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Libro: LAS AVENTURAS DEL APRENDID DE BRUJO

LAS AVENTURAS DEL APRENDID DE BRUJO
Título: LAS AVENTURAS DEL APRENDID DE BRUJO

Autor: GUILLERMO JIMÉNEZ PAVÓN | Editorial: AMAZON | Año: 2016 | €: 2,50
Genero: Novela, Aventuras, Juvenil, comprar, comprar

Descripción de: LAS AVENTURAS DEL APRENDID DE BRUJO

Lautaro era un joven brujo, que fue enviado por su padre (el gran Raimint) a un país que había perdido a todos sus hijos varones mayores de 14 años, para que los encontrara. Era un país lejano y en su largo caminar, se fue encontrando a ciertos personajes con serios problemas.

Fragmento de: LAS AVENTURAS DEL APRENDID DE BRUJO

Capítulo 1.- Encuentro con los pequeños leñadores.

— ¿Gavioto? Date prisa en comerte la ración de cebada, que tenemos que salir de nuevo y debemos hacerlo lo antes posible.
— Te noto muy contento, socio.
— Sí que lo estoy; el que mi padre me haya asignado esta misión ha hecho que me sienta muy bien. Sentirse valorado en el trabajo es muy gratificante y hace que uno esté contento. Según me ha dicho mi padre es un problema muy difícil, pero que confía en mí y me lo ha asignado. Eso es gracias a que todas las misiones que me ha mandado las he resuelto bien. Bueno, las hemos resuelto, porque tú me has ayudado un montón.
— ¿De qué se trata? –le preguntó Gavioto, mientras comía la exquisita cebada.
— Parece que han desaparecido los hombres de su pueblo y no saben qué ha podido pasar con ellos. La misión que tengo que realizar (bueno, que realizaremos) será la de encontrar el paradero de toda esa gente y devolverlos a su país.
— ¿Ese país está muy lejos?
— Se llama Gozolandia y sí que está lejos. Por lo que me ha dicho mi padre, tardaremos varias semanas en llegar.
— Qué mala suerte, socio. Después de comerme este manjar, tenía pensado descansar un poco y visitar a Blanquita, que me ha llegado un olorcillo…. Josú, que olorcillo… –dijo Gavioto, levantando el labio superior de aquel tremendo hocico.
— Dentro de una hora salimos. Tú mismo, pero ya sabes que el camino será largo y tienes que estar en forma, que me tienes que llevar a cuestas. Voy a preparar las cosas que me tengo que llevar y, como te digo, dentro de una hora estaré aquí para salir.
Gavioto se terminó la cebada en un santiamén y, poniendo el cuerpo lo más esbelto que pudo, salió al corral más estirado que el gallo de morón. Blanquita (que era una preciosa burrita blanca) estaba siendo cortejada por un burro negro que, aunque no era su tipo, sus óvulos estaban cogiendo mucha temperatura y necesitaban ser enfriados. Gaviota, con aspecto de don Juan, atravesó el corral y se acercó a ella con ánimo de saludarla y entablar con ella una conversación o lo que fuera, para estar a su lado. Pero antes de contactar físicamente con ella, fue atacado duramente por el burro negro, que le dio un tremendo mordisco. Éste dio un fuerte rebuzno de dolor, seguido de un contraataque feroz contra el burro negro, haciendo que éste saliera corriendo con la cabeza rozando el suelo. Gavioto lo persiguió durante unos segundos pero, sabedor que el tiempo que tenía era muy limitado, se volvió y se acercó a Blanquita.
— Hola Gavioto: ¿tenías ganas de verte? –le dijo Blanquita, con dulce voz—. Menos mal que has venido; Bruno me estaba acosando y le has dado una buena lección. ¿Tienes sangre?
— ¡Sí! El desgraciado me cogió por sorpresa, pero él también se ha llevado lo suyo…Yo también tenía ganas de mont…–murmuró Gavioto, que se había puesto muy excitado —. Qué lástima, con lo receptiva que se encuentra…— ¡Dentro de media hora me tengo que marchar, Blanquita.
Al oír aquello Blanquita, que quería que Gavioto fuera el padre de sus hijos, y viendo que estaba subido de temperatura como ella y que disponía de muy poco tiempo, le facilitó el contacto sexual. Al ver el movimiento que Blanquita estaba realizando, Gaviota, que era muy enamoradizo y al verla tan mona y tan receptiva, no se pudo controlar y… Así que cuando llegó Lautaro, con todos sus utensilios preparados, Gavioto se estaba despidiendo de Blanquita con mucha tristeza, pero a la vez se sentía muy orgulloso, por haber sido él quien le enfriara los óvulos. Con la sensación de que había hecho lo que debía se fue hasta donde estaba Lautaro, para que le pusiera el aparejo. El cual se lo puso enseguida y le cargó todos los trastos que pensaba le harían falta. Luego se despidió de su padre y, montado sobre Gavioto, salió hacia Gozolandia.
Llevaba una bolsa de cuero colgada del hombro, cruzada en forma de pistolera, y un bastón de madera de grandes dimensiones en la mano. Dicho bastón tenía en la parte de arriba una bola de marfil. Apenas salió del castillo y, como siempre solía hacer, comenzó a silbar sus alegres melodías, las cuales eran oídas con mucho agrado por los lugareños del entorno. Los que lo conocían de otras veces salían para saludarlo, y los que no, para conocer al dueño de aquellas bonitas canciones.
— Te veo muy contento, Gavioto, ¿no habrás estado con la…?
— ¡Síii! y de qué manera, socio. Blanquita es una burrita que me pone; vaya si me pone, ¡uhhhh!
— Tengo que reconocer que en eso de conquistar hembras eres un tipo con mucha suerte, un auténtico don Juan, diría yo. Ya quisiera tener yo, para mi cuerpo, la suerte que tienes tú con las hembras; porque tío, no paras. Yo no tengo esa suerte; con dieciocho años que tengo, no me como una rosca.
Gavioto, levantó el labio superior y le brindó a Lautaro una simpática sonrisa burrona. Era un burro gris, no muy grande, pero si muy enamoradizo y, lo mismo que Lautaro, era un aprendiz de brujo, pero algo más avanzado que Lautaro, en los estudios.
— ¿No me dirás, socio, que todavía eres… virgen?
— Puesss,… sí.
— Socio, eso lo debes solucionar y lo tienes que hacer por la vía de lo urgente. No puede ser que, en los tiempos que vivimos, un joven como tú, bien parecido…, bueno, dejémoslo sólo en joven, con dieciocho años, no haya catado todavía hembra.
— Es que entre los estudios y las misiones que mi padre me manda, no he tenido tiempo de...
— Socio, eso son excusas. Tu padre te envía para que aprendas y te hagas un hombre de provecho; que los brujos (humanos) tenéis que aprender muuuchas cosas... Yo también estoy estudiando para brujo y tengo tiempo para mis cositas amorosas. Así que no le eches la culpa de ese atraso que llevas con las hembras, al no tener tiempo libre, que tienes tiempo libre y mucho. ¿Tú no serás de los llamados de la otra…?
— No, Gavioto, que me gustan las hembras; lo que pasa es lo que te he dicho, que no he tenido tiempo.
— Pues ya sabes, socio, a encontrar tiempo y a montar hembras. Ya verás cuando lo pruebes como encuentras tiempo para montarlas. Una buena ración de cebada es muy bueno, pero un buen polvo, uh.
El camino emprendido era quebradizo y montañoso. Llevaban ya varios días viajando por aquel inmenso bosque, cuando comenzaron a sentirse voces de gente. Las cuales debían estar en la dirección que llevaban, porque cada vez se escuchaban con más claridad.
— ¿Escuchas eso, Gavioto?
— Ya lo creo que lo escucho. ¡Vienen de ahí delante!
Los dos, mostrando preocupación en sus caras, miraban hacia el horizonte intentando localizarlas. Después de andar durante un rato intentando localizar las voces, al final, Lautaro encontró el origen de ellas:
— ¡Vienen de allí! –exclamó Lautaro en voz alta y señalando la dirección.
— Con tanta arboleda, no veo nada –dijo Gavioto, y con mucha precaución se fueron acercando al lugar.
— ¡Son niños! –dijo Lautaro—. Hay lobos intentando cogerlos.
Había una manada de lobos, saltando para cogerlos. Los niños estaban subidos en un árbol que no era muy alto y los afilados dientes de los lobos cada vez pasaban más cerca de ellos, que con mucho miedo en sus cuerpos no dejaban de pedir ayuda. Varios de los lobos los vieron llegar y, con actitud desafiante, se fueron acercando a ellos. Lautaro quiso hacer un acto de brujería (para espantar a los lobos), pero no le salía. Y los lobos, enseñando sus enormes colmillos, los iban rodeando peligrosamente.
— Abra, cadabra, pata de cabra, ojos de búho, ilumíname –decía una y otra vez Lautaro. Pero aquellas palabras no surtían efecto y los lobos cada vez estaban más cerca de ellos. Cuando las babas de las fieras les salpicaban la cara, Gavioto dio un tremendo salto, pasando por encima de ellos, imitando a la vez un tremendo rugido de oso. Aquel rugido hizo que los lobos se metieran el rabo entre las patas y abandonaran la zona a gran velocidad. Luego se acercaron adonde estaban los niños, los cuales temblaban agarrados a las ramas del árbol. Lautaro (que aún reflejaba en su cara el asombro que le había producido el rugido de oso que había imitado Gavioto) les dijo que ya no había peligro, que podían bajar. Pero estaban sus cuerpos tan agarrotados por el miedo, que les costó bastante desprenderse de las ramas. Cuando por fin se desprendieron y bajaron al suelo, vieron que no eran niños los que estaban en el árbol, sino tres enanitos muy asustados.
— ¡Pensaba que erais niños!
— Somos le, le, leñadores y vivimos cerca de aquí, pe, pe, pero los lobos han, han destrozado nuestro refugio y han, han estado a punto de, de comernos. Ahora no, no tenemos refugio y nos, nos tendremos que, que ir a casa. No sé qué, qué les habrá pasado a los lobos, pero nunca antes nos habían ata, ata, atacado. No sé por, por qué lo han, han hecho, es desde que los lidera ese negro tan, tan grande.
— Si tenéis pensado marcharos os acompañaré hasta vuestra casa, así estaréis más seguros. No me lo perdonaría nunca, si por no acompañaros a vuestra casa, tuvierais un encuentro dramático con esas fieras y os pasara algo.
Lautaro se bajó de Gavioto y subió a los tres enanitos, luego se dirigieron hacia la casa de ellos, en un ambiente muy agradable. Lautaro (que iba delante, andando) se llevó un tremendo sobresalto, al escuchar la voz de una mujer. Iba pensando en sus cosas y lo último que hubiera pasado por su mente, era escuchar la voz de una mujer, por aquellos parajes tan insólitos.
— ¿Buenos días?
— Buenos días, señorita, qué susto me he llevado; no esperaba encontrar a nadie por estos caminos, y menos a una mujer.
— ¿Hacia dónde van ustedes?
— Nos dirigimos a Gozolandia.
— Eso queda muy lejos de aquí, pero qué bien, vais en la misma dirección que yo.
— ¿Adónde vais?
— Voy a la casa de mi abuela, y me da un poco de reparo ir sola por estos bosques. ¡Si no os importa, me gustaría ir con vosotros!
— Socio, dile que sí, que mira que yegua más maja lleva.
— Sí, sí claro, será un orgullo que, que…; bueno, que sí, que puedes venir con nosotros.
— No te líes, socio, que te estás liando…, tranquilo…, tranquilo…, dile que sí y ya está.
Mientras hablaban iban caminando paralelos y Gavioto (que iba bastante quemado) no dejaba de mirar a la yegua y, en su afán por impresionarla, se había puesto más estirado que el gallo de morón. Además, para aumentar unos centímetros la alzada, andaba con las puntas de los cascos. Y aunque le estaba costando lo suyo mantener aquella pose no natural, y más llevando a los tres enanitos sobre su lomo, no le importaba sufrir aquel calvario, que lo sufría, con tal de conmoverla. Mientras tanto, Lautaro, que se había puesto un poco nervioso, aguantó el tipo como pudo y le dijo que sí, gracias a los susurros que le iba inculcando Gavioto. Aunque no podía disimular su poca experiencia en amoríos. Se podría decir que, en aquella materia, estaba todavía en parvulitos.
Pregúntale cómo se llama, le dijo, y éste no dudó en preguntárselo. Ella, que iba envuelta en una capa negra con capucha del mismo color para resguardarse del frío, le contestó que Isabel.
Aconsejado en todo momento por Gavioto, iba cogiendo confianza y sus palabras se estaban volviendo cada vez más convincentes.
— Socio, dile que estás cansado y que necesitas descansar un poco, así conoceré mejor a la yegua. Acuérdate, que llevo mucho trayecto contigo a cuestas y, aunque eres flacucho, pesas lo tuyo. Ahora llevo a los tres pequeñitos, que también pesan un montón.
— ¿Me estás llamando seco?
— Bueno, un poquito sí –dijo Gaviota, y le enseñó sus grandotes dientes.
Cuando llegaron a la casa de los enanitos les recibió una joven muy guapa, acompañada por cuatro pequeñitos que, al ver a sus compañeros subidos en Gavioto, se acercaron enseguida y les ayudaron a bajar. Luego, y mostrando preocupación en sus caras, les preguntaron qué había pasado. Lautaro comenzó a contarle lo sucedido, a su manera, y aumentando un poco los hechos. Mientras lo hacía, se fueron acercando los enanitos a ellos. Los cuales, muy agradecidos, les invitaron a comer. Al pedírselo de aquella manera y acercándose ya la hora de comer, no pudieron decirle que no. Además, era la hora de comer y un olor a deliciosa comida estaba envolviendo todo el entorno. Los simpáticos enanitos enseguida arrimaron dos pequeñas sillas. Con todos sentados alrededor de la mesa, la joven les fue sirviendo la comida. La chica que le acompañaba y que hasta entonces no se había quitado la capucha, se despojó de ella, dejando vez una hermosa melena negra, iluminada por unos ojos verdes de ensueños. Lautaro se quedó (como vulgarmente se dice) con la boca abierta, al ver tanta belleza ante sus ojos. Si la chica que estaba sirviendo era guapa, la que se quitó la capucha no lo era menos. Eran dos mujeres tremendamente guapas, de unos dieciocho años de edad, los mismos que tenía él.
— ¡Qué rica está! –exclamó Lautaro.
— ¿Te gusta? –le contestó la joven, mostrando alegría en su rostro.
— ¡Sí! Está muy buena. Es lo que me pedía el cuerpo, después de estar varios días comiendo frutos secos: una sopa caliente.
— Tenemos a la mejor cocinera del mundo –dijo uno de los enanitos.
— Así de go gordos no nos estamos po poniendo –dijo otro, que era un poco tartamudo. Las risas producidas por el buen ambiente hicieron que un perro y un gato, que compartían el lado izquierdo de la chimenea (porque el derecho estaba repleto de trozos de madera apilados) se levantaran, queriendo ser partícipes del buen rollo que se había creado. Uno de los enanitos le echó un trozo de pan a cada uno, el cual cogieron sin demorar mucho, y se lo fueron comiendo bajo la mirada de los alegres comensales.
— Hola, Tordo –le dijo uno de los enanitos, al cual se acercó, poniéndole las patas delanteras sobre él y dando pequeños ladridos. El gato, que llevaba los pelos un poco bufados, se había acercado a Margarita, y pegando un pequeño salto se subió sobre sus faldas.
— Hola, Silencioso –le dijo ella, y lo estuvo acariciando suavemente, a la vez que le acercaba a la peluda boca un trozo de carne.
— Son unos animales muy bonitos y, además, me hacen mucha compañía. Suelo estar mucho rato sola, y ellos hacen que me sienta bien y no me aburra.
— Es verdad que son muy bonitos, sobre todo el siamés, que es precioso; el perro también lo es, pero tengo debilidad por los gatos y este siamés es de los más bonitos que he visto –dijo la chica de la capucha—. ¡Silencioso! ¡Me gusta hasta su nombre!
— Él solito se ganó el nombre; de muy pequeño llegaba adonde yo estaba sin hacer nada de ruido. Así que comencé a llamarlo Silencioso; aunque en eso no ha cambiado con la edad, sigue llegando de la misma forma. Es un gato que no se siente en todo el día, pero tiene alejados a los ratones, que es lo que me interesa. En cambio, Tordo es todo lo contrario; además, que es mucho más movido; en cuanto siente el mínimo ruido, ladra y mucho. Así que también hace muy bien su trabajo de avisar. Al decir aquello y en el ambiente tan distendido que había, se echaron todos a reír.
Gavioto estaba junto a la yegua, la cual empezó a ovular, y el olor que iba desprendiendo lo iba poniendo cada vez más excitado. Los enanitos los habían llevado al corral, donde había varios burros pequeñitos, y le pusieron una buena ración de cebada a cada uno. No se la pudieron poner en el pesebre, porque la cuadra era muy pequeña y no cabían (sobretodo, la yegua). Así que se la pusieron en un carro que tenían para transportar paja.
Gavioto le tocaba de vez en cuando la barriga a la yegua con el hocico, la cual le devolvía los mimos de la misma forma y con mucho agrado. Así que cuando terminaron de comerse la cebada, y la yegua mascaba abundantemente, signo inequívoco de que se estaba poniendo muy contenta, y Gavioto que también lo estaba y por lo que colgaba, estaba muy contento; intentó montarla varias veces pero, al ser ella más alta, no llegaba adonde tenía que llegar; eso le estaba desesperando. Pero como un buen amante que era no desistió en su empeño y, gracias a su constancia en conseguir su deseo, le vino a su “tosca cabeza” una lúcida idea, para resolver el problema que en aquel momento tanto le preocupaba. Así que dándole a la yegua pequeños golpecitos con el hocico, la llevó hasta un altillo que había en una esquina del corral, y así podo consumir lo que tanto trabajo le estaba costando.
Había llegado la hora de reanudar el camino y Lautaro e Isabel se despedían de Margarita y de los gentiles enanitos.
— Cuando termine el trabajo que tengo que hacer en Gozolandia, y si no tengo algún percance, volveré a pasar por aquí. Así podré verificar que los lobos han dejado de ser un problema para vosotros y podéis hacer tranquilamente vuestro trabajo.
Los siete enanitos rodeaban a la joven y con semblantes alegres los esperaban delante de la puerta de la casa. Lautaro y Margarita habían ido al corral para recoger a los animales y, mientras Lautaro le ponía el aparejo a Gavioto y conociéndolo, se dio cuenta de que había estado con la yegua.
— No habrás estado con la…
— ¡Síii! –dijo Gavioto, mostrándole los grandotes dientes a Lautaro.
— No tienes arreglo –le dijo Lautaro, por lo bajini.
— Socio, fíjate lo contenta que está la yegua. No me gusta ponerme flores, pero me he comportado como un... ¡Socio! Escucha bien esto que te voy a decir, que de esto sé lo mío. Tú tienes que poner así de contenta a esa hermosa hembra, porque si no lo haces otro lo hará y te la quitará.
Isabel, que había terminado antes que él, se había ido hasta la puerta de la casa, para decirles adiós a los simpáticos enanitos y a Margarita. Lautaro, pensando en lo que le había dicho Gavioto, se fue acercando a ella, con muchas ideas confusas en su cabeza.
— Socio, si yo estuviera en tu pellejo, te aseguro que ya la habría... Es una hembra, que hasta me pone contento a mí... Dile algo, socio, que está esperando que le hables.
— ¡Hola, Isabel! ¿Preparada ya para continuar el viaje?
— Eso, eso, socio, bien, bien, vas mejorando, vas por el buen camino –le dijo por lo bajini— Aunque he de reconocer que te queda todavía mucho por recorrer. Pero tú sigue así, con esa actitud; verás qué pronto obtendrás resultados.
— ¡Sí! En cuando quieras, salimos, que tengo muchas ganas de ver a mi abuela.

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