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Libro: Ni colorín, ni colorado

Ni colorín, ni colorado
Título: Ni colorín, ni colorado

Autor: Rafael González | Editorial: Abrete libro! | Año: 2015 | €: 10
Genero: Fantástica, Ciencia ficción, Relato corto, Cuento, comprar
Ni colorin ni colorado está dedicado a quienes conocen los cuentos de Perrault, Andersen, los Hermanos Grimm... y reniegan de las edulcoradas versiones actuales. Un homenaje al ambiente oscuro y siniestro que impregnaba esas joyas de la literatura.

Descripción de: Ni colorín, ni colorado

En la primera parte del libro, cada relato invita al lector a encontrarse con viejos conocidos de la niñez (el sastrecillo valiente, peter pan, la bella durmiente, pinocho...) y descubrir qué fue de ellos después de ese "felices para siempre" en el que los abandonó tan confiadamente. Presentándole una versión adulta, que intenta imaginar cómo les habrían afectado las experiencias vividas en los crueles y despiadados cuentos originales.

La segunda parte, en cambio, propone sacar a los personajes de sus mundos infantiles y encontrar el género literario en el que encajaría mejor la trama del cuento. Y así Caperucita Roja, el Soldado de Plomo, la Sirenita y otros se convierten en personajes de novela negra, monstruos de terror gótico, protagonistas de mundos cyberpunk... sin olvidar el espíritu de la historia original y el peculiar lenguaje de cada género.

Fragmento de: Ni colorín, ni colorado

VALOR FORZOSO
El escaparate de la tienda era humilde, como correspondía a una pequeña capital de provincia alejada de las rutas importantes de diligencias. A través de los cristales se dejaban ver maniquíes de madera enfundados en camisas y pantalones; amén de chalecos y otras prendas de caballero, colmando estantes o colgando de perchas sujetas a las vigas de madera. Aún faltaba para que el sol alcanzara el mediodía, así que la luz se colaba a su antojo en el local y, reflejada en el lino, lo iluminaba todo con un aura de puro blanco.
El sastre andaba ocupado tomándole las medidas al hijo del burgomaestre, un muchacho robusto que pronto marcharía a completar sus estudios muy lejos de allí. Dada la envergadura física de su cliente, el sastre había dispuesto una banqueta al alcance de la mano para poder auparse hasta la altura adecuada. E, incluso así, en algún momento estaba necesitando ponerse de puntillas.
—¿Tendrá todo preparado para el mes que viene? Franz debe partir a finales de septiembre, y no puede presentarse en la universidad sin la indumentaria adecuada...
—Estará listo, no se preocupe señora —respondió el sastre a través de los alfileres que sostenía entre los labios; mientras, con total parsimonia, prendía uno a la capa a medio confeccionar.
Un súbito temblor sacudió entonces a todos los presentes, haciendo de paso que las perchas cobrasen vida.
El hijo del burgomaestre contuvo el aliento, al igual que su engreída madre.
El sastre, a pesar del imprevisto balanceo, se mantuvo en equilibrio en lo alto de la banqueta; un alfiler sujeto entre los dedos, mientras la otra mano mantenía en su sitio la pieza del cuello.
Apenas terminó de agitarse todo, cuando un nuevo estampido hizo temblar la tienda. Más intenso esta vez. Más cercano.
El joven estudiante comenzó a sudar copiosamente.
El sastre, tras borrar una mueca de disgusto de los labios, colocó otro alfiler en la prenda y se quitó el resto de la boca.
Por tercera vez se estremeció el suelo. En esta ocasión, al tintineo de los cristales se sumaron los gritos aterrados y las voces de vecinos que pedían auxilio. Ignorando el peculiar modo en que le estaban observando sus clientes, el sastre hizo un par de marcas con el jaboncillo, retiró la prenda de los hombros del muchacho y la colocó aparte con cuidado.
—Intentaré tener el encargo listo en quince días, más o menos. Puede volver entonces a recogerlo, señora.
—¡Perfecto, perfecto! Hasta dentro de quince días —se despidió la mujer, tirando del futuro licenciado mientras levantaba la cabeza hacia el cielo haciéndose cruces. Corriendo sin cesar, bajo la repentina sombra que había cubierto la calle.
El sastre se limitó a cerrar la puerta, llevó todas las prendas por arreglar hacia el taller de la trastienda y allí, con cuidado, escribió una nota para su ayudante, indicándole algunos detalles sobre el encargo. Luego, se pasó una mano por las sienes pobladas de canas y subió con calma a la planta superior de la casa. Entró en su pequeña habitación, abrió un viejo arcón y se sentó al lado con la mirada fija en la ventana. Impasible a pesar de los ruidos de espanto que seguían llegando desde el exterior.
Finalmente se desabrochó la camisa, se desprendió del pantalón y, por último se desató los zapatos. Así quedó a la vista el entramado de cicatrices que le surcaban el torso; docenas de rosadas marcas a lo largo de la piel, bajo la que comenzaban a tensarse los músculos.
En silencio procedió a colocarse un jubón y unos pantalones de cuero; luego fue el turno para atarse las cinchas de una coraza abollada. Se ajustó después sendos guantes y, por fin, sacó del arcón una espada y su vaina. La frase grabada en la hebilla le trajo un sinfín de emociones y recuerdos encontrados, desfigurando el rictus impertérrito hasta que desenfundó la hoja. Repasó el filo con la mirada, cortó el aire dibujando un par de estocadas y, al colgarse del cinto el arma, nada quedó del sastre.
No había nadie en la calle cuando salió de la tienda. La ciudad, tras el estallido inicial de pánico, se encerraba a cal y canto. Los postigos de las ventanas ni siquiera se atrevían a vigilar su paso. Al pasar junto a la iglesia, el murmullo de una oración revoloteó alrededor de él hasta que dejó atrás el edificio. Sólo una persona se cruzó en su camino: el enterrador. Asomado a la puerta del camposanto, se quitó la gorra e hizo una tosca reverencia antes de coger la pala de nuevo. Sin mirar, el sastre sabía perfectamente a qué colina del cementerio se dirigía, a abrir una vez más cierta fosa. Caminó más allá de donde el pueblo se acababa, ascendiendo una larga loma con la sola compañía de ese silencio funesto hasta que alcanzó su destino.
—Buenos días, sastrecillo.
El gigante le aguardaba recostado contra un grupo de olmos. En torno a él yacían varios barriles vacíos y un par de terneros, de los que apenas sí quedaban más que el pellejo y sus cornamentas. Apoyada sobre una cabaña de pastores aguardaba la enorme maza, recubierta de pinchos. El sastre repasó con la mirada cada detalle de aquel lugar, haciendo un cálculo mental del tiempo transcurrido desde la última vez. ¿Eran ocho? ¿Diez años sin enfrentarse a un gigante allí? Y a pesar de todo, aún podían descubrirse vestigios de las batallas anteriores. Lo que otros confundirían con rocas blancas, eran sin duda los huesos de algunos de sus rivales.
—Ya nadie me llama así.
—Cualquiera puede hacerse un cinturón con una hebilla ostentosa —replicó el gigantón, con voz cavernosa.
La contestación le sonó al sastre como una broma cruel.
—¿Acaso has encontrado a mucha gente que quisiera hacerse pasar por mí?
—Unos cuantos. Buscavidas a los que les gustaba presumir de matagigantes —y le mostró una pulsera, de la cual colgaban varios cráneos blanquecinos.
Acto seguido el gigante se incorporó, provocando un gran estruendo de ramas entrechocando y hojas volando por el aire. La sombra que proyectaba pasó por encima del sastre y se detuvo veinte pasos más allá.
—Ese de ahí es mi hermano —afirmó, señalando una colina en la que se veían asomar restos de un esqueleto entre la maleza—. Y aquel de allá es mi primo. Tú los mataste, sastrecillo.
—Ellos vinieron a buscarme. Yo sólo me defendí —repuso, poniéndose en guardia.
—¡Debían vengar a los nuestros! ¡Tú les obligaste a venir! —rugió el gigante, enarbolando la maza.
—¡Ellos mataron a mi familia! ¡Tuve que hacerlo! —aulló a su vez el sastre, sintiendo que se le quebraba el corazón de nuevo al recordar a la esposa y los hijos arrebatados salvajemente.
Mientras cerraba los dedos en torno a la gastada empuñadura su enemigo balanceó el arma, tronchando las copas de los olmos como palillos.
Sabía perfectamente lo que ocurriría a continuación.
A los niños les contaban que se podía derrotar a un gigante con astucia y juegos de palabras, pero el sastre tenía una cicatriz por cada objeción que podía hacer en contra de semejante majadería. Nadie hablaba de los golpes que quebraban huesos, ni de los miembros devorados. Si hubiese sabido las consecuencias de colocarse aquella hebilla, de seguro que nunca lo habría hecho. Pero no había manera de echar el tiempo atrás, y las opciones de recapacitar sobre su bravuconada de juventud estaban enterradas junto a su familia.
Sólo le quedaba sobrevivir y seguir adelante.
Ser valiente a la fuerza.

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