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Libro: Luthien y la Clase de las Cabras

Luthien y la Clase de las Cabras
Título: Luthien y la Clase de las Cabras

Autor: Félix Asensio Bas | Año: 2015
Genero: Novela, Aventuras, Juvenil, Fantástica,
Novela de humor basado en el universo friki: series de televisión, héroes de videojuegos o novelas de fantasía míticas. Predomina el sentido del humo y unos personajes que os divertirán como nunca.

Descripción de: Luthien y la Clase de las Cabras

Mi obra se llama “Luthien y la Clase de las Cabras”. Es una novela que podría definirse como “friki-fantástico-juvenil” que consta de 118.000 palabras. Trata las aventuras y peripecias de los niños de una clase muy especial en un mundo todavía más peculiar llamado Land. Está escrito en clave de humor y muchos de los protagonistas que aparecen, así como algunas referencias, señalan directamente a series, personajes, videojuegos o momentos de la actualidad pasada y presente de la televisión, el cine o la literatura.

Sinopsis de Luthien y la Clase de las Cabras:

En Land todo es posible, incluso que unos niños de poco más de seis años asistan a clases en las que la magia y las travesuras se desatarán desde el primer día. Y no por eso orden, precisamente. Luthien conocerá poco a poco a sus compañeros y se dará cuenta de que cada uno de ellos es muy especial. Tanto es así, que al lector le sonarán muchos de ellos de series, películas o videojuegos, entre otros.

Y es que en Land los ciudadanos conviven con deidades que se hacinan en la Casa de los Dioses y entran y salen en función de su popularidad. Además, los rectores de los cuatro grandes centros escolares de Land son los que gobiernan, por lo que no dudan en convertir dichos estamentos educativos en un continuo espectáculo para el gran público. Por supuesto, los ciudadanos siguen por televisión sucesos escolares de gran importancia y espectacularidad como la Gran Guerra o las Olimpiadas. Todos excepto aquellos que han de sacar a pastar a las cabras, claro.

En “Luthien y la Clase de las Cabras” encontraremos alumnos o sucesos que nos harán pensar rápidamente en: Juego de Tronos, Breaking Bad, Rambo, Tomb Raider, Metal Gear Solid, Frank de la Jungla, El Señor de los Anillos, Mundodisco, El Padrino… y un sinfín de referencias que esperan ser descubiertas con el único fin de divertir y sacar una sonrisa al lector. Por supuesto, no es necesario descubrir de qué serie, película o videojuego surge el personaje o el suceso en cuestión, de manera que el lector menos avezado en el mundillo “friki” pueda pasárselo igual de bien que cualquier otro.

Y ahora, ¿os atrevéis a descubrirlos uno de los mundos más frikis que existen?

Fragmento de: Luthien y la Clase de las Cabras

*Prólogo*

Para los que no lo sepáis, Nordland es el nombre por el que se conoce a nuestro país, una preciosa tierra árida más reseca que los labios de una vieja comiendo pasas. Y Nordland forma parte de Land, el lugar en el que vivimos; nuestro mundo, o como leches queráis llamarle. Es una tierra mágica en la que predominan las situaciones absurdas y el uso indiscriminado la magia para hacer cosas muy poco productivas.

Por el camino descubriréis que sus cuatro países son, tan a menudo como suelen alinearse los astros, territorios enfrentados debido a una desafortunada mano en las cartas. Según parece, fuentes de investigación afirman que la aparición de una cabra que pasaba por allí fue el detonante principal de la disputa.

En Land también existen dioses, y como tales no se preocupan de lo mundano, sino que prefieren pelearse entre ellos, abrir negocios turbios o dedicarse a entrar y a salir de la Casa de los Dioses en función de la popularidad que tienen entre sus seguidores. Una vida dura.
Los cuatro grandes centros escolares, ubicados en los cuatro países de Land, forman parte del entretenimiento de la población, especialmente por la gran cantidad de pruebas y torneos por las que el alumnado ha de pasar a modo de evaluación continua. Otra cosa no, pero la pedagogía es muy importante en Land. Signifique lo que signifique eso de la pedagogía.

*El niño que no sabía callar*

Toda buena historia comienza al poco de nacer, cuando uno ya tiene cierta materia gris en la cabeza que le permite administrar conceptos tan complejos como el vocabulario o la propia memoria. Sin embargo, si a cualquier viejo desmemoriado se le pregunta acerca de su vida, no dudéis que sus vivencias más recordadas y mejor narradas serán las de su niñez: esos momentos en los que fueron tan felices ajenos a la dureza de la vida, aislados de un mundo cruel y pobre en el que la magia era poder y se extendía a lo largo y ancho de una tierra próspera, preciosa y llena de paz llamada Land.

Huelga decir que esa tierra tan próspera y llena de magia fue alterada por el nacimiento de un niño que cambiaría el equilibrio mágico de Land. Un tal Luthien, que soy yo, llegaría a ser la persona más famosa y conocida desde las tierras que van desde Nordland hasta Sudland y de Eastland a Westland. Ni que decir tiene que después se haría mucho más conocido, especialmente entre los animales, y más concretamente entre las cabras.

En Nordland, y más concretamente en la capital del país, Pitalnord, comienza mi particular historia de fama sin precedentes; ahí empecé a ser más conocido como Luthien el Antimágico. La verdad es que he tenido cientos de apodos y títulos, pero siempre he pensado que hay uno que es el más especial… y también el más fácil de retener. No sabría decir cuál es, pero en esas estamos.

El Colegio de Magia para Iniciados de Pitalnord era uno de los cuatro centros escolares mágicos de Land. El colegio ocupaba una décima parte del territorio total de Nordland, una superficie de terreno para nada desdeñable teniendo en cuenta la gran cantidad de alumnos que acogían en el seno de sus vetustas y decrépitas instalaciones. Dichos centros educativos tenían bien asumidos sus roles en cuanto a la formación de los alumnos, quedándose al cargo de los más jóvenes el Colegio de Magia para Iniciados ubicado en Pitalnord, la capital de Nordland. Era toda una suerte para los que vivían en Nordland… y el comienzo de una aventura para los de Sudland, pues no volverían a visitar a los suyos —salvo permiso especial— hasta que no pasaran por la Escuela Intermedia de Magia de Eastland y el Instituto Superior de Magia de Westland. Finalmente, acabarían la formación en Sudland, su país, en la Universidad de Estudios Mágicos al que todo el mundo debía asistir, como mínimo, durante un año.

Volviendo a mis inicios como novato escolar en el Colegio de Magia para Iniciados de Pitalnord, he de admitir que ni yo mismo conocía la repercusión de mi poder, o más bien dicho de mi no-poder, como acabó definiéndose más tarde. Yo era un crío más bien escuálido, que podía camuflarse tras una farola, un poco más alto que algunos —cuatro o cinco pulgares era una gran diferencia en aquellos momentos—, y tenía los ojos más vivos que una cabra paseando por una pradera. Por lo demás, era un niño normal y corriente que solo pensaba en jugar, que imaginaba a la gente desnuda cuando los veía, que soñaba con un cruce entre humanos y animales, y que sonreía como un idiota en clase al imaginar al severo profesor Donaire montando en una cabra. Bien mirado, quizás no era un niño tan normal, pero no sabéis cuánto me divertía pensar en cosas absurdas e irreverentes.

—¡Luthien!, ¡Luthien! —gritó el profesor Donaire, nuestro tutor—. ¿Estás prestando atención, pequeño insolente? ¿Me puedes explicar qué significa esa sonrisa de bobalicón que llevas poniendo desde hace un buen rato?

A lo que yo, pobre de mí, contesté como el que despierta cuando le echan agua helada por encima.

—¡Pero qué cabra ni que cabra…!

Los compañeros de clase se partían de risa, pero al profesor Donaire no le hizo ninguna. Y a mí tampoco después de lo que dijo.

—Ve a hablar con el director Yomando, anda, igual a él le interesa lo que tengas que contar sobre las malditas cabras.

No había nada peor en la vida escolar de un novato que ser enviado al despacho del director en la primera semana de clase. Eso fue lo que tardé en convertirme en el hazmerreír de mis compañeros, en el objetivo de los niños que acosaban y, por supuesto, el protagonista de las iras del profesorado. Como veis, la vida comenzaba a ser dura para un niño de seis años.

Resultó que la primera visita al despacho del director Yomando fue trágica para mis esperanzas de supervivencia en el Colegio de Magia para Iniciados de Pitalnord.

El director era la figura de poder que toda buena historia demanda en un personaje de tal importancia: era cuarenta años mayor que yo y medía lo mismo. Se sentaba en una butaca bien engalanada, con ribetes dorados y toda esa clase de cosas que hacían a un objeto más caro de lo que era razonable. Esta era de madera y el director podía mirarnos desde las alturas gracias a los aproximadamente veintidós cojines sobre los que sentaba y hacía equilibrio. De no ser así, la imponente y gruesa mesa de caoba, diseño especial para colegios a cargo del diseñador de mesas Jean-Pierre de Saule et Pin —más conocido como Juan el Mesas—, le haría imposible poder ver más allá del montón de papeles y libros que tenía sobre la mesa. Su nariz era tan alargada y retorcida que debía ser capaz de olerse el aliento cada vez que hablaba, ni que decir tiene que poseía el increíble don latente de sacarse mocos con la lengua, una técnica que me tenía completamente fascinado y que posteriormente intenté aprender sin fortuna. Para acabar de rematar tal imponente figura de gobierno, vestía un traje negro dos tallas más pequeño, lucía una calva con cuatro pelos alborotados rodeándole las orejas y un monóculo que era más grande que su cabeza. El otro ojo actuaba a su libre albedrío y muy pocas veces se centraba en algo o en alguien.

Para un niño de apenas seis años de edad aquella figura que se alzaba majestuosamente sobre una pila de coloridos cojines y olor a rancio era poco menos que una deidad. Al verme entrar asintió y carraspeó agudamente y me hizo un gesto para que me sentara en una silla, que desentonaba con lo recargado de su despacho, para dirigirme la primera de las muchas charlas que acabaríamos teniendo.

Sin embargo, nuestro primer encuentro fue, cuanto menos, un tanto convulso.

Lo primero que hizo una vez tomé asiento fue inclinarse hacia delante para verme con aquel gran ojo detrás del monóculo. Un grado más y por poco se cae de morros contra la mesa, suerte que no parecía ser la primera vez que le ocurría y logró mantener el equilibrio, no sin antes soltar un gritito agudo; por un milagro de la vida no me reí en su cara.

Sin embargo, y después de que una gota de sudor apareciera por su perlada y arrugada frente, comenzó a hablar. Entonces ya sí que no pude contenerme.

—Bien, bien, alumno Luthien… ¿Te parece muy normal llevar una sola semana de clase y venir a hacerle una visita al director?

Su voz era muy peculiar y muy aguda; arrastraba tanto las palabras que no pude pensar en otra cosa que no fuera el balido de una cabra. Fue en ese mismo momento cuando imaginé al pequeño director siendo acosado por una cabra, por lo que los lagrimones comenzaron a hacer rafting por mis mejillas.

—¿Qué le parece tan gracioso? —preguntó recolocándose la lente con las dos manos—. Tienes el dudoso récord de haber sido el primer alumno de la escuela en ser enviado al despacho del director en la primera semana. ¿Crees que tal acontecimiento es motivo de orgullo y alegría?
Poco más y me meo allí mismo. No hay nada peor que contener las ganas de reír en un momento tan serio y solemne. Imaginad cómo se sentiría alguien al explotar a risotadas en medio de un entierro, con la mujer y los niños llorando mientras sepultan los restos de su querido familiar. Pues eso fue lo que imaginé para intentar detener mis carcajadas, pero sucedió absurdamente todo lo contrario: aquella imagen de mí mismo riéndome en el entierro de alguien acabó por hacerme reventar y estallar en unas carcajadas tan sonoras que hicieron que me cayera de la silla y no pudiera parar.

—¡Vaya, vaya…! —dijo el director Yomando con la recriminación grabada en cada una de las alargadas palabras que profería su aguda voz—. ¡Este es un hecho insólito! ¡Nadie había venido aquí para reírse así de mí!

—¡Lo siento, lo siento! —traté de decir soltando una carcajada por cada palabra que lograba decir.

Justo en el momento en el que el director Yomando iba a soltarme una de sus conocidas diatribas acerca de lo poco educado que estaba siendo, entró otro profesor que no conocía: el tutor de una clase de segundo que, sofocado y claramente alterado, lo soltó todo sin percatarse siquiera de mi presencia.

—¡Estamos en guerra, señor director! —al verme, su rostro se desencajó y sus ojos parecían querer salir de las órbitas— ¡Oh, cielos! —soltó—. Tú no deberías estar aquí, o quizás yo debería haber mirado antes…

No tuvimos tiempo para más presentaciones porque detrás de mí se oyó un gran golpe que hizo volar todos los papeles que había sobre la gran mesa del director, al que acompañó un balido agudo de lo más quejumbroso.

Efectivamente, el director Yomando se la había pegado y apareció despatarrado sobre la gran mesa diseñada por Jean-Pierre de Saule et Pin, más conocido por Juan el Mesas. Veintiuno de los veintidós cojines cayeron estrepitosamente sobre armarios y muebles —alguno quedó colgado de la pequeña lámpara de araña y comenzó a quemarse—, y el poco orden que había en el despacho del director Yomando acabó convirtiéndose en una ilusión de futuro cuando el gran monóculo cayó al suelo y se partió en mil pedazos, dejando el despacho como un campo de estacas tan afiladas que ni a los mismísimos soldados Nordlandianos se les ocurriría cruzar andando, especialmente porque podían volar, aunque también se conocía que eran famosos por no tener muchas luces.

—¡Repita eso, profesor Molfast! —sugirió el director Yomando cuando, en ese preciso momento, el cojín en llamas le cayó en la cabeza y le quemó los cuatro pelos que tan en alta estima tenía.

—No sé cómo ha sucedido, señor director —contestó el profesor Molfast con aquella gruesa y carnosa cara roja con papada sobrenatural de la que debía estar muy orgulloso—. Parece ser que en una de las habituales timbas de los cuatro reyes han surgido desavenencias y se han declarado la guerra unos a otros. Ya sabe usted que a ninguno le gusta perder… ¡Ay madre! —se puso de rodillas como el que rogaba al cielo para que le echara unas monedas—, espero que no vayan en serio. Como la última vez, cuando el rey de Westland opinó que las cabras del reino de Sudland balaban con menos estilo que las de su propio reino…

—¡Malditas sean las cabras de todos los reinos! —vociferó el director, intentando apagar el fuego que amenazaba con desplazarse a la mata de pelo que nacía de sus orejas puntiagudas—. ¡No dan más que problemas!

Por aquel entonces supe que mi destino y el de las cabras estaban irremediablemente unidos. No sabía por qué mi mente montaba historias absurdas sobre cabras y me sentía extrañamente ligadas a ellas. Quizás me gustaba su melódico y suave canto, o igual era su trotar tan campechano y alegre tan capaz de hacerme olvidar lo sórdido del mundo en el que vivía. Siempre y cuando supiera lo que significara la palabra sórdido, claro.

Pero yo todavía era un crío de siete años que acababa de escuchar que una cabra había provocado la guerra en los cuatro reinos de Land. Por supuesto, pensaba que una guerra era una gran fiesta con mucha carne y pastelitos de limón —después me enteré de que a eso también se le podía llamar “boda”— y no tenía ni idea de la repercusión que tendría en nuestro mundo aquel suceso. Para mi alivio, las cabras tampoco lo sabían, por muy listas que fueran.
Entre el profesor Molfast y el director Yomando se las apañaron para enviarme a clase sin castigo, con la condición de que no dijera ni una sola palabra acerca de lo que había ocurrido en el despacho. Por supuesto, prometí no contar nada y me fui a clase con la misión de ser el niño más obediente y discreto del colegio.

Fallé.

—¡¡Estamos en guerra!! —fue lo primero que dije al entrar, y seguramente más alto y armónico que el canto de las cabras de Westland que tan en alta consideración tenía su rey.

La clase estaba compuesta por cincuenta niños de poco más de seis años de edad que asistían a sus primeras clases con el siempre exigente profesor Donaire. El orden y el silencio eran la norma imperante en todo momento mientras el maestro estuviera en clase, pero por primera vez en su vida todo aquello por lo que había luchado se desmoronó y la clase se reveló en toda clase de gritos.

Algunos, los granujas más listos, gritaban porque intuían que algo iba mal; otros lo hacían por el simple hecho de liarla en clase, algo que tenían anclado muy dentro y no podían soltarlo mientras el profesor Donaire estuviera presente; unos pocos gritaban a modo de competición, es decir, a ver quién de ellos era capaz de romper el cristal de las ventanas de clase; el grupo de los menos avispados gritaba por contagio; y una pequeña minoría lo hacía porque el compañero de su lado también lo hacía y no querían ser menos. Otra cosa no, pero con su orgullo no se jugaba.

De esa manera, la gran clase que albergaba en su seno a casi medio centenar de niños estalló en berreos después de haber recibido una noticia que debería haberles alegrado —yo pensaba que nos íbamos a inflar de pastelitos de limón, claro—. Los llantos y gritos acabaron por destrozar las cristaleras con vistas al patio del colegio, para mayor regocijo de los truhanes que gritaban para romperlas. No acabó ahí la cosa, pues se corrió la voz más rápido de lo que tardaba una cabra en balar y el Colegio de Magia para Iniciados de Pitalnord entró en fase de crisis total.

Si los berridos de una clase ya eran insoportables, no podéis haceros una idea de lo que podían hacer millares de gargantas unidas en una sola voz. Si os dijera que lo primero que pensé fue que el colegio no iba a ganar para ventanas os mentiría, pero sí entraba dentro del top 5 de mis pensamientos en esos momentos.

Solo después, bastante rato después, me di cuenta de que igual el director quería que fuera discreto en cuanto a lo de la guerra. Yo pensaba que se refería a su ridícula caída y el incendio que provocó en su propia azotea.

Claro que eso también lo conté después.

El estado de excepción, oficialmente recordado como “El Día de los Berridos” —celebrado en el colegio anualmente a partir de entonces por los siglos de los siglos—, tardó cinco horas en extinguirse. Fue el tiempo que tardaron en apagarse las gargantas y cuerdas vocales más resistentes del colegio, guiadas por el honor de la competición y el afán de ver quién resistía más para lograr alzarse finalmente como vencedor de tal esporádico suceso. El último superviviente, un héroe de seis años de nombre Pita, fue rebautizado como Pit el Sollozos, iniciando así una saga que durante generaciones seguiría sus pasos y crearía el ancestral e ilustre grupo de personas denominadas “llamadores”. Estos ofrecían sus servicios mediante la entrega de mensajes de voz de una ciudad a otra sin más ayuda que la potencia de sus pulmones. Sin duda, Pit el Sollozos todavía no sabía de la importancia y épica de sus actos en posteriores generaciones.

Una vez controlada la crisis, y solucionado el asunto de las cristaleras, que como me temía acabó con el presupuesto del colegio, el propio director Yomando me aclaró el malentendido llamándome de nuevo a su despacho; otra vez volvía a estar igual que antes de mi primera visita, aunque en esta ocasión el director estaba completamente calvo después de que el cojín en llamas le abrasara los cuatro pelos mal peinados que le quedaban.

—¿Se puede saber por qué demonios has contado que estamos en guerra? ¡Te advertí que no dijeras nada, zoquete!

—Pero yo pensé que… —traté de explicarme.

—¡No me valen tus excusas, jovencito malcriado! —clamó con aquella voz de cabra melódica que tanto me fascinaba—. Como sigas así no llegarás muy lejos. ¡Que no me entere yo que vuelves a liarla en clase! —agitaba el dedo una y otra vez, lo que me hizo sospechar que iba en serio—. Suficiente dinero hemos gastado ya por tu poca discreción. Y ahora, ¡sal de mi vista!

Di media vuelta rápidamente y me dirigí a la puerta, pero cuando ya estaba de puntillas, girando el pomo, su baládica voz volvió a llenar de sonido mis oídos.

—¡Ah! —soltó—, y espero contar con tu silencio sobre lo que sucedió ese mismo día en el despacho. Ya sabes… lo de los cojines —carraspeó.

—¡Sin problema, señor director! —contesté con el pulgar hacia arriba, algo que siempre había querido hacer.

Lo que el director Yomando no sabía era que yo por esa época era un niño al que le gustaba llamar mucho la atención y que había visto relegada mi privilegiada posición en el ranking de los más notorios de clase en favor Pit el Sollozos, con el que no podía competir pese a que se había quedado sin habla durante dos semanas debido al sobreesfuerzo inhumano de gritar durante cinco horas seguidas.

Por lo tanto, debía llegar a clase y explicar con pelos y señales todo lo que había sucedido aquel día en el despacho del director. Si de algo me jactaba a tan tierna edad era de mi capacidad de oratoria sin igual, capaz de hacer callar al más parlanchín o de atraer la atención de los cazamariposas de la clase. Sabía cómo captar a mis oyentes y ese día lo demostré sobradamente, encumbrando meteóricamente mi carrera y siendo tachado como “potencial delincuente a seguir de cerca” por los profesores del colegio.

Con apenas unas palabras conseguí meterme en el bolsillo a mi audiencia y dejé bien claro que el líder de la clase de primero no era otro que yo, Luthien el Bocas —aunque el apodo vino después y tampoco duró mucho.

—¡Chicos! —grité nada más llegar a clase—, ¡menudo castañazo se pegó el director el otro día!

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