos echará a la calle. Sé que es tu primer día y estarás algo nervioso, pero inventando historias no vas a seguir mucho tiempo por aquí. Te lo digo como un consejo personal: haz tu trabajo lo mejor que puedas y hazlo rápido. Luego vendré a ver cómo te ha ido.
Hubbert se alejó sin añadir nada más en dirección a la mesa de sonido, dejando a un perplejo Dan Nichols preguntándose si no habría estado sufriendo alucinaciones. Un examen más detallado de la cabina uno le confirmó que el dispositivo ya había sido instalado. Sacudió la cabeza y decidió no pensar más en ello, mientras se disponía a comenzar con la cabina número dos.

Sábado noche, en horario de máxima audiencia. El público esperaba ansioso el evento principal de la velada, mientras ondeaba pancartas y jaleaba a sus luchadores favoritos. El anunciante oficial, micrófono en mano, iba nombrando a los contendientes uno a uno mientras éstos se debatían en el interior de las cabinas como toros impacientes por escaparse del toril. En la primera de ellas, la superestrella conocida como Tex Hardigan golpeaba el metacrilato de su cilindro contenedor tratando de parecer amenazante. Con su más de metro noventa de altura y sus músculos abultados, no tenía que esforzarse demasiado para lograrlo. Llevaba algo más de cuatro años en el circuito de la lucha profesional, tras haber desarrollado una discreta aunque enriquecedora carrera en diversas artes marciales como el boxeo, el kick boxing y el kárate. A sus treinta y cinco años, se encontraba en el momento álgido de su carrera y ganaba más dinero del que podía haber imaginado en sus más locos sueños. Pero la vida en la carretera estaba empezando a pasarle factura. Las lesiones mal curadas y los excesos de todo tipo pronto le llevarían a tener que replantearse el resto de su carrera, por ello llevaba tiempo meditando la posibilidad de pasarse al MMA. La fama que había ganado en la lucha profesional le ayudarían al principio, pero después tendría que adaptarse para seguir adelante en ese nuevo mundo. Si lograba establecerse, se beneficiaría de un calendario mucho más relajado, con apenas unos seis combates al año. A pesar de que ese tipo de lucha es brutal y frecuentemente acaba con uno de los contendientes fuera de combate, no temía los daños propios de las peleas. De todos modos, ya estaba habituado a vivir con el dolor. Sumido en sus pensamientos, había olvidado por un instante dónde se encontraba. Los gritos de veinte mil gargantas coreando la cuenta atrás que daría paso a la apertura de una nueva cabina le sacaron de sus ensoñaciones.
7… 6… 5…
Ya habían salido tres de los luchadores y ahora llegaba su turno. Repasó mentalmente el guion, que aquella noche era fácil para él. Tendría que atacar a Flex Booster por la espalda nada más salir y seguir después fajándose con Rayo Lewis en un combate sin complicaciones, hasta que Moondog Morgan le golpease por detrás con una silla plegable, dejándole fuera de combate.
4… 3… 2…
Una actuación de apenas diez minutos y tendría el resto de la noche libre para relajarse con Aline Aries, la nueva estrella emergente del circuito femenino, con la que había estado intimando últimamente. Pero… ¿qué era esa neblina que parecía surgir de la parte superior de la cabina? Nadie le había informado de ese nuevo efecto especial… ¿Por qué de repente se sentía tan cansado? Cerraría los ojos un momento, tan solo un momento…
1… 0!!!

Al disiparse la niebla, la cabina vacía dejó perplejos a los demás luchadores y a los miembros de la organización, pero continuaron luchando como si nada extraño hubiese ocurrido. El público lo aceptó como parte del espectáculo y siguieron disfrutando del combate. Cuando terminó, se había convocado una sesión de emergencia entre bastidores.
—¿Cómo que nadie le ha visto salir? En alguna parte debe de estar —gritaba Martin Hubbert—. ¿Vais a decirme que desapareció sin más?
—Señor Hubbert, tiene que ver esto —dijo el novato operario Dan, que estaba inspeccionando la cabina número uno—. Aquí hay algo extraño. Parece algún tipo de aparato que no está en ninguna de las otras cabinas.
—¿Cómo que un aparato extraño? —tronó Hubbert—. Pensaba que te eras tú el que tenía que comprobar los mecanismos antes de la velada. ¿Es que no lo viste esta mañana?
—Ya le dije que alguien había preparado la cabina antes de que yo llegara, señor. Lo comprobé más tarde, pero no distinguí nada fuera de lo normal. Fíjese, parece que el mecanismo se ha fundido. Y estaba recubierto por una cubierta que lo camuflaba, confundiéndolo con el motor original de apertura de la cabina. —Hubbert observó circunspecto el amasijo chamuscado y su expresión pasó de perpleja a sombría en cuestión de segundos.
—Como no aparezca Tex Hardigan con una buena explicación, me temo que vamos a pagarlo muy caro, chico. Yo el primero.

La asociación de lucha decidió silenciar el suceso, al menos por el momento, con el fin de evitarse la mala prensa. La versión oficial fue que Tex Hardigan estaba lesionado y habían decidido excluirlo del programa temporalmente hasta que se recuperase. Al resto del elenco de luchadores se le exigió mantener la desaparición en secreto, pero se dio parte a la policía y se avisó a los escasos familiares del luchador, aunque sin entrar en demasiados detalles. De todos modos, nadie iba a creer que Tex Hardigan se había evaporado sin más en mitad de un combate de lucha libre. Resultaba demasiado estrambótico e inexplicable. Pero el suceso había causado una imborrable sensación de horror extraordinario en aquellos que sabían la verdad, ignorando si algún día se resolvería el misterio. Diariamente desaparecen cientos de personas en el mundo, muchos de ellos sin dejar rastro y sin que se llegue a averiguar jamás su destino final.

Lo primero que sintió Tex Hardigan al recuperar la consciencia fue una sed abrasadora y un pastoso sabor amargo en la boca. Las sienes le palpitaban violentamente, como martillos pilones en miniatura. Al abrir los ojos, una luz cegadora le obligó a cerrarlos con fuerza, pero aquella luminosidad conseguía penetrar sus párpados, tiñendo su visión de un intenso color rojo. Se llevó la mano sobre la frente, tratando de tapar el origen de la luz y consiguiendo abrirlos a duras penas. Bajo su cuerpo, una alfombra de arena le había servido de lecho durante un tiempo que no pudo definir. Trató de ponerse en pie, hundiendo los pies en el fino sustrato, solo para descubrir que la extensión de piel que había estado expuesta a aquel sol inclemente se había quemado como un rosbif. Comprobó que todavía llevaba puesta su indumentaria de trabajo: calzón corto de lycra, botas con suela de goma, rodilleras y unas vendas adhesivas alrededor de las muñecas. ¿Cómo había ido a parar en medio de aquel desierto abrasador?
Comprendiendo que lo principal era encontrar agua, emprendió la marcha a trompicones, como un alma en pena. Cuanto alcanzaba su vista se reducía a una interminable extensión de arena sin inflexiones. Al cabo de lo que debieron ser varias horas, la desesperanza comenzó a hacer mella en él. Entonces, un repentino aleteo le hizo volver la vista hacia el cielo: unas sombras parecían volar en círculos sobre él a no demasiada altura. Distinguió tres figuras aladas que debían de ser buitres del desierto, describiendo vueltas en espiral y acercándose cada vez más al suelo. En su mente se encendieron todas las alarmas y comenzó a correr con las escasas fuerzas que le quedaban. Pronto comprendió lo inútil de sus esfuerzos y decidió detenerse a esperar la muerte allí mismo; no caería sin luchar antes contra aquellos pajarracos. Las siluetas fueron ganando tamaño con rapidez a medida que descendían, trazando círculos cada vez más cerrados. Tex Hardigan comprobó con horror el tamaño monstruoso de las aves, casi como caballos. La primera de las rapaces se disponía a planear a ras del suelo, con el pico apuntando directamente al pecho de Tex y éste pudo esquivarla por un escaso margen, arrojándose a un lado. Tras ella, el segundo pájaro esperaba su turno y atacó del mismo modo; en esta ocasión el luchador pudo apartarse con mayor holgura. Se preparó para su tercer atacante, que era el de menor tamaño de los tres. Cuando estuvo a una distancia de apenas unos metros, amagó hacia la izquierda y consiguió agarrarse con el brazo derecho alrededor del raquítico cuello pelado del buitre. El rapaz no pudo remontar el vuelo con el peso añadido y hundió la testuz en la arena mientras Tex le retorcía el pescuezo con toda la potencia de sus brazos hasta escuchar un chasquido. Tomando el cadáver por el cuello, comenzó a blandirlo como si fuese un garrote y, describiendo amplios giros, consiguió golpear a otro de los buitres que volvía a intentar ensartarlo con su pico. Al poco tiempo, sus acosadores decidieron que Tex era una presa demasiado complicada y reemprendieron su búsqueda de carroña por otros derroteros más apacibles. Tex, jadeante, contempló el pelele emplumado que todavía sostenía entre sus manos y comenzó a pensar en él como en un manjar. Tras desplumarlo pacientemente lo mejor que pudo, comenzó la desagradable tarea de despedazarlo con sus propias manos y beberse su sangre. El sabor, metálico y nauseabundo, le pareció sin embargo gloria a su garganta sedienta. Una vez hubo exprimido a su presa, se dispuso a comerse la escasa carne del buitre cruda. No tenía a mano nada con lo que hacer una fogata y era su supervivencia lo que estaba en juego, con lo que dejó a un lado los remilgos y terminó el ágape con ansiedad. Su problema más inmediato estaba resuelto, pero volvía a estar más o menos igual que al principio: ¿a dónde ir? Cualquier dirección era igual de buena que las demás, por lo que decidió seguir la ruta que habían tomado los buitres supervivientes, rogando por que no comenzara a caminar en círculos sin advertirlo. Las aves siempre regresan al lugar donde está el agua. La enorme extensión de arena parecía no tener fin, y Tex Hardigan, cubierto con las enormes alas del buitre que había devorado, avanzaba cada vez con mayor dificultad. Pronto caería la noche, y sabía que la temperatura bajaría drásticamente. Si no hallaba un refugio pronto, tendría dificultades.
El ocaso teñía de tonos anaranjados el firmamento y Tex Hardigan comenzaba a pensar que sus huesos se blanquearían allí mismo para siempre, cuando distinguió una forma en el horizonte. Había oído hablar de los espejismos, por lo que cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir varias veces. La silueta seguía allí. Al cabo de un lapso de tiempo que le pareció eterno, se encontró ante los escalones desgastados de lo que parecía ser una especie de templo de piedra en ruinas. En el interior, las sombras le parecieron una invitación a trasponer el umbral, después de tantas horas bajo el sol lacerante. Una vez dentro, pudo comprobar que la mayor parte del techo seguía en pie y que había una puerta que daba paso a otra estancia tras lo que en tiempos debía de haber sido el altar de algún culto olvidado. Buscando con la vista un rincón para tenderse a dormir, una voz profunda que provenía de detrás de la puerta le hizo dar un respingo:
—Bienvenido, Tex Hardigan de la Tierra. —Una figura ataviada con una túnica de raso de brillantes colores avanzaba hacia él con los brazos abiertos, dejando caer el vuelo de unas amplias mangas. Su cráneo estaba pulcramente afeitado y su rostro afilado estaba acentuado por un largo bigote de estilo oriental.
—¿Quién está ahí? —logró articular—. Y, ¿cómo sabes mi nombre?
—No sea modesto, Tex. Su fama le precede. Es usted uno de los luchadores más reconocidos de su planeta. En cuanto a mi identidad, puede referirse a mí simplemente como Froggat. Soy lo que mis amos llaman un «enlace».
—Está, bien… Froggat. Ahora vas a tener que darme explicaciones, o bien sabe Dios que soy capaz de partirte por la mitad. ¿Qué estoy haciendo en mitad del desierto? Lo último que recuerdo es que estaba a punto de salir al ring, cuando empezó a aparecer una especie de bruma en la cabina. Cuando desperté, solo había arena por todas partes y esos pájaros de pesadilla.
—Comprendo tu reacción, Tex, pero no hay necesidad de ser hostil —le tuteó el hombrecillo, utilizando un tono neutro—. Pronto comprenderás que no te deseo ningún mal. Es más, estoy aquí para serte de ayuda en tu adaptación a este mundo que va a ser tu casa, con suerte, durante mucho tiempo.
—¿Qué quieres decir con eso de «con suerte»?
—Tex, has sido seleccionado para tomar parte en una batalla cósmica entre fuerzas antiguas como el Universo. Pero, por desgracia, existe la posibilidad de que no sobrevivas mucho tiempo. Todo depende de tu capacidad de adaptación y de la fuerza de tus músculos.
—Te doy un minuto para que cortes con ese rollo y me dejes salir de aquí. Y hablo en serio. ¿Qué es esto, una especie de broma para un reality show?
—Te aseguro que no se trata de ningún tipo de broma. ¿Te han parecido falsas las aves carroñeras que te han atacado antes, en el desierto? Ahora, siéntate y comparte conmigo esta infusión revitalizadora mientras te pongo al día de ciertos detalles.
—Está bien. Te seguiré el juego por el momento, pero no pongas a prueba mi paciencia. —Ambos se sentaron cruzando las piernas y el hombrecillo de la túnica colocó sobre el suelo de piedra una tetera humeante y dos tazas de delicada porcelana. Más tarde, Tex no fue capaz de recordar de dónde las había sacado.
—Has de saber, Tex Hardigan —continuó mientras vertía el líquido ambarino en la taza—, que la partida en la que vas a tomar parte lleva jugándose más tiempo del que existe la humanidad. Hasta ahora, no ha habido un vencedor claro, pero esa no es la esencia del juego en sí. Todo lo que debes saber por ahora es que te encuentras en un mundo muy similar al tuyo, pero con ostensibles modificaciones que ya irás descubriendo.
—Pero, ¿qué se supone que debo hacer? —El té le resultó agradable en extremo, acariciando su interior como una amante ávida. Poco a poco le fue invadiendo una sensación de paz—. ¿Cómo puedo volver a mi mundo?
—Tendrás que ir abriéndote paso por ti mismo en esta esfera, Tex. Cuanto mayores sean los logros que alcances, más cerca estarás de cumplir tu objetivo. Por el camino te encontrarás con otros como tú, que una vez vivieron en la Tierra. Ellos son tus principales rivales, pues quieren lo mismo que tú: convertirse en el Campeón de Campeones. Por ello deberás eliminarlos, Tex.
—¿Campeón de Campeones? ¿A quién le importa…? —Un momento antes estaba convencido de que lo que más deseaba era volver a la Tierra. Ahora, por algún motivo, ya no estaba tan seguro. ¿Qué brebaje le habían dado a beber?
—En esta esfera encontrarás todo lo que un guerrero puede anhelar… Riquezas, mujeres, desafíos, reconocimiento y fama eternas. ¿Qué otra cosa podría desear Tex Hardigan?
—Yo… Yo… Deseo ser el Campeón de Campeones.
—Así me gusta, Tex. A partir de ahora, formas parte de Mundo Guerra. Poco a poco te irás integrando aquí. Básicamente, encontrarás una sociedad parecida a la que imperaba en la Edad Media de tu planeta, aunque con ciertas variaciones. Pero debo informarte de una regla que bajo ningún concepto se debe quebrantar: está prohibido introducir nueva tecnología entre los lugareños ni implantarles ideas modernas en la cabeza, que puedan alterar sustancialmente la forma de vida local. No tendrás problemas para entenderte con los habitantes, pues se utilizan los idiomas comunes de la Tierra. Sabemos que tú mismo dominas el inglés, por parte de padre y el español, por tu madre mejicana.
—Me siento confuso… —Tex estaba a punto de caer dormido por efecto de la droga.
—Una cosa más antes de que encuentres tu merecido descanso. Mientras duermes, te implantaré un dispositivo en el interior de tu cuerpo que revelará en todo momento tu posición. Dicho dispositivo puede liberar un potente veneno que te matará en cuestión de segundos si incumples las reglas o si no sigues el juego. La pasividad será castigada con firmeza; por aquí no nos gustan los pusilánimes.
—Debo… Dormir… —Y todo se fundió en negro para Tex Hardigan.

Un rayo de sol, que penetraba a través de la parte del techo que se había desprendido, despertó a Tex. Primero vagamente y después con mayor nitidez, comenzó a recordar los extraños sucesos de la noche anterior. A su alrededor no vio señales de Froggat, pero sintió un rumor que venía del exterior, a lo lejos, traído por el viento. Se incorporó de un salto, súbitamente alerta, y salió al desierto para contemplar una visión esperanzadora; una caravana de jinetes que montaban dromedarios se aproximaba hacia el templo. Decidió ocultarse entre las ruinas hasta poder observar más de cerca a aquellos hombres. Tal vez se tratase de nómadas del desierto, o algo similar, y no quería verse expuesto a un ataque. La comitiva se detuvo ante el templo y descabalgaron en silencio. Uno de ellos, el que estaba al frente, penetró en el interior de las ruinas.
—¡Oh, gran Ishtar! —salmodió en un perfecto inglés, a pesar de que su aspecto era claramente arábigo—. Tus hijos hacen un alto en su peregrinación para honrar este lugar que antaño albergó Tu sagrado culto, y que hoy languidece tragado por las arenas del desierto.
—¿Quién va? —intervino Tex—. Soy un viajero extraviado que necesita ayuda.
—¡Un infiel! —exclamó el tuareg, desenfundando su cimitarra—. ¿Por qué profanas un lugar sagrado?
—No tenía intención de profanar nada, solo buscaba guarecerme de las inclemencias del desierto —contestó Tex.
En ese momento, otro de los integrantes de la caravana se adelantó para susurrar unas palabras al oído del supuesto árabe que sostenía la espada.
—Tienes razón, Saïb. Ishtar predica la hospitalidad con todos los hombres, sin importar su confesión religiosa. Si vienes en paz, es nuestro deber asistirte —dijo el tuareg, envainando la cimitarra y tendiéndole la mano a Tex. Sus ropajes oscuros le hacían asemejarse a una sombra—. Mi nombre es Jabbar y soy comerciante de especias. Recorro esta ruta comercial con mi escolta hacia Puerto Merrith, en la costa este.
—Soy Tex Hardigan… Me gano la vida luchando.
—¿Un mercenario, quizás? No, no debo juzgar tu modo de vida. Lo que me intriga es el hecho de que vayas por el desierto casi desnudo. Veo que tu piel está quemada por el sol. Afortunadamente, tenemos ropa de sobra para ti.
—Te doy las gracias, Jabbar. Si me permites unirme a tu comitiva hasta la población más cercana, te estaré eternamente agradecido.
—Puedes contar con ello, Tex. Estoy seguro de que podrás satisfacer tu deuda de gratitud para conmigo durante la travesía, pues abundan las bandas de forajidos y un par más de brazos fuertes será de incalculable valor.

Tras una frugal comida, consistente en dátiles y carne de camello seca, se pusieron en marcha. Tex, que nunca antes había montado en la grupa de un camello, trataba de mantenerse en la silla lo mejor que podía. Al cabo del día, la entrepierna le dolía como el infierno. Levantaron el campamento en un oasis, en el que también pudieron rellenar sus depósitos de agua. Se establecieron turnos de guardia, en los que Tex decidió participar. Le tocó en suerte echarse a dormir en primer lugar y despertarse a mitad de la noche, por lo que dispuso una manta a modo de colchón y trató de conciliar el sueño. Los rescoldos de las fogatas todavía chasqueaban al ser removidos por los centinelas de turno. Salvo eso, no se podía escuchar nada más que el suave viento del desierto barriendo la arena. Sin embargo, el frufrú de una chilaba que se acercaba acechante le puso sobre alerta. Por el rabillo del ojo percibió un movimiento furtivo y apenas tuvo tiempo de rodar a un lado para esquivar la cuchillada, que se clavó en la arena. Agarrando a su agresor por la muñeca, lo giró para verle la cara. Se trataba de un miembro de la guardia personal de Jabbar, con el que no había intercambiado ni una palabra durante el día, pero al que había sorprendido en más de una ocasión mirándole con expresión poco amistosa. La fuerza de su tenaza le hizo soltar el cuchillo, pero con la otra mano trató de buscar los ojos de Tex. Éste se zafó sin dejar de agarrar la muñeca, deslizándose tras él y retorciéndole el brazo con violencia. Clavó el talón en la parte posterior de la rodilla del tuareg, dejándolo indefenso, y le asestó un manotazo en la oreja izquierda que, aunque amortiguado por las ropas del desierto, lo dejó aturdido. Tex dejó caer a su atacante y volvió a alzarlo del suelo. Éste le lanzó una patada a la entrepierna que Tex pudo bloquear a duras penas con una rodilla. Sin más contemplaciones, le propinó un tremendo derechazo en la nariz y, agarrándolo por un tobillo y la pechera de la chilaba, lo levantó por encima de su cabeza y lo lanzó con todas sus fuerzas contra un sicómoro. La espalda del guardia se dobló hacia atrás en un ángulo imposible al impactar contra el tronco y se quebró de forma irremediable. El cadáver desmadejado quedó tendido como un pollo deshuesado. En aquel momento, todo el campamento se había despertado con la trifulca y Jabbar le miraba con un rictus severo.
—Espero que hayas tenido un buen motivo para matar a mi escolta, extranjero —sentenció.
—Él me atacó primero mientras trataba de dormirme —respondió Tex—. Ahí está su cuchillo.
—No sé qué pensar de esto —dijo Jabbar, pensativo—. Dominique no había dado problemas antes. Se trataba de un leal sirviente. Me temo que deberás abandonar mi caravana cuanto antes, Tex Hardigan. Mañana pasaremos por el poblado de Sarabath. Allí, nuestros caminos se separarán.
—Lo comprendo, y no deseo causarte más problemas. Pero sigo diciendo que ese tipo me atacó sin motivo. —Siguió contemplando el cadáver un rato, pensativo, hasta que dos braceros se acercaron para llevarse el cuerpo y darle sepultura. En ese momento, Tex pudo distinguir un trozo de piel del brazo de su difunto agresor, que estaba cubierto por un tatuaje. Al inspeccionarlo más de cerca, comprobó estupefacto que se trataba del escudo de los New York Yankees: de modo que él también provenía de la Tierra. Había tratado de matarlo para ganar méritos en ese absurdo juego en el que participaban. A partir de entonces, tendría más cuidado con la gente que se iba encontrando.
A la mañana siguiente, la caravana siguió su curso más en silencio que de costumbre. Sobre su ánimo pesaban los sucesos de la noche pasada. Al llegar a Sarabath, se despidieron sin ceremonias y Tex se preguntaba qué hacer a continuación. Lo primero que necesitaba era algo de dinero o, en su defecto, comida y alojamiento.
Paseaba por las calles de trazado irregular, entre las gentes sencillas de aquella pequeña población al borde del desierto. Con la chilaba que le había entregado Jabbar, pasaba vagamente desapercibido, pues su tamaño le hacía sobresalir del resto de los lugareños. Por una estrecha avenida, jalonada de casas de adobe con techumbre de paja, llegó a lo que parecía ser el zoco local. Vendedores de todo tipo de artículos vociferaban su mercancía, tratando de dejarse oír sobre el gentío. Los olores penetrantes de las especias competían con el hedor a orines de camello y sudor. De pronto, un pintoresco anunciante que vestía una unas calzas multicolor y un jubón lleno de remiendos, llamó su atención con sus gritos.
—Vamos, acérquense, habitantes de Sabarath. Vean a la máquina de luchar definitiva. El mastodonte de las nieves, el devorador de niños, el terrible emisario de los siniestros Djins… —Se había formado un corro en torno al vociferante hombrecillo y al que parecía ser el objeto de sus alabanzas, un negro de gran tamaño que, sin embargo, parecía haber visto tiempos mejores. Sus brazos eran casi tan largos como sus piernas, pero la piel le colgaba flácida en la parte posterior. Sus abultados abdomen y trasero denotaban que no pasaba privaciones, pero a la vista estaba que no se había estado ejercitando mucho últimamente. Aún así, tenía un aspecto feroz que se acentuó al retraer los gruesos labios bembones para mostrar una hilera de dientes puntiagudos que le daban el aspecto de un tiburón.
—Habrá diez talentos para aquél que logre derribar a Fubu —chillaba el hombrecillo—. El coste de la inscripción en la pelea es de un talento. ¿Quién se anima?
Un hombre obeso de brazos gruesos como mazas se adelantó de entre la muchedumbre. Su mandil grasiento hacía pensar que se trataba del herrero del pueblo. Si se trataba del carnicero, con esos hábitos higiénicos, Tex no pensaba probar su carne aunque hubiera de morir de hambre.
—Yo lo haré —gritó el herrero—. Aquí tienes mi talento. Me lo devolverás junto con los otros nueve.
El público coreaba el desafío, pero justo cuando el héroe local se disponía a embestir al gigante negro, éste levantó su pie, grande como una losa, y lo plantó con violencia en mitad de la mandíbula del herrero. Cayó como un saco de avena sobre el empedrado y ya no se levantó.
—Es una lástima —se rió el anunciante—. Pero seguro que quedan más hombres fuertes en esta población…
—Yo —gritó Tex, levantando el brazo—. Yo le haré morder el polvo.
—Un valiente luchador, por lo que veo —dijo el anunciante, sarcástico—. Déjame ver tu dinero.
—No lo tengo ahora —respondió Tex—. Pero tampoco lo necesito para ganar este combate.
—Lo sentimos, pero las reglas son claras al respecto —dijo el hombrecillo, visiblemente decepcionado—. Sin dinero, no hay juego…
—¿Acaso tienes miedo de que le haga daño a tu gorila? —provocó Tex. El negro le clavó una mirada furibunda.
—Yo pagaré la inscripción —dijo una voz desde la muchedumbre. Un hombre elegantemente vestido con una bata a cenefas se abrió paso y depositó la moneda en la mano del representante de Fubu—. Que luchen.
Sin más palabras, Tex se felicitó por la intervención de aquel mecenas, que había resultado ser providencial. Al quitarse la chilaba, un murmullo de admiración se dejó oír entre la multitud. Su cuerpo formado por músculos sólidos, como cincelados en bronce, y sus tatuajes tribales de estilo polinesio capturaron la atención de todos los allí presentes. Su cráneo, pulcramente rasurado, y su mirada asesina le daban un aspecto más amenazador incluso que el de Fubu. El negro, no obstante, no se amilanó y fue acercándose hacia él. Tex, prevenido por lo que había visto antes, esperó la patada del gigante y, agachándose sobre una rodilla doblada, bloqueó el ataque con su antebrazo izquierdo. Al mismo tiempo, soltaba un tremendo gancho con la derecha en la parte posterior del enorme muslo del negro, que se dobló en un paroxismo de dolor. Sin darle tiempo a reaccionar, Tex cargó contra él profiriendo un alarido salvaje y, al pasar junto a él, le propinó un golpe a la tráquea con la cara interna del antebrazo. El gigante se tambaleó pero conservó la verticalidad. Entonces Tex tomó impulso y saltó con ambas piernas encogidas, extendiéndolas con violencia a la altura del rostro del negro, en una patada voladora perfecta. Esta vez sí, su oponente se derrumbó mientras Tex amortiguaba su propia caída con los brazos. El gigante boqueaba en el suelo, a cuatro patas, mientras escupía un diente ensangrentado y Tex aprovechó para sentarse a horcajadas sobre su inmensa espalda, agarrando su mandíbula y tirando con fuerza hacia atrás. Fubu trató de escapar de la presa, pero no pudo más que prolongar su agonía, sintiendo las vértebras de su grueso cuello a punto de estallar. Tras varios segundos más de sufrimiento, con Tex tirando de la quijada con el rostro congestionado por el esfuerzo, Fubu golpeó el suelo repetidamente con la palma de la mano, en gesto de sumisión. El combate había terminado y no había necesidad de infligir más daño al infeliz; Tex soltó su presa dejando a Fubu lamiéndose las heridas.
—Muy bien, hombrecillo —dijo Tex, volviéndose hacia el representante—. Ahora quiero mi dinero.
—Verás, resulta que ahora mismo solo tengo dos talentos. No puedo darte más que eso, pero, ¿qué te parecería trabajar para mí? Ahora tengo un puesto vacante. —Dio un puntapié al gigante vencido.
—De eso nada. Si no me das mi dinero, te lo sacaré a golpes —repuso Tex, agarrándolo por la pechera.
—Deja estar a este tipo, amigo. No merece la pena —intervino el hombre elegante que había pagado la inscripción de Tex—. Permíteme invitarte a un trago y charlaremos un rato. Creo que un hombre de tus habilidades podría obtener mayor beneficio sin tener que mancharse las manos con tipos como él.
—Está bien. Pero que me dé los dos talentos. Al menos, eso me lo he ganado.

Dentro de la taberna, la clientela local les observaba con extrañeza. Cuando hubieron perdido el interés inicial, volvieron a sus conversaciones y a sus bebidas y les dejaron en paz. Una voluptuosa camarera esquivaba los pellizcos que los borrachos lanzaban a sus nalgas al pasar y les sirvió sendas jarras de aguamiel. Ocupaban una mesa apartada que les permitía hablar con libertad. A sus pies, un montoncito de serrín sofocaba el vómito de algún borracho.
—Mi nombre es Sibelius y soy comerciante. Me especializo en mercancía especialmente valiosa, principalmente joyas y objetos de metales preciosos —se presentó. Sus finos dedos enjoyados jugaban con el borde del pichel de aguamiel.
—Yo soy Tex Hardigan. Soy luchador profesional, como ya has podido comprobar.
—Y bastante bueno, debo decir. Ese pobre diablo no tuvo ninguna oportunidad. ¿Eres extranjero?
—Vengo… de lejos, sí. Puede decirse que busco fortuna —dijo Tex, dando un largo trago a su bebida, que nunca antes había probado. Trató de no demostrar sorpresa ante el extraño sabor dulzón.
—En ese caso, creo que podríamos hacer negocios —dijo Sibelius, atusándose el fino bigote—. Verás, hay un objeto que quiero que consigas para mí. La empresa no está exenta de riesgos, pero la recompensa es generosa. Mil talentos serán para ti si me lo traes.
—Cuéntame más.
—Hay una torre en mitad de la ciudad de Skeltor, a tan solo una jornada de aquí. Pertenece a una orden de sacerdotes de los que se dice que practican la magia negra. Se les conoce como la Orden de Sphacellos. Personalmente, no creo en esos cuentos, pero la leyenda dice que sus acólitos invocan demonios y espíritus malignos. Esa historia ha mantenido alejados a los ladrones durante años.
—Entiendo.
—He sabido a través de un sacerdote renegado que en la última planta se guarda un tesoro de gran valor. Se trata de la joya de Zoltor, por la que cierta orden religiosa estaría dispuesta a pagar muy bien. La torre está guardada por una escasa guardia, cuyos integrantes están reblandecidos por los años de holganza. Estoy convencido de que a un hombre con tus habilidades no le resultaría imposible infiltrarse en el interior y conseguir la joya.
—Ya veremos. —Tex dio otro corto trago con aire distraído, tratando de no parecer demasiado interesado—. ¿Qué aspecto tiene la joya?
—Se trata de un cristal de múltiples facetas, del tamaño del puño de un hombre adulto y en cuyo interior late una luz intermitente de intenso color escarlata. Se encuentra engarzada en la boca de una gárgola de obsidiana que preside la cámara ritual de la última planta de la torre.
—Necesitaré armas y algo de dinero para empezar. También un caballo; esos camellos no me inspiran demasiada confianza.
—Deja que yo me ocupe de eso. Esta noche, relájate con una de las chicas y duerme en una de las habitaciones de esta posada. Te reservaré una que no tenga pulgas en las sábanas. Aquella bailarina de allí no te ha quitado el ojo de encima desde que entramos.
—Amigo Sibelius, hace poco tiempo que te conozco, pero creo que empiezas a gustarme.
Hizo un gesto a la bailarina, que se deslizó hacia él desde la barra y se sentó con descaro en su regazo. Tal vez ese tal Froggat tuviera razón, después de todo; empezaba a gustarle Mundo Guerra.


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