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Libro: El retorno de las Hechiceras Negras

El retorno de las Hechiceras Negras
Título: El retorno de las Hechiceras Negras

Autor: Carlos Samper Revuelta | Editorial: Amarante | Año: 2014 | €: 17 físico 4,99 ebook
Genero: Fantástica,
De venta en: comprar, comprar, comprar
Zung-Bar pretende conquistar Calüin, para ello envía a sus mercenarios para romper el hechizo que mantiene convertida en piedra a una poderosa hechicera de otra época. Un grupo de elfos, humanos, enanos y otros seres tratarán de impedir sus planes...

Descripción de: El retorno de las Hechiceras Negras

El retorno de las Hechiceras Negras representa la fantasía elevada al máximo exponente, donde humanos, elfos, enanos y otros seres fantásticos como drogters, cifeis, newods, vefasties... lucharán para mantener el equilibrio en el bien y el mal. La aventura te sumergirá en lugares tenebrosos, ciudades, bosques, castillos... donde el misterio, la intriga y el amor tomarán partida en el juego que se desarrollará durante el viaje de un grupo en el que la desconfianza y el temor irán tomando el mando de la expedición. Una pregunta rondará la mente del lector desde el principio hasta el final del libro: ¿Quién ha traicionado a grupo?

Fragmento de: El retorno de las Hechiceras Negras

Prólogo






La gota deslizó por la estalactita dejando a su paso una fina capa húmeda que refrescaba la roca. Tras ella otra tomaba el mismo recorrido como si de un camino marcado se tratase, estrellándose contra el frío suelo en un ciclo de equilibrio perfecto que no tenía fin. El ruido de pasos presurosos que se aproximaban no interfirió en el repetitivo y continuo goteo, tampoco la respiración jadeante de quien corría por la gruta, pero cuando el drogter tropezó y cayó de bruces sobre el charco, éste perdió la mayor parte del agua que había conseguido retener durante muchos, muchos días de goteo incesante. Tras tomar aire con una profunda inspiración se levantó y continuó su camino sorteando rocas y estalagmitas. Pasó la mano por su cabeza, afeitada por completo, y desalojó las gotas de agua que resbalaban por su frente; tenía los mechones de pelo que brotaban de sus mejillas mojados, tanto por sudor como por el agua del charco. Ese era el único vello que dejaban crecer en su cuerpo, el resto era afeitado sin dilación dejando ver una piel rojiza que abarcaba diferentes tonalidades.
Llegó al campamento base situado en una gruta de grandes dimensiones iluminada con antorchas. Se dirigió a la tienda central, la más grande, custodiada por dos guardias que le dieron el alto.
-Hemos llegado –se limitó a decir. Los guardias cruzaron una mirada y permitieron el paso del mensajero al interior de la tienda.
El olor a carne asada hizo estragos en el estómago del recién llegado. Tragó saliva varias veces antes de avanzar y tuvo que hacer un esfuerzo por no desviar la vista hacia la comida, que estaba servida en una mesa en el centro de la tienda. Tres sillas alojaban a los comensales que, al verle entrar, lo miraron con cara de circunstancia. Sólo uno era drogter: Schud, el líder, el único respetado por todos y cada uno de los drogters, el que los dirigía y dominaba. Su tamaño era ligeramente superior al del resto de su raza, próximo al de un humano, y su inteligencia sólo era equiparable a su ambición. Schud había alcanzado su privilegiada posición tras desafiar y derrotar en combate al anterior cabecilla. Desde entonces nadie cuestionó su supremacía.
Los acompañantes de Schud eran un humano envuelto en una túnica austera y un elfo oscuro de aspecto poco amigable. Los tres esperaban las palabras del mensajero, palabras que no les sorprenderían en absoluto.
-He..hemos llegado Señor –su voz sonó temblorosa, bajó la vista y dio dos pasos atrás.
Tras unos instantes en silencio, Schud se levantó de la silla, cogió un enorme mazo que estaba apoyado junto a la mesa, y avanzó hacia el exterior de la tienda.
-Ha llegado el momento –dijo –terminemos con esto cuanto antes.
El humano se levantó de mala gana balbuceando cosas ininteligibles, mientras que el elfo cogió sus armas, dos espadas curvadas, las envainó y salió tras el drogter. De pronto algo le vino a la mente y se detuvo.
-No olvides el pergamino Zeorl –dijo sin girarse hacia el humano –no me gustaría hacer el camino en vano.
El humano tocó un bolsillo de su túnica y comprobó su interior.
-Tranquilo, te aseguro que tengo más ganas de acabar con este asunto que tú.
-Lo dudo mucho..

Avanzaron por túneles apenas iluminados por antorchas, en su mayoría consumidas. Los pasajes eran estrechos y estaban reforzados por gruesas tablas que hacían de contrafuertes. A medida que avanzaban se hacía más evidente que la excavación era reciente, incluso en algunas zonas los drogters todavía aseguraban el apuntalamiento. Cruzaron varias grutas antes de llegar a su destino, una gran congregación de drogters les esperaba con sus armas desenvainadas. En lo más profundo de la estancia un túnel más estrecho que el resto se abría paso en la roca viva. La oscuridad en el interior era total. Schud miró a sus soldados:
-Estad atentos –gruñó –a mi señal entrad y situaros a ambos lados de la entrada.
Tras mirar al interior del pasadizo se introdujo en él sin volver la vista atrás. El elfo oscuro lo siguió y Zeorl tuvo que pedir una antorcha para evitar que la oscuridad lo envolviera por completo. El túnel no les entretuvo más de diez pasos, desembocando en una nueva gruta cuya única iluminación era la antorcha que portaba el humano. Zeorl perdió de vista a sus compañeros, un ligero murmullo de agua y fugaces pasos a su alrededor empezaron a crisparle los nervios. Aunque el ambiente estaba cargado por la humedad, el aire, viciado y denso, le oprimía los pulmones en cada respiración. Tosió. Estaba desconcertado y cada vez más nervioso, intentó concentrarse pero le resultó imposible, algo crujió bajo sus pies. Bajó la antorcha con curiosidad pero lo que descubrió no le gustó nada: se trataba de restos humanos, huesos envueltos en telas. Tragó saliva varias veces antes de levantar la vista. Ahogó un grito y casi dejó caer la antorcha al suelo. Ante él una enorme figura con los brazos levantados empuñaba un hacha de forma amenazante. Tardó unos instantes en darse cuenta que se trataba de una estatua de piedra. Respiró aliviado y vio como el elfo oscuro salía de detrás de ella.
-¿Qué pasa? –le recriminó –¿por qué tardas tanto?
-Ya voy –respondió intentando mostrar un rostro lo más sereno posible. Ofreció la antorcha al elfo que la tomó sólo para dejarla caer al suelo, no se apagó pero la llama bajó en intensidad. Zeorl levantó los brazos y lanzó un conjuro. De sus manos brotó una luz que fue ascendiendo hacia la parte superior de la gruta arrojando claridad a todos los rincones de la estancia. Entonces pudo verlas todas.
Se encontraban en una gruta amplia, un río subterráneo la dividía en dos zonas diferenciadas. En la opuesta a la que se encontraban había un pequeño santuario de piedra medio derruido que se conectaba al río por dos canales ahora secos. Para cruzar el cauce había un puente, también de roca, bastante bien conservado y, dispuestas al azar por ambos lados del río, cinco estatuas de piedra custodiaban la estancia.
-La lucha tuvo que ser dura y cruel –murmuró el elfo casi sonriendo. Los esqueletos diseminados por el suelo de la gruta corroboraron sus palabras, fuera lo que fuese lo acontecido aquí requirió del sacrificio de muchas vidas. Él lo sabía, no necesitaba ver los restos yacentes para confirmarlo, pero eso le produjo gran satisfacción.
Zeorl observó las figuras de piedra. La que tenía delante correspondía a un cifei, un ser de aspecto grotesco, rasgos y tamaño similares a un ogro pero de mayor fuerza e inteligencia. Hacía décadas que nadie había visto uno, cuentan que los pocos que sobrevivieron a la guerra escaparon y se escondieron en los lugares más recónditos del otro lado del mar. Eran unos adversarios temibles, destinados principalmente a la guardia de élite.
No muy lejos había otra estatua, espigada y de mayor altura que un elfo. Tampoco era humana. El pelo, largo en el centro, tapaba los lados de la cabeza que carecían de él. Zeorl sabía que ambos lados estaban afeitados, era una de las costumbres de las vefasty, cuyas hembras se afeitaban la cabeza dejando tan solo pelo en el centro, eso les profería dominancia sobre los machos, a los que mataban tras obtener de ellos lo único que necesitaban para perpetuar la especie. Era una raza guerrera, las hembras sufrían unas malformaciones en las manos que los machos jamás habían desarrollado, de ahí que resultaran inútiles bajo su punto de vista. Los dedos se endurecían y crecían de manera desorbitada, alargándose hasta llegar a medir lo mismo que un antebrazo humano, acabando en una afilada punta que era capaz de atravesar una cota de mallas. Eran torpes en el uso de objetos pero mortales en el combate cuerpo a cuerpo, pues a su destreza con las manos se unía una agilidad jamás vista en otra criatura. El humano se recreó unos instantes ante la vefasty, nadie había visto una desde hacía casi cien años.
Al otro lado del río descansaban las tres estatuas restantes. Cuando se disponía a cruzar el puente Schud se acercó a ambos:
-Están todas, tal y como nos indicó Morkai –gritó una palabra que ni Zeorl ni el elfo entendieron y antes de que pudieran preguntar numerosas pisadas invadieron la estancia, situándose junto a la entrada. Schud miró al humano –si buscas a la mujer está junto al santuario.
Zeorl cruzó el puente y se acercó al santuario, no prestó atención a las otras dos estatuas, se trataba de un humano de nombre Tsimbalar y de un cambiante llamado Scherbo, un humano al que la magia había corrompido hasta tal punto que su cuerpo adquirió la capacidad de cambiar de aspecto a voluntad. Se detuvo frente a la mujer. Aún bajo la condición de materia inerte se podía apreciar su belleza...y también su maldad. Tenía los ojos abiertos al máximo y Zeorl hubiese jurado que salían chispas de ellos. Ambos brazos estaban levantados, medio flexionados, parecían preparados para lanzar un hechizo, o tal vez para protegerse del que la convirtió en lo que era ahora, una estatua de piedra. Un odio más puro que el oro que los enanos extraían de las entrañas de la tierra emanaba de ella, el humano retrocedió un paso impresionado ¡habría jurado que los ojos lo miraban a él! Apartó la vista y buscó a tientas el pergamino que descansaba en su bolsillo. Lo abrió y miró hacia atrás antes de comenzar a leerlo. Todo estaba listo.
-Espera –el elfo se acercó a él –yo de ti no me pondría justo delante de ella.
Tras situarse a la derecha de la estatua el mago comenzó la lectura del pergamino. Las palabras fluyeron por su boca de la misma forma que la vida volvía poco a poco a fluir por las estatuas de piedra. Un murmullo en las filas drogter fue silenciado por la mirada de Schud, que balanceó su enorme mazo de forma amenazante. Zeorl elevó el tono de sus palabras, levantó los brazos y el pergamino comenzó a deshacerse al pronunciar la última palabra del conjuro. Hubo un silencio sepulcral, por un instante pareció como si el hechizo no hubiese surtido efecto. Pero no fue así.
Un rayo brutal pasó a escasa distancia de Zeorl alcanzando a un drogter situado cerca de la entrada a la gruta. El pobre infeliz apenas vio venir el proyectil, calcinándose en el acto. Los compañeros situados a su lado sufrieron quemaduras de importancia, inundando la estancia de quejidos y gritos de dolor, acompañados de un fuerte olor a carne quemada. Otro estruendo hizo temblar el suelo, el cifei había bajado su enorme hacha haciendo añicos los restos óseos que descansaban junto a él. Los recién llegados a la vida miraron a su alrededor desconcertados.
La mujer miró a Zeorl con el ceño fruncido. Respiraba presurosamente y el odio que antes notó el mago se desató por toda la gruta sin que nada pudiera contenerlo.
-¿Dónde está Gruntar? –preguntó de forma amenazante. Zeorl pudo ver como el puño derecho de la mujer comenzaba a brillar tenuemente mientras sus esbirros se preparaban para el ataque –no repetiré mi pregunta.
-Ha...ha... –Zeorl no podía articular palabra alguna –Gruntar ha...
-Está muerto.
La mujer se giró hacia el elfo.
-¿Qué? –el brillo del puño comenzó a perder intensidad. La incredulidad se mezclaba con el odio acumulado durante décadas.
-Gruntar está muerto –la voz del elfo sonó firme –murió poco después de que tú...fueras convertida en piedra. Me llamo Antarg, he sido enviado aquí para...
-Convertida en piedra... –la incredulidad dio paso a la sorpresa, pero ésta duró poco. La mujer, indignada, lanzó un grito que heló la sangre a todos los presentes, esta vez fueron ambos puños los que comenzaron a brillar –¿cuánto tiempo? ¡Cuánto tiempo!
-Casi cien años –Antarg intentó mostrarse lo más sereno posible, ya había previsto esta reacción, pero la realidad estaba superando todas las expectativas.
La mujer perdió la concentración y sus manos dejaron de brillar. Hubo un silencio que pareció eterno hasta que su voz, más calmada, lo rompió.
-¿Y Zung-Bar?
-Zung-Bar murió poco después de que te convirtieran en piedra, sin ti perdió toda opción de victoria. Su descendiente, Morkai, nos ha enviado para liberarte de tu cautiverio y que, junto a él, te vengues por lo acaecido en el pasado.
-¡No necesito la ayuda de nadie!
-Lo sabemos –el elfo apenas pudo evitar el gesto de acercar la mano a la empuñadura de su cimitarra, en estos momentos debía mostrarse sereno y firme, no brusco ni contestatario. Se encontraban en un momento muy delicado que necesitaba de mucho tacto para que la situación no se fuera por el camino equivocado. Para eso lo había enviado su Señor. –Morkai es un hombre poderoso que puede proporcionarte un ejército, armas, todo lo que le pidas; su propósito es ayudarte a que...retomes el control de Calüin. No quiere darte órdenes, quiere que le ayudes. Ambos obtendréis lo que buscáis.
Las palabras de Antarg parecieron calmar a la hechicera. Miró alrededor. Aparte del elfo y el mago sólo había drogters. Ningún problema para ella y sus seguidores, pero así no obtendría la información que buscaba. Aunque le costó reconocerlo necesitaba al tal Morkai.
-Mi señora Strotia –Antarg se mostró mas seguro que nunca –si nos acompañáis, no os arrepentiréis de ello.
Una fugaz sonrisa asomó en los labios de la Hechicera.
-Escucharé lo que tu Señor me quiere decir.

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