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Ciudad Vertical: Crónicas Del Mañana

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CAPÍTULO 1
PRIMERA CLASE


Los Rayos del sol comenzaron a tocar a los edificios y a los otros titanes de concreto que se erguían orgullosos en la metrópolis, un monstruo de concreto que aloja a 10 millones de personas, la ciudad, conocida como Nuevo Sur, era una urbe de metal, acero y neón cuyo nombre cambió 150 años atrás al fundarse la Unión Federal Latina, alianza de varios países Sudamericanos que vieron en la reorganización política, económica y militar su única opción para sobrevivir.

Todos los habitantes de la ciudad comenzaron a realizar sus rituales matutinos para ir a sus trabajos y los más jóvenes se vestían para volver a clases luego de las vacaciones.

Pero no todos los despertares eran iguales, Lázaro Ximénez lo supo en el instante que percibió la colonia importada de su padre cuando este entró a la habitación a arrebatarle la cobija de la cama.

- Te quiero listo en diez minutos – Ordenó el hombre con expresión seria, más propia de un hombre de negocios que de un padre.

De mala gana, el joven se levantó sin dirigirle muchas palabras a su padre más allá del obligatorio saludo matutino, se preparó vistiéndose con el uniforme del colegio y colocándose al final su chaqueta favorita, la única muestra de rebeldía que se le estaba permitida en la vestimenta oficial.

Salió de su hogar, una casa de dos pisos comprada por un hombre que podría pagar una mansión si así lo quisiera, pero que decidió no formar una familia encerrada en la burbuja del poder alejada de la realidad cotidiana. El padre del muchacho observó lo que el poder y el dinero le hacen a las personas, no quería lo mismo para su hijo.

Con prisa se dirigió a la estación del metro, el mismo ritual que hacia la mayoría de los ciudadanos que peleaban con uñas y dientes por un espacio en el vagón como si fuera el último, al llegar a su destino se dirigió a la Institución Educativa Abraham Medina, dos edificio de cuatro pisos cada uno que funcionaba como escuela secundaria, centro de saber para algunos, depósito de adolescentes para otros.

Al llegar realizó junto con los demás estudiantes y maestros el acto cívico donde se izaba la bandera y se escuchaba el himno en perfecta formación, era el primer acto de aquel nuevo año escolar, la mayoría aun recordaban sus vacaciones, las salidas, las fiestas, al ver el rostro de los maestros sabían que todo aquello había terminado.

Al concluir el acto cívico, alumnos y maestros van a sus salones en orden, los jóvenes se sentaron cada uno en sus puestos para plantearse los días que estaban por venir, quedando como único acto protocolar el dar la bienvenida a los alumnos nuevos al año escolar que iniciaba.

—¡Esto es un fastidio. Odio el primer día! —dijo un joven a su compañero—. ¡Es la misma cosa todos los malditos años! «¿Cómo te llamas?, ¿qué haces?, ¿dónde vives?». Bla, bla, bla… ni que esto fuera un club social.
—Has estado en este colegio por tres años, ya deberías estar acostumbrado —Expresó otro muchacho— Todo es por curiosidad Lázaro, las personas se sienten más cómodas si saben con quiénes estudian, de hecho tu y yo nos conocimos en las mismas circunstancias que hoy críticas.
—Las cosas eran diferentes en aquel entonces, ahora prefiero mantenerme anónimo, un tanto bajo de perfil, Por cierto, ¿te conté de la última carrera que tuve?
—Sí lo hiciste, pero imagino que me lo contarás otra vez.

Lázaro le cuenta a su compañero cómo, a mitad de la noche, por un lugar cerca de una estación del subterráneo, logró vencer en una carrera de «piques» a siete motociclistas. Relataba con elocuencia y entusiasmo cada detalle de cómo llegó, colocó los Créditos Federales para competir, probó su máquina antes de la carrera, discutió con los otros pilotos, corrió como un demonio y, finalmente, ganó el equivalente a dos sueldos mínimos, para luego irse antes de que llegara la policía.

—¿Ese es tu tan anhelado bajo perfil? —Preguntó el compañero, con ironía—. Solo por casualidad, ¿llegaste a ver a tu novia?
—¡Que no es mi novia! —Replicó Lázaro—. No la he visto en mucho tiempo y así está bien. No me interesa con quien ella pierde su tiempo.

En aquel momento, su vista se dirigió al frente de la fila donde estaba sentado. Pudo contemplar a una joven compañera que hablaba con otras chicas. Por la forma en que se expresaba, parecía que se estaba presentado. Tenía cabello corto y rubio, una voz suave y melodiosa, y manos delicadas.

Lázaro la examinó. No parecía ser mala persona, pero sentía curiosidad. Además, debía estar pendiente, pues podía ser perfectamente una miembro de una pandilla, lo que tarde o temprano lo podía meter en problemas —después de todo él siempre los tenía—.

Le preguntó a su compañero quién era ella, de dónde venía, que no la recordaba de los alrededores de su casa, ni de de años anteriores.

—¿Qué cosas, no? —dijo el compañero de Lázaro—. Parece que tienes curiosidad acerca de alguien que estudia contigo, después de todo.

Se volteó entonces para ver a la chica. Ante sus ojos resultó ser muy hermosa, tierna a primera vista, una de esas personas que con su sola presencia hacía que los sufrimientos y malos recuerdos desaparecieran. Sin embargo, creía que nadie debía de saber que le gustaba. Pensaba que mostrar los sentimientos era un arma de doble filo: si bien le podría traer beneficios, también podría destrozarlo. Decidió entonces no mostrar su agrado; su mirada seguía calmada y analítica como siempre.

—No sé quién es —dijo finalmente el estudiante de la voz y expresión secas—. Irónicamente eso por lo que te quejabas permitirá saberlo.
—¿Cómo lo haces, Christian? —preguntó Lázaro.
—¿Cómo hago qué?
—Tener siempre la razón.
—¡Ja! La razón siempre estuvo allí. Que no te dieras cuenta es otra cosa —afirmó Christian, quien le sonríe a su amigo.

Un maestro pasó por la puerta del salón y las múltiples voces de los alumnos fueron calladas por su presencia mientras llegaba hasta su escritorio. Se presentó como el profesor Rangel, encargado de dar matemáticas y de ser el profesor-guía asignado al curso.

—Como saben —dijo el profesor—, es bueno saber quiénes somos. Estoy seguro de que muchos tienen el potencial para pasar bien este año, aunque algunos se empeñan en malgastar ese potencial en cosas superfluas —y terminó su presentación dirigiendo una mirada a Lázaro, quien no hacía más que sonreír en forma burlona.

Rangel les ordenó a cada uno levantarse y presentarse a los demás comenzando con la fila de la izquierda. Así, con el pasar de los minutos, llegó el turno de la fila donde Christian y Lázaro estaban sentados. Los chicos levantaron la mirada al mismo tiempo que la nueva alumna se ponía de pie. La miraron con detalle —era obvio que unos estaban ya fantaseando con tener a esa belleza rubia a su lado—. Christian, sin embargo, no demostraba entusiasmo alguno, mas en su interior sentía expectativa.

—Hola a todos. Mi nombre es Circe Durán —fueron sus primeras palabras, y el saber cómo se llamaba representaba una alegría momentánea para Christian.

La chica mencionó que venía de otra escuela y que le gustaba conocer gente, que tocaba el violín en una sinfónica y que se sentía gusto con la música instrumental, contemporánea y clásica. «¡Maldita sea!», pensó Christian, por darse cuenta que, en ese aspecto, eran algo diferentes. Cuando la chica se sentó, uno de los muchachos estaba sonriente.

—¿Viste? —Preguntó Lázaro a Christian—. Tony parece muy complacido.

Christian observó a Tony y su mirada de aceptación hacia Circe. Al final, llegaba el turno de Lázaro para presentarse. Debía ser cuidadoso, por su mente pasaban muchas cosas sobre las carreras clandestinas, pero al final reveló lo básico.

—Me llamo Lázaro Ximénez, tengo 17 años y… me gusta el deporte.

Al sentarse, Christian comenzó a hacer comentarios irónicos sobre su presentación.

—Claro, porque la tuya fue muy conmovedora —respondió Lázaro—. «Hola, me llamo Christian Siller. Me gustan las computadoras, la tecnología y las matemáticas». Fue tan dinámica como una carrera de caracoles.

Mientras discutían, ignoraban por completo que Circe los observaba (a uno más que al otro).

Rato después, sonó la campana para el primer recreo y las cantinas del colegio se llenaron de estudiantes. Entre tanto, Christian decía a Lázaro que Tony, delegado de año pasado, vería una oportunidad para estar con Circe como el galán que él mismo se considera.

No era para menos. Muchas querían estar con él desde la primaria. Poseía un «don» que le hacía caer bien a todo el mundo desde la primera impresión. Lo más importante es que lograba ser educado sin ser afeminado, ser romántico sin ser cursi, cosa que las muchachas apreciaban. Christian sintió que era compatible con Circe, ya que además de todo lo anterior los dos gustaban de las bellas artes. Ese era Tony, es decir, todo lo que Christian nunca fue.

Tony no esperó mucho para presentarse a la nueva alumna. En el momento de verla sola, se le presentó.

—Hola. Es muy placentero tenerte con nosotros. Me llamo Tony Meredos —y mientras hablaba se acariciaba el cabello, pues sabía que a algunas chicas le gustaba ver hacerlo. Al momento de responder su saludo, el joven hizo un comentario sobre la música de Bach y Mozart, de que eran sus músicos clásicos favoritos.

Circe, quien había tenido malas experiencias con chicos que solo decían eso para acercársele, le hizo algunas preguntas capciosas, para ver si era honesto. Tony, no obstante, contestó todas sus interrogantes correctamente.

Para ella, su honestidad con respecto a la música era importante, pues sentía que era una forma de comunicarse con el alma, algo que hacía con su violín con mucho éxito gracias a la práctica, lo había tocado casi toda la vida convirtiendo al instrumento en su forma particular de dar paz o satisfacción a ella y a sus semejantes.

—Trato de tocar lo mejor que puedo —dijo Circe—, solo que a veces me entristece que no haya mucho público en los conciertos en Bellas Artes.
—Si te sirve de algo —intervino Tony—, yo puedo ser tu público, bueno, hasta que consigas más gente —mientras le sonreía.

Para ella, se trató de un gesto tierno de parte de Tony, por lo que también le sonrió.

Las acciones de Tony eran escrutadas desde lejos por Christian, que estaba sentado hablando con Lázaro. Mientras escuchaba a su amigo, no podía dejar de pensar en las grandes diferencias entre Tony y él.

Desde antes, Christian había tratado de ser aceptado por las chicas, pero su personalidad hermética lo hacía más difícil. Muchas cosas de su pasado lo convertían en alguien solitario, en alguien que no sabe —y teme— expresar sus sentimientos hacia los demás.

—Tengo que ser mejor —se dijo Christian al ver a Tony con Circe—. Mis maneras no me llevan a ningún lado. Debo ser amable y tener más tacto, ¿¡Pero por qué es tan difícil!?
—¿Me estas escuchando? —preguntó Lázaro, extrañado—. Creo que estás concentrado en otra cosa.
—Te escuché. Me contabas lo de la Liga del Asfalto y todo eso —dijo Christian—. Pero ten cuidado, que alguien se puede enterar.

La Liga del Asfalto era una organización ilegal dedicada a incentivar las carreras callejeras de motos y automóviles por todo Nuevo Sur. Mucho eran los Créditos Federales que se movía en esas carreras. Era posible ganar, en solo quince minutos, lo equivalente a dos o tres sueldos mínimos, si se contaba con suerte o el piloto era particularmente bueno. Nadie sabía quiénes dirigían la Liga, pues los dueños se mantenían escondidos en la Red. Los montos obtenidos por la Liga tenían un destino oscuro, y algunos aseguraban que iban a parar al narcotráfico o a alguna pandilla del este de la ciudad (donde habitaba la clase media alta). Puros rumores, nada seguro.

—Igual debes tener cuidado —advirtió Christian—. Si te agarra la policía, ni el apellido te salva.
—El apellido se puede ir a la **censurado** —profirió Lázaro—. La velocidad, el dinero, el triunfo, el saber que eres el más rápido de la noche, eso sí que vale el riesgo.
—Bueno, una pequeña dosis de realidad no hace mal a nadie.

A pesar de que Lázaro le explicaba que su comportamiento nada tenía que ver con la vanidad, Christian sabía que era todo lo contrario. Cuando de carreras se trataba, Lázaro creía ser uno de los mejores, y no era para menos: ya había participado en varias carreras con personas de mucha más experiencia, y les había ganado. El obtener el respeto era muy importante para él, pero ese deseo tenía su lado negativo: ganar Créditos Federales y derrotar oponentes muy seguido hacía que cualquiera se ganara enemigos, especialmente rivales pertenecientes a bandas que no gustan ver a sus pilotos perder, por tal motivo quería saber quién era Circe Durán, para cerciorase que de no pertenecerá a una banda molesta por sus continuas victorias.

—Me imagino que en tu casa no saben nada —dijo Christian.
—No, no saben —respondió Lázaro—. Les miento diciendo que voy a pasar la noche en casa de un amigo. Aparte de ti, nadie más tiene la menor idea de lo que hago.

Circe camina cerca de ellos, se detiene un momento cerca de los muchachos y parece renuente a hablar. Christian tiene ganas de decirle algo, pero por alguna razón no puede.

—¿Vas a decir algo o te quedarás allí como estatua? —preguntó Lázaro, en un tono cómico.
—Quería hacerte una pregunta —dijo la nueva estudiante.
—Está bien —accedió Lázaro.
—Bueno, tu apellido es Ximénez. ¿Eres acaso hijo de Juan Ximénez?

Lázaro cambio de expresión, para algunos el apellido puede ser más una responsabilidad que una ventaja, una de la cual, aquel adolecente deseaba evitar.
neromerob
Autor: neromerob (Santiago )
Publicados: 1 textos

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