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El escondite azul Parte I

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A la luz de una famélica vela, y envuelto en los quejidos y lamentos de mi ama de llaves que desde su habitación me llegan, vago en la noche por esta inmensa y triste casa vacía. En una enorme cárcel de terror y miseria habito, con la desesperación y el desasosiego anidando en mi ánimo un poco más cada día. En este penoso deambular nocturno, como cada noche llego a mi pequeño escondite azul, huyendo de los sueños y pesadillas que me seguirán hasta la sepultura sin tregua y sin piedad alguna. La lánguida luz de la escuálida vela, muestra poco de lo que otrora fue el esplendor de este pequeño gabinete de azules paredes, del que sólo quedan polvorientos cuadros de olvidadas caras, y viejos libros en la pequeña biblioteca confundida con la pared oscura. La chimenea, apagada para siempre en el rincón, ya sólo calienta mis recuerdos y aviva mis temores. El fuerte viento del norte sin permiso se cuela por las rendijas de la ventana, apaga mi vela y huye por la puerta abierta del pasillo. Ahora, sólo cuando las nubes lo permiten, la luz de la luna llena ilumina escasamente la pequeña estancia. Aterido de frío me acurruco en el raído sillón verde, acerco la mejilla al cristal de la ventana y miro al exterior de la casa. Temeroso, incrédulo y al borde del delirio, veo aterrado cómo un cuerpo inerte es arrastrado por los pies, sobre el fango, bajo la incesante lluvia, con la cabeza golpeando y rebotando contra las piedras del camino, y casi desmembrado es arrojado a un gran hoyo sobre otros cuerpos embarrados que aún con vida, se mueven lentamente intentando salir del terrible agujero. La muerte los cubre, palada tras palada, con la húmeda e infértil tierra. Terminada su labor, veo a la muerte alejarse de la atestada tumba para perderse en la oscuridad de la noche. Pero en su tenebroso caminar se para, se vuelve y me mira y yo, inconsciente, miro a la muerte a la cara desde la ventana de mi escondite azul. La muerte sonríe, me da la espalda y se va. Y la veo marchar, esperando angustiado su inminente retorno.

La lluvia cesa en el exterior. Las nubes parecen desvanecerse por un momento y la luz de la luna ilumina entonces mi cara. Su efímera caricia me despierta de la terrible pesadilla, apartando así por unos momentos de mi mente a la muerte. Es entonces cuando veo la etérea y blanca silueta de una joven que camina rauda frente a la casa. Ella es mi amada Isabella. Súbitamente mi amor se para bajo la higuera vieja del camino, y mira hacia la ventana donde me hallo, intuyendo mi presencia. Sorprendido y asustado, me oculto tras las ajadas cortinas con el corazón palpitante en mi mano. Respiro unos segundos. Tomo aliento. Extasiado aún, me asomo a la ventana con lento gesto, pero mi joven dama ya ha partido. La busco y no la encuentro. El camino está vacío. Por un efímero momento, borrosos recuerdos del pasado hacen revivir unos segundos este pobre cuerpo. Recuerdos de amores de juventud que en la espuma de las olas se quedaron. Desearía volver a aquel tiempo, esperarla en el camino, dejarle una carta de amor bajo una piedra junto a la higuera, donde por ella será recogida. Pero no será así, pues su promesa de amor que ayer fue, hoy ya no es para mí.

Amanece, y de nuevo una gran tormenta cae hoy sobre esta tierra muerta. Viento, lluvia y barro. Como todo este maldito invierno y los inviernos pasados. Cada noche que la muerte me mira, un cuervo grazna en una rama de la higuera del camino, augurando un terrible suceso. Eso es lo que hoy ha sucedido.

María, mi fiel María, mi ama de llaves ya se ha levantado. La oigo con sus cacharros en la vieja y destartalada cocina, recogiendo los destrozos que probablemente ayer produje en mi inconsciencia. Si no fuese por María, qué habría sido de mi, solitario y atrapado en estos muros repletos de nada. No recuerdo un día sin María. De la mano de su madre vino a servir a esta casa y ya nunca la abandonó. Era sólo una niña. Recuerdo los días en que la pequeña María se asomaba al pasillo, tal vez con el anhelo de unirse a nuestros infantiles juegos, pero si así era, no lo hacía. Esbozaba una leve sonrisa y volvía al comedor y ponía la mesa. Ella comería en la cocina, sola, como siempre. Los momentos de juventud, que en los pasillos cruzábamos efímeras y cómplices miradas. Los días en los que yo me acercaba a hurtadillas mientras ella hacía la comida, a robar algún manjar de la mesa. Ella gritaba, intentando recuperar lo perdido, y yo corría. María reía y me perseguía, pero se paraba antes de salir de la cocina, mientras yo tornaba al jardín con mi familia sonriendo, despreocupado a no hacer nada. Y mientras preparaba nuestros alimentos cada día, tal vez a su vez, alimentaba en su interior, esperanzas de amor de antemano perdidas. Ahora su pelo es largo y blanco y anidado en una trenza que le roza la cintura. Y sus ropas de penitencia perpetuamente negras y su hondo quejido que en la noche se oye como un lamento desde cualquier rincón de la casa. Su rostro, envejecido ya por los mismos años que envejecen mi rostro muestra dolor, cansancio y ternura. La casa no sería la misma sin su presencia. Moriría como yo lo hago sin mi amor. Tal vez, sólo viva mientras ella viva y mantenga con vida estas estancias muertas. Si muero, sé que ella no abandonará mi tumba. Se quedará sobre el frío mármol como un perro fiel que sirve a su amo callada. Defenderá la casa con su vida sin preguntar ni pedir nada a cambio. Si alguna vez confié en alguien ese alguien fue María.

Carezco de fuerzas para bajar hoy al solitario comedor. La noche fue larga. Le diré a María que suba el desayuno a mis aposentos y en la espera recordaré a mis añoradas hermanitas jugueteando a mi alrededor, saltando sobre las camas como en los días en que la luz y la alegría brillaban en esta casa. Y a mis padres, en ese cuadro enorme frente a mi cama. Mirándome con el mismo amor que yo les profesaba. Adoraban a sus hijas y sus muertes fueron el preludio de la muerte para ellos. Ya no queda amor en esta casa. Todos a los que he amado poco a poco han ido desapareciendo. Tiempos estos de amor, pasados ya, perdidos para siempre en la oscuridad del frágil recuerdo.

Las horas pasan y el desayuno que María me ha traído, continúa sobre la pequeña mesa de mi habitación, intacto y frió, junto a los restos de mi medicina, la que según el doctor y mi fiel María, hará que olvide mis tristes recuerdos y se diluyan las angustiosas visiones que me aquejan. Tiempo llevo tomándola ya, pero éstas no se alejan.
En los exiguos momentos de lucidez y ánimo que me regala el día, escribo cartas y recuerdos, pensamientos, anhelos y temores, e intento así no estar, no ser. Un poco de tinta será lo único que quede de mi efímero pasar.

Últimos comentarios

Mimanuscrito
Añadido por Mimanuscrito el 25-06-2015
Creo que le falta un poco más de contenido. Situarnos más detenidamente en el entorno y circunstancias en las que se desarrolla la acción. Conocer más a los personajes por los que pasas de puntillas. Pero tiene buena pinta. Sigue con ello.
martin
Autor: martin (Tarragona)
Publicados: 4 textos

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