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Libro: Con cuatro rosas

Con cuatro rosas
Título: Con cuatro rosas

Autor: Juan Carlos Valero | Editorial: CreateSpace & Amazon | Año: 2016 | €: 8.94
Genero: Novela, Romántica, comprar
En los años 80 Daniel, un joven tímido y con poco éxito con las chicas, conoce a una belleza de pelo rojo, Cristina, de quien quedará enamorado rápidamente. Pronto descubrirán un nexo que los une de forma inexplicable, un sonido que les acompañará

Descripción de: Con cuatro rosas

A mediados de los años 80, con poco mas de 20 años, Daniel conoce a Cristina. Ella es una belleza de pelo rojo que consigue enamorarlo desde el primer momento. Pero un error de joventud los separará y llevará por caminos muy dispares. Acompáñalos a lo largo de los años, separados pero unidos a la vez por un extraño sonido. ¿Volverán a estar juntos?

Fragmento de: Con cuatro rosas

A la mañana siguiente Cristina bajó a desayunar con sus padres y les contó, como de pasada y sin darle mucha importancia, que por fin había encontrado a alguien interesante. Desde que empezó la adolescencia había intentando ser siempre sincera con sus padres, y a cambio había obtenido una confianza en ella a prueba de bombas. Sabía que sus padres se preocupaban por ella, como todos los padres por sus hijos, pero sabía también que en su caso recibía más manga ancha de lo que solía ser habitual. Su madre dijo que la mala suerte era que se marchaban al día siguiente y ella frunció el ceño como respuesta. La idea de irse era como las nubes que se ven en el horizonte: pueden ser portadoras de malas nuevas o bien pueden pasar sin más. Lo que tenía claro es que no se iba a quedar lamentándose y perder el poco tiempo antes de marcharse... tenía todo el día por delante, y pensó que debía aprovecharlo al máximo, así que tras acabar con su desayuno subió a ponerse el bikini y cogió las cosas para ir a la playa, esperaba que si todo iba bien pudiera encontrar allí a Ana y hablar con ella. Si no, ya la buscaría, porque necesitaba hablar.

Ana estaba en el mismo sitio que el día anterior, boca abajo y con la parte superior del bikini desabrochada, para no tener marca al broncearse. Cristina puso sus cosas al lado y se saludaron. Tras tumbarse para ponerse el protector solar Ana se giró, aguantando el sujetador del bikini con la mano y la miró sonriendo.

—¿Qué tal fue anoche con Daniel? —le preguntó.

—Me pareció muy simpático —le contestó Cristina.

—Si, si, simpático. Si te lo comías con los ojos, que yo te veía.

Cristina guardó silencio. Pero no pudo aguantar mucho.

—Me lo pasé fabulosamente, es divertido, inteligente y sabe escuchar cuando le hablas.

—Yo estuve hablando con sus amigos —dijo Ana con una sonrisa de medio lado en su cara —y me dijeron que estaban alucinados, que Daniel es muy tímido y no le habían visto nunca como anoche contigo. ¿Que le has dado? ¿O le echaste algo en la bebida?

—Calla, no seas mala. Yo no le he dado nada, solo conversación.

—Pues no veas con la conversación... tenían un cachondeo sus colegas a su costa...

Cristina decidió cambiar de tema.

—¿Y tú? ¿qué tal fue la cosa?

—Estuvo divertido, y me lo pasé bien, pero me parece que tenías tu acaparado al más interesante del grupo —protestó Ana.

—He quedado hoy con él —dijo Cristina.

Ana se rió a carcajadas y le dijo que no se preocupara que no pensaba quitárselo. Después empezó a hablarle de los amigos de Daniel, y de Alejandro, y pasaron después a otras cosas, pero Cristina no dejó de notar las miradas que Ana le había dirigido cuando le contaba cosas de Daniel. Después se fue haciendo el silencio entre ellas mientras tomaban el sol.

Al cabo de un rato Cristina se levantó, ya tenía demasiado calor, y dio una corta carrera hasta la orilla. El agua del mar la envolvió y mientras nadaba mar adentro, se giró mirando la playa y la costa que se veía a ambos lados. Le gustaba la sensación de flotar, el dejarse llevar por las olas. Se preguntó como sería vivir allí y la idea no le disgustó. Estaba acostumbrada a Madrid y el bullicio de la ciudad, pero pensó que le gustaría un sitio más tranquilo como aquel, donde poder salir de noche sin preocuparse por la delincuencia, donde criar a sus hijos. Se echó a reír mientras lo pensaba, ¡hijos!, movió la cabeza y nadó hacia la orilla al encuentro de Ana. Eso estaba muy lejos en el futuro...

Durante la comida guardó silencio y sorprendió las miradas de su madre en un par de ocasiones. Había desaparecido la euforia de la noche anterior y empezaba a lamentar mucho el irse... Cuando acabó de comer, dijo que se iba a dar una vuelta con unos amigos y subió a cambiarse. Se probo varios conjuntos, sin convencerle ninguno. Se lo ponía, volteaba frente al espejo, fruncía el ceño y lo dejaba. Al final se decidió por ropa cómoda: unos pantalones cortos blancos y una camiseta entallada que le dejaba los hombros al descubierto. Se miró una última vez en el espejo, se sacó la lengua con una sonrisa, dio una ojeada al el reloj y bajó al encuentro de Daniel. Él estaba a unos metros del hotel, como si tuviera miedo de que le vieran allí esperándola. Sonrió al verla y le dio dos besos en las mejillas, impidiendo el primer movimiento de ella hacia su boca y creando un pequeño momento incómodo.

—¿Has dormido bien? —le preguntó él.

—Fabulosamente —le contestó, y añadió —y cuando me levanté esta mañana me fui a la playa con Ana.

Daniel hizo una broma sobre Ana y se marcharon paseando calle abajo, en dirección al mar.

—¿Que te apetece hacer? —dijo Daniel.

—Enséñame el pueblo —le dijo Cristina colgándose de su brazo.

Pasearon sin prisas uno al lado del otro, Daniel sonreía y Cristina se dio cuenta que él se sentía a gusto con ella, relajado. Daniel la llevó a dar una vuelta por el pueblo explicándole pequeñas curiosidades, pero ante una bella fuente y después frente a un gran caserío, le confesó no conocer detalles.

—Yo vine a vivir aquí no hace mucho. Esto seguro que Arturo lo sabría.

Le habló de su mudanza desde Barcelona a la isla, de los problemas al principio para adaptarse y de como el ser radioaficionado le había ayudado a encontrar nuevos amigos, y eso a su vez había servido para integrarse en la comunidad y conseguir un trabajo. Le explicó mil cosas, algunas de las cuales Cristina ni las oyó, mirándole o haciendo ver que no se le iban los ojos hacia su cara. Le gustaba aquel muchacho de mirada sincera y sonrisa franca que caminaba a su lado. Daniel le habló de Arturo, el mejor amigo que tenía en la isla y del resto del grupo de amigos que quedaban habitualmente. En un momento determinado Cristina le contó lo que Ana le había explicado en la playa, temiendo que Daniel se enfadara, pero este se echó a reír:

—Hay que fastidiarse, si que se van a reír de mi una temporada... —la miró a ella a los ojos —pero en algo si que tienen razón, y es que anoche me tenías encandilado...

Cristina notó calor subiendo por sus mejillas. De repente se sintió muy pequeña.

—Yo me lo pasé muy bien —dijo en un susurro.

—Y yo también —asintió Daniel.

Continuaron un poco más en silencio hasta que Daniel se detuvo frente a una vivienda.

—Esta es mi casa, ¿quieres que te enseñe lo que te he explicado de la radio?

—Claro que sí —contestó ella.

Entraron en la casa por el patio, donde Cristina vio unos rosales inmensos cubiertos de flores. Daniel le explicó que los cuidaba su padre, a quien le encantaban aquellas plantas. Abrió una construcción pequeña adosada a la casa y la hizo entrar. Cristina se encontró frente a una pequeña habitación de cuatro por cuatro metros que tenía una enorme mesa a lo largo, y sobre ella equipos de radio, cables, y un desorden completo de todo tipo de cosas, que no pareció preocupar en lo más mínimo a Daniel. En las paredes había mapas del mundo y de España, con chinchetas de colores marcando ciudades, y a los lados tarjetas rectangulares con combinaciones de letras y números y fotos de brillantes colores. Daniel le explicó que cuando hablaba con otro país después se enviaban aquellas tarjetas para confirmar el contacto por radio, y que después esas tarjetas se usaban para conseguir diplomas y ganar concursos.

—Mira, siéntate aquí, te voy a enseñar como va esto.

Puso los equipos en marcha y ella vio como los diales cobraban vida, iluminándose las radios y pronto empezó a oír chasquidos y ruidos que salían de los altavoces. Daniel giró un control en un equipo y empezó a salir música de un altavoz, música acompañada de pequeños ruidos y silbidos.

—Esto son transmisiones de otros países, que se emiten por la onda corta para ser escuchadas en otras partes del mundo —le explicó Daniel —Se emite en distintas lenguas para la población emigrante y por temas de política y promoción de turismo. Hubo un tiempo en que era posible incluso hacer un curso de Ruso de forma gratuita, usando las transmisiones de La Voz de Rusia, Radio Moscú.

Después dejó aquel equipo con el volumen bajito, dejando una música suave de fondo y subió el volumen de otro, cogiendo un micrófono.

—Con este equipo hablamos aquí en la isla. Para hablar se pulsa este botón en el lateral y se suelta para escuchar —y pulsando el botón dijo acercándose el micrófono a la boca —Hola a todos, Daniel a la escucha por si precisáis algo.

Soltó el micrófono y empezaba a girarse hacia ella cuando una voz surgió del altavoz.

—Daniel, soy Pedro, anda ladrón que ya me ha contado Ana que ligaste...

Daniel enrojeció y Cristina pensó en lo pequeño que era el mundo para que el tío de Ana fuera también radioaficionado, se empezó a reír y le hizo señas de que le dejara el micrófono.

—Apretando aquí, ¿verdad? — y cuando él asintió ella pulsó el botón y dijo en voz más alta —Hola Pedro, soy el ligue de Daniel, Cristina.

Soltó el micrófono y empezó a reírse, y Daniel la acompañó. Pedro no contestó, cortado ante la respuesta que no esperaba, pero al cabo de unos instantes reaccionó:

—Ah... si... hola Cristina, encantado de conocerte. Creo que eres amiga de Ana ¿no?

—Si Pedro, hemos estado juntas en la playa esta mañana, tienes una sobrina muy maja —le respondió ella cogiendo el micrófono de nuevo.

—OK... OK —respondió Pedro con evidentes ganas de cortar la conversación —pues nada Daniel, hablamos luego. Un saludo Cristina.

—Un saludo Pedro, cierro —contestó Daniel.

Apagó el equipo y se echó a reír de nuevo.

—Ahora si que van a chismorrear a mi costa Cristina, me parece que eres la primera que habla desde aquí.

—¿No traes a chicas aquí? —le preguntó ella.

—Soy un poco reservado —contestó él encogiéndose de hombros.

Al salir Daniel le abrió la puerta del patio y le dejó salir primero. Se detuvo, como si hubiera recordado algo y volvió un segundo sobre sus pasos saliendo con una rosa roja recién cortada. Se la entregó sonriendo. Ella se quedó sin palabras, con la rosa en las manos.

—Gracias —consiguió decir en voz baja. Era consciente de que enrojecía. Ella no era así normalmente, vergonzosa lo justito, entonces... ¿ que le estaba pasando ?

Al salir al exterior, Daniel le cogió de la mano. Cristina le correspondió con una sonrisa y le sujetó la mano con firmeza entrelazando los dedos. Bajaron poco a poco hacia la orilla donde él le señaló el faro.

—Queda un poco apartado, pero tiene una vista muy bonita.

—Vamos —contestó Cristina.

Pasearon sin prisas, hablando de todo un poco, cogidos de la mano. Daniel no se lo creía todavía, ¿que veía aquella chica en él? Se sentía flotar en una nube e intentaba no pensar en que mañana ella no estaría allí. No había tenido apenas tiempo de conocerla. ¿Podría besarla de nuevo? En realidad le había besado ella, ¿sería él capaz...?

Desde el faro, rodeados por las gaviotas que chillaban en el cielo sobre ellos, y con el olor del mar llenando sus fosas nasales, ella se sintió de nuevo eufórica. Sobre sus cabezas el faro, ahora apagado, enmarcaba un paisaje idílico donde podía dejar perder la mirada disfrutando de las vistas. Era un lugar perfecto para vivir. Notaba las manos de Daniel sobre sus hombros, él detrás de ella recibiendo el viento cargado del aroma de la sal de la mar con los ojos cerrados. Ella le explicó lo que le gustaba de la mar, como un día quería navegar en un velero, a la aventura, dejándose llevar por el viento. A él le gustó que ella soñara despierta, que tuviera sueños.

Al ponerse el sol las pocas nubes que quedaban desaparecieron, y se mostró ante ellos la noche estrellada. La ventaja de estar en una parte de la isla sin mucha zona urbanizada, y cara al mar, es que no había resplandor que molestara, y Cristina, sentada junto a Daniel en el faro, pudo ver como miles y miles de estrellas llenaban el cielo sobre ellos. Al poco la luna asomó sobre el horizonte, enorme y con una tonalidad anaranjada.

—Es luna llena, ¿verdad? Que grande... —le preguntó ella.

—Es un efecto óptico —le contó él —parece más grande cuando está cerca del horizonte.

Daniel le mostró la figura del “hombre de nieve”, una formación natural en la Luna que los astronautas de la NASA habían bautizado de ese modo durante sus entrenamientos. Le explicó curiosidades que conocía y ella fue preguntándole más y más cosas. Daniel le enseñó a encontrar la estrella polar, siguiendo líneas imaginarias desde la Osa Mayor y desde Casiopea.

—Coge las dos estrellas del extremo, ahora traza una línea imaginaria, así... sigue... y mira, casi encima, das con la Estrella Polar.

Y mientras se lo decía le cogía la mano, manteniéndola extendida ante ellos, señalando caminos en el cielo.

—Un día navegarás —le dijo —, levantarás la vista y sin mirar la brújula sabrás a donde te diriges. Como hacían en la antigüedad. Y ese día te acordarás de mi.

La luna estaba cerca del mar. Su reflejo ondulaba con el movimiento de las olas y el silencio fue cayendo sobre ellos. Ella no quería que aquel momento acabara nunca, pero miró el reloj y le dijo que se tenía que ir a cenar con sus padres, y Daniel le pidió verla después una vez más. Ella aceptó y quedaron para encontrarse donde la noche anterior.

Tras dejar a Cristina frente al hotel, Daniel volvió hacia su casa y se encontró con Ana, que venía en dirección contraria. Ana vestía una falda tejana corta y una camiseta blanca muy escotada, y sonrió al verle, deteniéndose para hablar con él.

—Hola Daniel, ¿Que tal con Cristina? —preguntó con expresión pícara. Como si se riera de un chiste privado. No le gustó a Daniel esa sonrisa que ella lucía en su cara.

—Muy bien Ana, y tú, ¿que tal?

Ana le sonrió nuevamente, pero ahora de forma más franca.

—Los interesantes están ocupados, pero el verano es largo —dijo coqueteando un poco con él —¿vas a ir esta noche al Pub?

—Si, he quedado con Cristina, ¿quieres venirte?

—Claro, nos vemos luego.

Se separaron y Daniel se giró para mirarla al cabo de unos pasos. Ella se giró, lo vio mirándola y sonrió, siguiendo el camino hacia el interior del pueblo. Daniel siguió andando, moviendo la cabeza y preguntándose porqué no entendía a las mujeres. Con Cristina se sentía muy cómodo y eso era una novedad muy interesante para él, ya que siempre había sido demasiado tímido con las chicas.

Pasó a recoger a Cristina aquella noche. Ella vestía unos pantalones negros y un top del mismo color bajo un jersey de rejilla, zapatos de tacón alto y se había recogido el pelo a un lado de la cabeza. El color anaranjado de su pelo destacaba sobre el negro de su ropa y Daniel se sorprendió mirando aquellos ojos verdes profundos y sonriendo para sus adentros. Estaba claro que se había arreglado más de lo normal. Se había arreglado para él.

—Hola Cristina, estás preciosa.

—Gracias Daniel.

Subieron andando hacia el Pub, donde estaban ya todos sus amigos reunidos. Daniel vio las miradas de envidia que lanzaban hacia Cristina, pero las ignoró, no sin disfrutar para sus adentros, saludándolos.

—¿Que quieres tomar, Cristina?

—Pídeme una Coca-Cola por favor, esta vez prometo no tirarla —bromeó.

Pidió en la barra y se abrió paso hacia la mesa donde ella se había sentado, llevando las bebidas en la mano. Dejó los vasos sobre la mesa y notó sus ojos sobre él. Cristina sonrió, medio sonrisa burlona, medio sonrisa cálida —una sonrisa solo para él, pensó... —y Daniel se sintió momentáneamente como si le faltara el aire.

—Si me miras así me das miedo —le dijo.

—Si supieras lo que estoy pensando... a lo mejor tendrías más miedo... —susurró Cristina.

Daniel levantó las cejas pero no respondió. En los altavoces del Pub sonaba a medio volumen una canción de La Unión y un grupo de jóvenes la tarareaba al fondo del local. Siguieron hablando y Daniel le explicó que trabajaba con ordenadores y que tal vez se dedicara a ellos más en serio, pero que le atraían los aviones. Ella pareció interesada en el tema y le fue preguntando. Durante un largo rato hablaron de los estudios de ella, que había escogido una carrera tradicionalmente para hombres como era la informática, y de los deseos de él, que se planteaba si seguir con los ordenadores o estudiar para piloto de aviación.

—Eso tiene que ser muy chulo —dijo ella —¿me llevarás algún día en avión?

—Ya me gustaría —rió él —pero para eso tendré que sacarme el título primero. Pero te prometo que te llevaré a volar.

Hablaron del futuro, Daniel le dijo que no quería perder el contacto con ella, y ella coincidió en que también quería saber de él tras estas vacaciones. En un momento dado a Cristina se le escapó:

—Me gustaría encontrar a alguien con quien esté bien, que me haga feliz, y establecerme en algún sitio como este —dijo, y después guardó silencio enrojeciendo un poco. ¿Había hablado más de la cuenta? A eso se le decía meter la pata a conciencia...

Él enmudeció ante esa frase, mitad sorprendido y alagado y estaba pensando una respuesta todavía cuando Alejandro se abrió paso entre las mesas y llegó a su lado.

—Cristina, ¿quieres bailar?

Ella dudó, mirando a Daniel, que se veía muy cortado ante la situación y pensó en darle un poco de tiempo para pensar, por lo que aceptó y se alejó hacia la pista de la mano de Alejandro. Daniel empezó a pensar que aquel mal nacido era capaz de levantarle la novia, o la mujer, a quien se propusiera. Y no quería que se la quitara a él. No esta. No ahora. Nunca más. La música cambió a una más movida y se confundieron entre la gente. Él se sentía muy violento, por un lado se sentía atraído por ella, y estaba seguro de que a Cristina le gustaba, y por otro lado no podía olvidar que ella marcharía al día siguiente.

Por un momento pensó que tal vez estaría mejor solo. Volver a sus equipos de radio, a la rutina del día a día. Pero lo cierto es que giraba la vista hacia la pista de baile y se lo comían los demonios por dentro. Porque en realidad no deseaba estar solo si no con ella. Cuando estaba decidido a interrumpirlos y separarlos vio a Cristina que volvía de nuevo a la mesa y Alejandro que se alejaba hacia la barra. Ella traía el ceño fruncido.

—¿Nos vamos a dar un paseo? —le preguntó ella muy seria.

—Si, claro, vámonos.

Se levantaron y Daniel la acompañó a la calle. Ella estaba seria y cruzó los brazos por delante de su cuerpo, un cambio radical en contraste con unos minutos antes. Era claramente una postura de rechazo, de aislarse, un aviso corporal de “no te acerques”. Tal vez era inconsciente, pero estaba claro que se encontraba molesta por algo. Él no pudo evitar repasar lo que habían hablado, ¿ había hecho algo mal ?. Anduvieron por la calle durante unos metros antes de que se detuviera de repente, como enfadada, girándose hacia él y diciéndole:

—¿Eres gay?

Daniel se atragantó de repente y empezó a toser.

—¡No!, cof... cof... cla...cof... ¡claro que no!

—La madre que lo parió —musitó ella mientras volvía a sonreír, al principio de forma tímida y después más abiertamente, como quitándose un peso de encima —¿sabes que el cabrón de tu amigo me ha dicho que no perdiera el tiempo contigo, que eras maricón?

Él sintió como la rabia crecía dentro de él. Alejandro se la había jugado delante de sus narices, aunque era conocido en el pueblo como ligón y sabían que no tenía manías a la hora de conseguir lo que quería, a Daniel le dolió profundamente lo que había hecho. Pensó que ya le ajustaría las cuentas. Ella le miraba y él creyó ver una disculpa en sus ojos. Darse cuenta de lo importante que era para él que ella se hubiera preocupado por eso, y pensar a continuación en que a ella le disgustaba, le hizo sentir en su interior una sensación nueva, cálida y reconfortante.

—¿Conoces algún otro sitio tranquilo? —preguntó ella.

—Si, hay un Pub con más turistas, más o menos tranquilo, a unos diez minutos.

—Pues vámonos allí, no quiero ver más a ese tipo.

Ella seguía enfadada, no le cabía duda, así que empezaron a andar juntos y cuando él rozó su mano ella se la cogió. Haciendo de tripas corazón él soltó su mano y sujetó a Cristina suavemente por la cintura, y ella apoyó la cabeza en su brazo.

—Lo siento —dijo Cristina.

—Soy yo quien lo siente. Alejandro es un mal bicho.

El Pub donde la llevó era tranquilo, allí no conocían a nadie y Daniel se fue soltando con ella. En un momento de la noche, cuando sonaba una música suave, ella lo arrastró a la pista mientras Daniel protestaba:

—¡Yo no se bailar! —pero ella leyó en sus ojos otra cosa. Leyó un “baila conmigo”, leyó un “no me dejes”, y después más cosas, como solo puede hacerse en ocasiones al mirar a los ojos de alguien.

Y allí en la pista, rodeados de gente bailando, se produjo para Daniel el milagro. Porque los ojos de Cristina, aquellos ojos verdes profundos, estaban pendientes de los suyos y la sonrisa picarona que salía de sus labios era para él. Solo para él. Cuando la música cambió a una balada lenta, ella se acercó y él la abrazó. Lo sintió como algo natural, como si se hubieran conocido desde siempre. No sentía vergüenza, ni inseguridad. No veía a la gente bailando, ni el humo del local, solo aquellos ojos que parecían brillar como si la risa relampagueara en su mirada, con el pelo de color fuego llameando, y su sonrisa. Y solo era para él.

Pasaron las horas y la luna los descubrió andando de nuevo al lado del faro. Les acompañaba una luna llena brillante que relumbraba en el cenit, las estrellas que cubrían la bóveda celeste sobre ellos y el mar a sus pies susurrando rítmicamente. Daniel se apoyó en la barandilla del camino y ella se refugió en sus brazos. La miró. Y supo, sin lugar a dudas, que era el momento.

Clinc....clinc...clanc...clinc...

El sonido los alcanzó como llevado por la brisa, apenas un par de segundos. Los dos levantaron la vista. Y él, sabiendo que no habría otro momento mejor que ese, la besó, con suavidad. Sin prisas. Rodeados por el rumor de las olas.

Fue ella quien buscó el segundo beso. Cristina se estremeció en sus brazos y enterró su cara en su pecho. Daniel se juró que recordaría ese momento toda su vida.

Intercambiaron números de teléfono y direcciones. Quedaron en hablar cada semana y en enviarse cartas. No hubo promesas de nada, pero ella sonreía al mirarle y él recordaba el sabor de sus labios, el calor de su mirada.

Cristina se marchó a la mañana siguiente.

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