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El escondite azul Parte II

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Nadie se acerca a esta casa hace tiempo ya. La que antaño fuera lugar de reunión, alegría y fiestas es ahora evitada por todo viajero, lugareño o antiguo amigo. Ya sólo Eleonora transita el camino con este final. Suyo es el único aliento que reconforta mi alma. Sus visitas siempre me llenan de ilusión, y la decepción ocupó mi corazón al no verla aparecer. La prevista comida con Eleonora hoy, ya no se celebrará. En vano fue la espera. Desde niño siento compartir con ella un fuerte vínculo de unión, una misma energía fluyendo entre ambos sin explicación alguna. He llegado incluso a intuir sus llantos en la distancia de la negra noche o a alegrarme sin motivo y al poco tiempo aparecer ella con buenas nuevas. Somos el mismo ser en distintos cuerpos y me invade un apesadumbrado y desconcertante sentimiento al ver que hoy no ha acudido a nuestra cita. Siempre lo ha hecho sin demorar un segundo el encuentro. Incluso una habitación, está dispuesta para ella en esta casa. Su presencia y conversación devuelven siempre a mi ser un poco de la vida perdida, recordando aquellas carreras por los pasillos cuando éramos niños, persiguiéndonos y escondiéndonos en las solitarias estancias. Mi madre, nuestra madre común, de Eleonora y mía, el secreto de hermandad que nunca nos contó y que ambos desde muy pequeños intuimos. Secreto que hoy yace olvidado junto a nuestra madre olvidada también, cerca de mis otras pequeñas hermanas, secas y frías. Pero ahora una punzada golpea mi pecho. Siento que algo se ha roto definitivamente en mi interior. Eleonora ya no está al otro lado del hilo invisible que nos unía. Algo terrible ha ocurrido y en mi mente sólo su nombre ahora, Eleonora.

Levanto la vista hacia el exagonal reloj de pared que da sus horas. Todas ellas iguales. Marcando el ritmo de mi monótona vida mientras sigo esperando con impaciencia y temor noticias de Eleonora. Pero ya no puedo aguantar más en esta cama fría. Bajo con mi caminar pausado al gabinete azul, y miro por la ventana buscando a Eleonora en el camino. Pregunto a los viandantes y vecinos con el deseo de que alguna respuesta de luz a tanta oscuridad. Pero algo ocurre en el exterior de la casa. El murmullo de gentes y el chirriar acompasado de las ruedas de un carro atraen mi atención. Me asomo a la pequeña ventana y curioso acerco la cara al cristal helado. Un cortejo fúnebre pasa lentamente ante la casa, como tantas veces lo ha hecho ya. Caballos negros tiran de un viejo carro guiados por la mano de la muerte, y un frió ataúd sin flores va camino del cementerio seguido de un lánguido cortejo de pena y llanto. Tras ellos, una efímera sombra del pasado sigue a la comitiva bajo un negro velo con el plateado colgante que le regalé de niños en el pecho. Un viento frío del norte atraviesa mi alma pronunciando su nombre, Eleonora. Pasa ella ante la ventana tras las que me escondo y me mira con la mano acariciando el colgante. Su mirada fue un parpadeo fugaz en mis ojos. La muerta avanza con la muerte arrastrando el carro. El cortejo se aleja, triste y lento por el camino y Eleonora se va con ellos en su ataúd desnudo.

La casa es negra ahora tras la muerte de Eleonora y la nada lo invade todo. María retira los dos cubiertos intactos de la enorme mesa del comedor vacío. Tenía hambre de vida con ella y en su ausencia la muerte vuelve a ser mi único plato. Al atardecer las campanas de la iglesia repican. Las gentes del pueblo acuden al rezo. Como si eso evitase el terrible desenlace que se avecina.

Las horas pasan en el crepúsculo sombrío y tedioso, sentado junto a la ventana del gabinete azul, y en el silencio plano oigo un ruido, una llamada, un lamento en la distancia. Un espectro regresa de la muerte y cruza ante mi hacia el pasillo. Al pie de las escaleras junto a la cocina espera. Su visión me atemoriza. Siento que viene a por mi desde la tumba y me oculto cobarde tras la puerta gruesa del gabinete azul, sin dejar de mirar su aterradora figura. La inconfundible silueta sabe que la observo, extiende su brazo y me invita a acercarme. Y hacia ella voy tan deprisa como mi dejado cuerpo y mi cobardía lo permiten. Mis pasos se hacen cada vez más lentos al verla inmóvil mirando hacia la cocina de la casa, con el vestido negro, el mismo que llevaba en su entierro. Eleonora ha vuelto de su tumba y se dispone a mostrarme algo. Se adentra en la cocina y se para ante la alacena grande, donde María guarda los alimentos para muchos días. La puerta está entreabierta y sólo tengo que empujarla suavemente para... morir de horror. El olor a muerte sale en tromba del interior de la cámara para invadirlo todo. Al entrar la luz, asoman telas y manos, zapatos y huesos. Tres pequeños cuerpos cuelgan del techo. Atravesados por grandes ganchos de los que deberían pender alimentos. Pequeños vestidos raídos por el tiempo cubren diminutos y blanquecinos cadáveres. Mis tres hermanas muertas hace tiempo, pendiendo en la alacena de la cocina de mi propia casa. Me arrodillo a los pies de Eleonora muerta y miro su rostro impávido y blanquecino. Ella sigue ahí, buscando el colgante de su cuello que ya no ocupa su lugar. La humedad cubre las lágrimas de mi rostro. De oírse, el rompedor llanto de mi pecho abriría la tierra de lado a lado. Araño la piedra del suelo con los dientes y mis dedos pierden las uñas arrancando el suelo. Extiendo los brazos al cielo y mis manos ensangrentadas tocan sus pequeños pies colgantes. Nunca me dieron explicación veraz de cual había sido la causa de sus tristes, lentas, extrañas y agónicas muertes, y ahora la duda para mí es aún mayor viendo sus cuerpos colgados lejos de sus pequeñas sepulturas vacías en el cementerio. De pronto la puerta que comunica la cocina y el jardín se abre, y los espectros de mis pequeñas hermanitas entran y se muestran ante mí con sus vestidos nuevos y dorados lazos recogiendo sus largas y limpias melenas. Cogidas de la mano toman a su vez la mano de Eleonora, y la mortuoria comitiva comienza a andar lentamente hacia el pasillo. Se van, dejando atrás sus cuerpos colgados. Me levanto y las sigo goteando sangre y frío y al salir de la cocina golpeo un cacharro, y su sonido metálico me recuerda a María, y un sin fin de ideas y sospechas comienzan a surgir en mi mente. La oscuridad empieza a invadirlo todo y tomo de la pared un candil para seguir a las muertas. Las niñas se sueltan de la mano de Eleonora y corren al gabinete azul. Cuando llego, ellas saltan sobre los sillones verdes y juegan como cuando estaban vivas. Pero pronto Eleonora las atrae y todas vuelven a cogerse de las manos. Eleonora espera a mi entrada en la estancia, y es entonces cuando empuja levemente la vieja biblioteca empotrada en la pared azul. Esta se desliza suavemente ante mi asombro e incredulidad. Por unos segundos espero con ansiedad descubrir el misterio que se oculta tras la biblioteca, y que no encuentro en mi memoria. Nunca nadie me habló de aquél escondite en la pared azul, que hubiera sido en mi infancia lugar de juegos y diversión, y que ahora me depara incertidumbre y miedo. Me aproximo al hueco de la pared con el candil tembloroso en mi mano. Eleonora y las niñas se asoman conmigo al interior. Un nuevo horror se muestra ante mí con la mayor crueldad que se pueda imaginar. Los cuerpos de mis amados padres atados con cadenas a la pared, unidos a ella por gruesos grilletes negros que aprisionan sus cuellos, brazos y piernas. Emparedados en vida, convertidos en cadavéricas momias con su lengua seca fuera. Olvidados para siempre tras la pared azul.

Ya no puedo llorar más o sufrir más, temer más o tan siquiera pensar. El demonio habita en esta casa y la ha convertido en su infierno particular.

Eleonora y las niñas salen del gabinete y ya por inercia las sigo. Subimos las viejas escaleras de madera, quebradizas y ruidosas, que sólo crujen a mi paso. Recorremos el largo pasillo repleto de habitaciones vacías y al pasar ante la estancia reservada a Eleonora, ésta y las niñas se paran y la puerta de la se abre. Me adentro en la pequeña habitación y sobre la cama una nueva y terrible sorpresa me espera. El cadáver de Eleonora. Blanco, con el cuello cortado y el cuerpo empapado en sangre. Con una mano donde debería estar el colgante que le regalé y que siempre consigo llevaba. Y un cuchillo de la cocina sustraído, con la sangre de mi hermanastra en el filo, en el suelo espera ser devuelto a su original sitio. Salgo desolado, pero una última visita aguarda mi llegada. La habitación de María está ahí. Enfrente. Eleonora mira a las niñas y la más pequeña de mis hermanas empuja la puerta de la habitación y señala con su dedo muerto el interior del cuarto. Entonces sus figuras se desvanecen por los pasillos de la casa y un cuervo grazna en la higuera del camino. Parece que su trabajo ya está hecho, Me han mostrado lo que no sabía, lo que no veía. Tal vez la habitación de María oculte algo de verdad y sea una luz en todo este misterio. Entro y el desorden lo invade todo. La estancia se halla repleta de cartas viejas, papeles revueltos y arrugados, sobres abiertos, antiguos libros de conjuros, medicina y farmacia. Todo por la cama y el suelo tirado. Frascos con restos de extrañas sustancias y mi medicina derramada. Retratos de mis padres cortados, destrozados. Me arrodillo ante la cama y no lo creo. Es ahora que tal vez la perversidad de mis sueños, las alucinaciones que he tenido y las voces que me han atormentado hayan sido inducidas, o envenenado estoy siendo tal vez por la cruel María. Pero María. ¿Por qué María? Siempre fiel a esta casa, a mi familia y a mi persona. Tal vez envidia por su clase, venganza por el trato recibido, locura, o amor desesperado. Pero estas cartas que remuevo y veo... Todas mis cartas aquí están, en la habitación de María. Repletas de palabras tachadas, reescritas, cubiertas de insultos y amenazas. Mis cartas para Eleonora e Isabella nunca fueron entregadas por María. Todas ellas profanadas con la tinta del maligno. Una frase se sobrepone sobre el negro texto de mi última carta a Isabella. “Hoy le amarás eternamente”. Y un rastro de tinta roja sobre el suelo como la sangre, de la habitación se aleja. Y al levantarme me apoyo en la dura cama de la criada y un colgante oculto entre las hojas desperdigadas se agarra a mis dedos para mostrarse ante mi como un trofeo. El de un cazador. El recuerdo de una presa abatida. Aún éramos niños cuando abracé este colgante al cuello de Eleonora y nunca desde entonces pudieron separarse. Ahora ha sido arrancado como su vida de la mía y yo sé por fin quien ha sido.

Todos mis seres queridos muertos, lamento y lloro. Todos menos mi amor. Todos excepto Isabella. Y es entonces que una inquietud nace en mi. Un miedo fulminante me posee. Un estallido de dolor y temor despierta mis sentidos. Siento que mi amada Isabella está en peligro. La mano de María es la muerte que ya no está en la casa, y con seguridad ha partido a ejecutar su locura, a terminar su deplorable trabajo. Tal vez haya cumplido ya su infame propósito. Una incontrolable furia estalla en mi interior y desesperado rompo, tiro y arranco, y en esta locura de destrucción una llama encendida cae sobre la cama de María. Los papeles y las cortinas arden y pronto arderá con ellas toda la casa. Huyo del fuego del infierno avivado por el incesante viento del norte, e inicio un viaje desesperado por salvar de un terrible final lo único que me queda en este mundo de vivos. Mi amada Isabella.
martin
Autor: martin (Tarragona)
Publicados: 4 textos

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