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Karim y Jordi

Karim y Jordi ( 11-07-2016 )

Género: Novela policiaca. Aventuras. Juvenil.
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Karim y Jordi













Guillermo Jiménez Pavón


Prólogo.

Karim y Jordi eran dos amigos de doce años que además de estudiar en el mismo colegio, tenían en común sus aficiones. Les gustaba salir al campo con la bicicleta, buscar nidos de pájaros, coger pequeños reptiles... Pero, lo que realmente les gustaba e ilusionaba, era investigar. Cuando estaban metidos en alguna de sus frecuentes investigaciones, hablaban entre ellos que de mayores se dedicarían a la investigación.
Karim tenía el pelo negro rizado y era muy delgado; hijo de emigrantes marroquíes, nacido en Barcelona. Jordi era delgado como su amigo, pero con el pelo rubio. De padres andaluces y también nacido en Barcelona. Los dos vivían en un pueblo del Maresme catalán (Vilassar de Dalt), cercano a la costa, al que bordeaba por la parte alta del pueblo un hermoso bosque, con bonitos arroyos y variedad de pequeños animales. Para los dos amigos, aquel bosque era su paraíso terrenal y, siempre que salían de paseo, se iban a recorrer la bonita zona con sus bicicletas.
Con frecuencia visitaban al señor Merino, que era un viejo muy simpático, que vivía en una solitaria casa que había en medio del bosque. Tenía un par de perros (raza pastor alemán), que ya conocían a los dos chavales y apenas le ladraban, cuando se acercaban a la casa.


Capítulo 1.- La llegada de Conquistador.

— ¡Buenos días señor Merino! —dijeron los dos chavales a la vez, parando las bicis y poniendo uno de los pies en el suelo, pero sin soltar las bicicletas.
— ¡Hola, muchachos! ¿Dando una vuelta con la bici? –le preguntó el señor Merino, que estaba en el porche de la casa, sentado en una cómoda mecedora, fumando con su vieja pipa.
— ¡Sí! Vamos al arroyo, que queremos coger renacuajos –le contestó Karim.
Cuando empezaban a pedalear para marcharse, les habló de nuevo el señor Merino.
— He traído un cachorro muy bonito, y como sé que os gustan los animales, si lo queréis ver os lo puedo enseñar. Lo tengo en el corral.
— ¡Un cachorro! —exclamó Karim.
— ¿De qué raza es? —le preguntó Jordi, que había empezado a pedalear y tuvo que frenar.
— De lobo; lo encontré el otro día en Manresa. Fui a visitar a mi hermano Miguel y, dando una vuelta por el bosque, lo vimos en la puerta de una lobera. Estaba el animalito hambriento y tiritando de frío. Alguien debió matar a su madre, porque no es normal que éstos animales abandonen a sus crías. Me dio mucha pena verlo en aquel estado y me lo he traído para criarlo, o llevarlo a la asociación de animales protegidos. Al principio, pensábamos que era un cachorro de perro, pero enseguida nos dimos cuentas que era un lobezno.
— ¿Lo podemos ver?
— ¡Claro! Para eso os lo he dicho, para que lo veáis.
Los dos amigos mostraban alegría en sus rostros, mientras se dirigían al corral para ver al cachorro.
— ¡Es muy pequeño, señor Merino! ¿Qué piensa usted hacer con él?
— No lo sé; la verdad es que no lo tengo muy claro. No sé si criarlo como si fuera un perro, o llevarlo a esa asociación de animales que hay en Mataró.
— ¡Si usted quiere, lo podemos criar nosotros! –dijo Jordi.
— ¿Cómo que lo podéis criar vosotros?
— Queremos decir que nosotros nos encargaríamos de traerle comida y sacarlo a pasear –dijo Karim que, igual que Jordi, era un gran amante de los animales.
— ¿Os gusta, verdad?
— Sí, mucho y, gracias a usted, señor Merino, no ha muerto –dijo Karim, pasando la mano por el lomo del cachorro.
— De acuerdo muchachos... Podéis venir cada día que queráis a jugar con él. Y lo de traerle comida lo hacéis cuando os vaya bien, pero que no hace falta que traigáis nada, que ya le daré yo de comer. Y no os tenéis que preocupar de nada, que ya me encargo yo de todo ese tema.
— Gracias, señor Merino.
— ¡Lo que tendréis que ponerle es un nombre!
— ¡Sí, es verdad! –exclamó Jordi.
Los dos amigos se quedaron unos segundos pensando el nombre que le pondrían al cachorro y, después de barajar varios, al final le pusieron Conquistador.
— ¿Por qué habéis elegido ese nombre? –les preguntó el señor Merino.
— Nos gusta esa palabra y su significado –dijo Karim-. No sé el porqué, pero siempre me ha gustado mucho ese nombre.
—A mí también me ha gustado mucho –dijo Jordi.
— Por lo que estoy viendo, ese hermoso cachorro ya ha conquistado a dos nobles corazones catalanes... ¡A mí también me gusta el nombre que le habéis puesto! –dijo el señor Merino, que disfrutaba mucho viendo a los dos chavales tan contentos y tan comprometidos con sus ideas, con lo jóvenes que eran.
Tanto Karim como Jordi, toda la comida que sobraba en sus casas se la llevaban (con la escusa de que era para los perros del señor Merino) al cachorro de lobo que estaban criando.
Habían pasado tres meses y Conquistador se había hecho un lobezno precioso; además, era muy juguetón y muy noble. Cuando iban a visitarlo, lo solían sacar por los alrededores del caserón y se les veía a los tres muy contentos. El señor Merino les decía que no se alejaran mucho de la casa, que por aquella zona había muchos cazadores y que era peligroso llevarlo suelto, porque lo podían matar. Consejo que los dos chavales cumplieron siempre, y jugaban con él en un arroyo cercano a la casa.
Jordi y Karim se lo pasaban muy bien jugando por aquel precioso trozo de bosque, tan verde y tan lleno de vida.
— Mira como le gusta el agua –le decía Karim a Jordi, que veían a Conquistador salpicando el agua de una poza del arroyo.
Los dos chavales, después de haber estado un buen rato jugando con Conquistador y quedar exhaustos, se tumbaron a la sombra de los verdes pinos, mientras el alegre lobezno les lamía la cara.
— ¡Qué bien me lo estoy pasando! –Dijo Jordi— Es precioso.
— Sí que lo es, ¡y qué ganas tiene de jugar! –Dijo Karim—. Está muy sano.
Los dos amigos estuvieron durante un buen rato tumbados sobre las verdes hierbas, mirando hacia arriba "soñando". Soñando, como sólo se hace cuando se tiene esa edad tan inocente y tan bonita. Conquistador se había tumbado entre los dos y, con la cabeza entre las manos, miraba a los chavales, que se habían quedado inmóviles.
— ¡Vamos a ver el nido! –Dijo Jordi—. ¡A ver si han nacido ya!
— ¡Vale!
Los dos amigos fueron adonde estaba el nido, que era de jilgueros y acababan de nacer cinco polluelos.
— ¡Han nacido los cinco! –Dijo Jordi— ¡Qué bocas más grandes abren!
— ¡Tienen hambre! ¡Mira la madre donde está! –Dijo Karim—. Ya sabéis lo que os toca, papás jilgueros, traer muchos insectos para vuestros hambrientos polluelos.
— Alejémonos un poco; verás que pronto le traen comida –dijo Jordi.
Los dos amigos se apartaron unos quince o veinte metros y, enseguida, vieron como los papás jilgueros les llevaban comida a sus hambrientos polluelos.
— Es fantástico como los cuidan.
— ¡Mira, Karim! ¡Ése es el padre! –Dijo Jordi—. Colaboran los dos en la crianza.
— ¡Sí! Vamos a quedarnos un poco más, verás el montón de comida que les suministran –dijo Karim.
— ¡Vale! –le respondió Jordi.
Los dos amigos se sentaron sobre unas piedras, y desde allí estuvieron viendo a los padres jilgueros cómo les llevaban comida a sus hijos. Mostraban una alegría inmensa en sus rostros y Conquistador, como queriendo participar también en todo aquello, observaba con atención el ir y venir de los papás jilgueros
Karim vio cómo una culebra se iba acercando al árbol que albergaba a los jilgueros.
— ¡Mira Jordi! Los jilgueros tienen visita.
Jordi miró hacia donde le señalaba su amigo y vio al inesperado visitante. Cuando la vio, se acercó a ella tranquilamente y la cogió con las manos.
— ¡Mira Karim! ¡Qué bonita es! –Dijo Jordi—. Debe tener hambre, pero se tendrá que buscar otra comida.
— Seguro que lleva varios días sin comer, ¡déjamela! –dijo Karim, alargando la mano.
— La dejaremos lejos de aquí; así, no se comerá a los polluelos –dijo Jordi—. Y si no, me la llevo a mi casa ¿Qué te parece Karim?
— ¿No dices que a tu hermana le dan miedo?
— ¡Sí! pero ésta es muy pequeña y no creo que le dé miedo.
Karim cogió la culebra y, mientras se iban alejando del nido, se divertía jugando con ella. Conquistador no le quitaba ojo al pequeño reptil, al cual ladraba, dando simpáticos saltos alrededor de Karim, intentando arrebatársela.


Capítulo 2.- El asesinato de Nicolás.

Un día del mes de julio quisieron alejarse un poco más de lo habitual. Querían visitar una cueva que les habían dicho era muy bonita y que no estaba muy lejos de allí. Ese día, y haciendo caso a los consejos del señor Merino, no se llevaron a Conquistador para evitar problemas con los cazadores.
Después de pedalear durante algo más de medía hora por aquel verde bosque, llegaron a la cueva llamada en pau (en paz, en castellano). Les habían dicho que era muy bonita y, en su afán por conocer lo máximo de ella, tenían en mente introducirse en la cueva para inspeccionarla.
Para poderlo hacer tranquilamente, lo primero que hicieron fue esconder las bicicletas entre unos matorrales. Luego, y con la ayuda de pequeñas linternas, se fueron introduciendo por la cueva. Cuando llevaban un rato andando por ella, vieron el resplandor de una luz. Con mucha precaución y alumbrando con las linternas hacia el suelo, se fueron acercando a la luz. Pensaban que sería algún vigilante comprobando alguna cosa y que, si los descubrían, lo más seguro sería que les echaran fuera de la cueva. Cuando se iban acercando comenzaron a oír la voz de un hombre.
— ¡Se oye hablar! Eso quiere decir que debe haber más de una persona –dijo Karim. Se miraron entre ellos y, al tener la cueva suficiente claridad, por el resplandor de la luz, apagaron sus linternas y, con mucho cuidado al pisar, se fueron acercando todo lo que pudieron.
— Acerquémonos un poco más, que escuchemos lo que están hablando –dijo Jordi, que era el más curioso de los dos. Se acercaron y vieron que las voces venían de un desnivel más bajo, que sería de unos ocho metros. Se pusieron casi encima de ellos (como si estuvieran en un balcón de un tercer piso y el que hablaba lo hiciera desde el suelo). Desde aquel sitio privilegiado pudieron contemplar que eran cuatro los hombres que había, y que uno de ellos estaba sentado sobre una piedra y sujetado por dos de ellos; el otro era el que hablaba.
— ¿Quién más lo sabe? –le preguntaba el hombre que estaba de pie (que tendría unos cincuenta años de edad) al que estaba sentado sobre una piedra y sujetado por los otros dos hombres.
— Sólo lo sé yo, señor Metodio, y nunca diré nada. Por favor..., le digo la verdad –decía un hombre de unos cuarenta años de edad, sangrando abundantemente y tremendamente debilitado por los golpes recibidos.
— No me estás diciendo la verdad, y eso me está poniendo de muy mal humor –decía el agresor, con un cuchillo de grandes dimensiones en la mano derecha.
El hombre que estaba recibiendo la brutal paliza, contemplaba con los ojos muy abiertos, el movimiento del cuchillo cerca de su cuerpo.
— Por favor, por favor, señor Metodio, que tengo hijos pequeños –decía el asustadizo hombre.
— Lo hubieras pensando antes –le dijo el malvado Metodio y le clavó el cuchillo en el corazón. En ese momento se asustaron los chavales y, al intentar salir de allí más deprisa de lo que el lugar permitía, tropezaron con una piedra que, aunque era pequeña, su rodamiento por la pendiente del suelo hizo el suficiente ruido para alertar a los de abajo. Uno de los que estaban sujetando al pobre infortunio, enfocó una potente linterna hacia la zona en la cual se había producido el ruido.
— ¿Ahí arriba hay alguien? –Dijo el señor Metodio—. Mirad y coged a quien haya hecho ese ruido... ¡No quiero testigos!
Los dos compinches soltaron al ya cadáver en el suelo, y con cuchillo de largas dimensiones en la mano y linterna, comenzaron a subir la pronunciada rampa. Karim y Jordi, al ver cómo les enfocaban con la linterna, salieron corriendo en busca de la salida de la cueva. Y sólo se pudieron fijar en que el hombre que apuñaló al que estaban sujetando, cojeaba bastante.
Al tener que ir subiendo la fuerte inclinación del terreno, hizo que a los ágiles chavales les diera tiempo de salir de la cueva y abandonar la zona con las bicicletas. Los dos cómplices de asesinato sólo pudieron comprobar que eran dos niños los que, pedaleando fuertemente, se alejaban de la cueva. No pudieron seguirles con el coche que tenían cerca de allí escondido, porque las llaves las tenía el jefe. Éstos bajaron corriendo en su busca, y le explicaron que eran dos niños los que habían estado viendo el asesinato.
— Ya los cogeremos... ¡ahora es más importante desprenderse de este desgraciado! Lo tiraremos por un agujero que hay un poco más abajo, que ni se sabe la profundidad que tiene —dijo éste, y sus dos compinches cogieron el cadáver. Lo llevaban cogido (entre los dos) por los pies y por las manos. El paso, que era estrecho y muy quebradizo, estaba dándole más trabajo de lo esperado a los compinches, para llevar el cadáver adonde había dicho su jefe; el cual iba delante de ellos alumbrándoles con una linterna. Al tener la fuerte cojera, los iba deslumbrando bastante, al tener la linterna aquellos fuertes movimientos. Años atrás había tenido un accidente de moto, rompiéndose la pierna izquierda por varios sitios, y desde entonces cojeaba bastante.
— Éste es el sitio –dijo Metodio, alumbrando con la linterna el lugar. Luego, se acercó a la boca del agujero y enfocó la profundidad del orificio.
— No creo que aquí encuentren el cadáver –dijo, refiriéndose a sus compinches, que habían soltado el cuerpo en el suelo. Luego, lo volvieron a coger y, con pasos cansinos, lo arrojaron por el orificio. El agujero era tan hondo, que tardó varios segundos el cuerpo en impactar contra el suelo.
— Hay que limpiar todo esto –dijo Metodio, y alumbró el recorrido que habían hecho para desprenderse del cadáver, para que sus compinches fueran limpiando tras él todo lo que les pudiera implicar en el asesinato, como pisadas o gotas de sangre.
Metodio y sus dos compinches, una vez estuvieron seguros que estaba todo limpio, abandonaron la cueva. Tenían el coche escondido cerca de allí y se largaron a toda pastilla de la zona.
Metodio, aparte de la cojera, tenía un aspecto sucio, con el pelo largo y muy mal cuidado. Era más bien alto, delgado y con barba de varios días sin afeitar. Se cubría la cabeza con una boina negra y, para amortiguar mejor los movimientos de la cojera, se ayudaba de un bastón de madera marrón oscuro.
Los dos compinches eran más o menos de la misma edad que Metodio, de unos cincuenta años de edad. Y lo mismo que pasaba con su jefe, iban muy sucios. Uno de ellos tenía la dentadura echa polvo y, aunque se reía poco, cuando lo hacía enseñaba aquella despoblada y sucia boca amarilla que daba asco. El otro, además de tener la misma pinta, era tuerto y llevaba un parche negro en el ojo izquierdo.
— Tenemos que encontrar a esos chavales, antes de que le cuenten a la policía lo que han visto –dijo el jefe—. Tienen que ser de la zona; en bicicleta se sale a dar una vuelta por los alrededores ¿Vieron algo de ellos, que nos pueda dar una pista?
Los dos compinches se miraron entre si y, moviendo la cabeza al mismo ritmo, dijeron que no, que ya iban muy lejos y que sólo pudieron ver que eran dos niños.
— Pero eran rubios, morenos, pelirrojos ¡Eso es lo que quiero saber, que no se enteráis de nada!
— Uno era rubio y el otro moreno –dijo el mellado, rascándose el pecho, por los picores que le producían la mugre que tenia encima.
— Esto era lo que quería saber ¡al menos ya sabemos por dónde empezar! Pedazos de alcornoque, que eso es lo que sois.


Capítulo 3.- Una tarde de circo.

— Date prisa, Jordi, que la función empieza a las seis de la tarde y mira que hora es.
— Ya termino, papá.
— Pero, ¿qué estás haciendo, que tardas tanto?
— Ya bajo, papá.
— Pero, ¿qué has estado haciendo Jordi, que has tardado tanto en bajar?
— Le he estado dando de comer a una culebra; le he dado un ratón, papá.
— Vigila con esos animales, que ya sabes que no le gustan a tu hermana.
— ¡Papá! Jordi tiene más bichos en casa; aparte de esa apestosa culebra, tiene más bichos en su cuarto –dijo una pelirroja de ocho años, con muchas pecas, que tenía por hermana.
— Eres una mierdica Laura..., ¡con lo bonitas que son las culebras..., no sé como te pueden dar miedo! He quedado con Karim en la puerta del circo. Él también irá con su hermano pequeño. Papá, ¿por qué no viene mamá?
— No se encuentra muy bien y ha preferido quedarse descansando en casa.
— Adiós, mamá.
— Adiós, que lo paséis bien –le dijo la madre, que salía a la puerta para despedirlos.
El circo estaba ubicado a las afueras del pueblo, en el recinto ferial. Era bastante grande y, con tantas caravanas, lo parecía aún más. Dichas caravanas estaban en la parte de atrás. Eran las viviendas de los componentes del circo y, muy cerca de ellas, estaban las jaulas de los animales, de las cuales destacaban la de los elefantes y leones.
Cuando llegaron al circo, y sin que Karim ni Jordi lo supieran, los tres hombres que había en la cueva trabajaban en el circo.
Metodio era el encargado de vender las entradas del circo y estaba en la taquilla. El tuerto (que estaba en la puerta) era el que las recogía y, lo mismo que sus compañeros, llevaba puesto un uniforme rojo con adornos amarillos. El mellado era el encargado de acomodar a la gente y portaba una linterna en la mano.
El padre de Jordi se acercó a la ventanilla y solicitó tres entradas, lo mismo que hizo el padre de Karim, que iba detrás de él. Las dos familias, mostrando una contagiosa alegría, se encaminaron hacia la puerta del circo.
El tuerto, que era el primero que veía a los chavales (porque el de la ventanilla sólo veía a los padres), estaba pendiente de todos los que entraban, por si los reconocía. Así que cuando llegaba alguno niño, con las características que buscaban, los miraba y remiraba varias veces, como queriendo encontrar alguna pista.
El dueño del circo (mostrando síntomas de preocupación) se acercó a Metodio, para preguntarle por un compañero que faltaba.
— ¿Ha visto usted a Nicolás? –le preguntó.
— No, desde ayer no lo he visto.
— No sé que le habrá pasado a Nicolás; su familia tampoco sabe nada y está muy preocupada. Su número nunca ha tenido que ser suspendido, porque siempre ha cumplido con su trabajo. Menos mal que no es uno de los números fuertes del circo. Esperaremos hasta que comience la función y, si viene después de que haya comenzado, le diré que actúe el último –decía el dueño del circo, aún con la esperanza de que viniera Nicolás, y no tener que suspender su número. Era un especialista en la bici y solía hacer un número muy bonito, haciendo todo tipo de malabares encima de las dos o una rueda.
La función comenzó y las sonrisas de los niños no abandonaron a éstos, en todo el rato que duró el fantástico espectáculo. Los ojos de los pequeños era un delirio verlos tan llenos de vida y tan llenos de ilusión. El ambiente creado por aquellos profesionales de la ilusión, era tan mágico, que hacía soñar a los niños sueños fantásticos. Y con los ojos abiertos de par en par, ojos que al haber tantas cosas en el circo, no sabían adonde mirar. Las carcajadas inocentes de los niños desprendían una alegría tan inmensa, que alegraba tanto a sus padres como a ellos. Y esos contagiados padres, por la alegría de sus hijos, soltaban sus propias carcajadas, como sólo se suelen soltar, cuando se es feliz en un porcentaje muy elevado.
Entre ese mundo mágico, creado por esos enormes artistas de la ilusión, unos ojos malvados contemplaban a esos inocentes niños que no paraban de reír. Desde un sitio oscuro del circo y con un catalejo marinero, Metodio, con el mal dentro de su cuerpo, iba haciendo una mirada panorámica de las gradas, buscando a los chavales que le habían visto cometer el brutal asesinato y que no se los podía quitar de su diabólica cabeza. Éste enfocó a Jordi y a Karim que, junto a sus hermanos y padres, se lo estaban pasando de ensueño.
— Puede que sean esos..., je, je, je –dijo Metodio, soltando una sonrisa tan desagradable, que no le gustaba ni a él. Éste llamó al mellado y le dijo que se fijara bien en ellos. Después de un rato intentando verlos con los anteojos (porque no los encontraba, por lo llenas que estaban las gradas), al final y con la desagradable ayuda de Metodio los encontró. Los estuvo observando durante unos segundos, y luego le dijo a su jefe que podían ser ellos, pero que con lo oscuro que está la grada, no lo tenía del todo claro.
— Aunque yo no los vi y, si es cierto lo que me dijiste, reúnen todas las características. Uno rubio, otro moreno y amigos. Yo creo que son ellos ¡Cuándo acabe la función, encárgate de seguirlos! Que quiero saber donde viven.
— Como usted mande, jefe.
Con el revuelo que se había formado, con la gente al salir del circo y que, además, era ya casi de noche, al mellado se les despistaron y no pudo seguirlos. Sabía que aquello que le había pasado no le haría mucha gracia a su jefe y, mostrando mucha preocupación en su rostro, vagabundeaba de un lado para otro, intentando encontrarlos. Cuando veía alguna pareja de niños (con las características que buscaba), se acercaba descaradamente para verlos. Después de buscar como un perro de caza busca su presa, se dio por vencido y regresó al interior del circo. Fue directo al sitio que tenían preparado y que era su cuartel general. Acudió al lugar de reuniones, pero aún no había llegado su jefe, que había sido requerido por el dueño del circo para afianzar unos acoples de las gradas, y tuvo que estar durante un rato. Cuando terminó de hacer el trabajo, que el dueño del circo le había encomendado, se fue a reunir con sus compinches.
— ¿Has podido averiguar donde viven? –fue lo primero que le dijo al mellado, cuando lo vio.
— No, con el barullo de gente, los he perdido –dijo el mellado, con voz entrecortada.
Metodio, al oír aquello, pegó un fuerte golpe sobre una pequeña mesa que tenían en el diminuto despacho. Luego, y cogiéndolo por la solapa de la chaqueta, le dijo que como los niños hablasen sería hombre muerto.
— Perdone, jefe..., no le fallaré más –dijo un tanto acojonado, por las palabras de Metodio.
— Más te vale que así sea –expresó el jefe y le dijo que se marchara, que pensaría durante la noche cómo poderlos localizar, antes que fueran a la policía.


Capítulo 4.- La vuelta a la cueva.

Serían las diez de la mañana de un caluroso día de verano, cuando Jordi y Karim salían con las bicicletas. Lo habían estado hablando entre ellos, y aunque era muy peligroso lo que querían hacer, no lo dudaron y se fueron a la cueva. Querían investigar todo lo que pudieran sobre el asesinato que habían visto. Sus deseos de investigar algo importante, estaba colmado con el asesinato que habían visto y eso no se lo podían quitar de la cabeza. Esta vez sí que se llevaron a Conquistador que, aunque era peligroso y el señor Merino no estaba muy de acuerdo, se lo pudieron llevar. Esta vez dejaron las bicicletas un poco más alejadas de la boca de la cueva y, después de esconderlas, se acercaron a ella. Iban caminando con mucha precaución y mirando a ver si encontraban algo relacionado con el asesinato que habían contemplado el día anterior. La cueva estaba tremendamente oscura y, aunque llevaban las linternas, tenían que ir con mucho cuidado para no darse un golpe. Bajaron hasta el lugar del crimen y, después de merodear un poco, se llevaron una agradable sorpresa, al encontrar unas gafas sobre una piedra de un metro de altura y que estaba cerca de la que sentaron a la víctima.
— ¿Has traído la bolsa?
— Sí, aquí la tengo –dijo Karim y se la sacó de uno de los bolsillos.
Jordi (ayudándose con la bolsa de plástico) cogió con mucho cuidado las gafas y las metió dentro.
— Está todo muy limpio ¡Esos tíos lo han limpiado todo!
— Pues no lo han debido hacer muy bien, porque se han dejado las gafas aquí encima.
— Seguramente sea de alguno de los asesinos.
— Vamos, Conquistador —dijo Jordi.

A la misma hora, le estaba dando una mala noticia el tuerto a Metodio.
— ¿Qué te pasa, con tanta prisa? —le preguntó Metodio a su compinche.
— Es sobre Nicolás.
El jefe, al oír aquello, se puso de muy mala leche y, cogiéndolo por la pechera, le dijo que ese nombre lo pronunciara flojo, y sólo en caso de vida o muerte.
— Las gafas jefe, las gafas.
— ¿Qué pasa con las gafas?
— Las gafas de Nicolás —dijo éste, haciendo caso sumiso a las palabras que le había dicho su jefe.
— No tan bajo, que no me he enterado de nada —le recriminaba de mala manera.
— Las gafas que llevaba puestas Nicolás, que se las quité allí abajo y las puse sobre una piedra que había al lado. Como le llevamos al agujero y estuvimos limpiando, se me olvidó cogerlas.
El jefe le pegó un puñetazo en el pecho, y luego le dijo que buscara al mellado.
—Usted dirá —dijo éste, que había llegado rápidamente y sabiendo ya lo de las gafas.
— Prepararse, que tenemos que ir a la cueva. Hay que coger las gafas de Nicolás. Si alguien las encuentra y las lleva a la policía, podemos tener serios problemas. A ver si espabilamos o tendré que prescindir de vosotros y buscarme otros socios.
Cuando estaban a punto de salir de la cueva, Jordi y Karim oyeron cómo llegaba un coche. Lo primero que hicieron fue apagar las linternas y esconderse tras unas piedras que había, sujetando con fuerza a Conquistador, para que no hiciera ruido. Con la contraluz producida por la luz del exterior, vieron que uno de los tres hombres que entraban en la cueva cojeaba. Los dos amigos se miraron entre sí, y enseguida relacionaron a los que entraban con los asesinos que habían visto días atrás. Y que, como vulgarmente se dice (por algún motivo), volvían al escenario del crimen.
— ¡Entremos! A ver si podemos enterarnos de dónde han metido el cadáver –dijo Jordi.
—Hay que tener cuidado con Conquistador, que no haga ruido –dijo Karim.
— Éste es muy inteligente, ¿has visto que no se ha movido, cuando han entrado los asesinos?
Éstos llegaron al mismo sitio que la vez anterior y, en silencio, escuchaban a los asesinos hablar.
— Buscad bien ¡si se las quitaste aquí, tienen que estar! No se han podido ir solas.
Los dos compinches, con las linternas en la mano, peinaban una y otra vez la zona, pero no encontraron nada y eso le estaba haciendo dudar.
— ¿Estás seguro de que las dejaste ahí encima? –dijo Metodio, con bastante mal humor.
— Ahora ya no estoy tan seguro, jefe; pensaba que las había dejado encima de esa piedra, pero… —decía el tuerto, con palabras entrecortadas.
— Limpiad bien toda la zona, que nos marchamos. No se puede confiar en vosotros. Últimamente no sé qué os pasa. Cada día hacéis peor las cosas y eso se va terminar –les dijo con palabras amenazadoras, mientras iban avanzando en busca de la salida.
Jordi y Karim, cuando vieron que empezaban a subir, lo hicieron ellos también para salir.
— Parad un momento, que he oído pasos –dijo Metodio, con la mano puesta en la oreja—. Alguien está andando y son dos personas.
— Allí, jefe, allí —dijo el tuerto, que fue el primero que los vio a contraluz.
— ¡Son los chavales! —confirmó el mellado.
— ¡Corred, corred, que es nuestra oportunidad de pillarlos! —dijo Metodio, alzando fuertemente la voz.
En su afán de correr más de lo que podían, el tuerto tropezó y se dio un fuerte golpe con una piedra. Metodio, dando fuerte cojeadas, avanzaba por el estrecho camino, dejando atrás al dolorido tuerto, que se había quedado a oscuras y daba fuertes lamentos a causa del dolor.
Jordi y Karim habían podido coger las bicicletas y salieron a toda pastilla de allí. El mellado, que estaba a unos pocos metros de ellos, intentó cogerlos pero, en ese momento, se le encaró Conquistador que, aunque era todavía un cachorro, ya mostraba buenas maneras. El mellado, al verlo, y aunque llevaba un cuchillo de grandes dimensiones en la mano, desistió y volvió lo más rápido que pudo a la cueva, donde encontró a su jefe con las manos sobre las piedras de la entrada, dando fuertes respiraciones, para recuperarse del tremendo esfuerzo que había hecho para subir.
— Baja por tu compañero, que yo voy a por el coche –le dijo Metodio al mellado, cortándosele varias veces el habla, por el ahogo que tenía.
Metodio acercó el coche a la entrada de la cueva y subió a sus dos compinches. El tuerto se sujetaba el brazo derecho, del dolor que tenía.
— Creo que me he roto el brazo –dijo el tuerto, cuando se sentó en la parte trasera del coche.
Metodio (que no había querido escuchar al tuerto) aceleró la marcha del coche, en busca de los chavales. Éste empezó a sonreír con aquella sonrisa tan desagradable que poseía, al divisarlos a lo lejos. Éstos, al ver que el coche que les seguía avanzaba muy deprisa, y suponiendo que serían los asesinos, abandonaron el camino y siguieron por el monte.
— Son muy listos, pero yo soy más que ellos, je, je, je. Les esperaremos más abajo —dijo Metodio y siguió por el camino.
— Los chavales conocían muy bien toda la zona y pasaron mucho más debajo de donde lo estaban esperando Metodio y sus compinches.
— Mira, jefe, por dónde van; no se lo había dicho, pero llevan un perro muy peligroso—dijo el mellado, que lo había visto.
Metodio llevaba un coche todo terreno y cada vez se les iba acercando más. Los chavales, viendo que se les acercaban peligrosamente, se introdujeron por un bosque de pinos, por el cual no cabía el coche.
— Baja y síguelos, que nosotros te esperaremos más abajo —le dijo Metodio al mellado, que con el cuchillo en la mano, se introdujo en aquel tupido bosque.
Karim y Jordi, a causa del quebradizo terreno, se tuvieron que bajar de las bicicletas y llevaban a éstas de la mano. Éstos fueron sorprendidos por el mellado, que estaba muy experimentado en la búsqueda de gente por los bosques.
— ¡Quietos ahí, mocosos! –les dijo de golpe, al salir de detrás de un pino. Los dos chavales se llevaron un susto de miedo, al ver aquel hombre, con aquel aspecto tan indeseable.
El mellado, aunque sabía que llevaban el perro, no se esperaba que siendo un pequeño cachorro, se le abalanzara de aquella manera. Conquistador consiguió morderle en la mano y que éste perdiera el equilibrio, haciéndole caer al suelo.
Los dos chavales aprovecharon la gran ayuda de Conquistador para escapar y, cuando el mellado reaccionó, ya estaban bastante lejos de allí. Éste, viendo que no los cogería y sangrando por la mordedura de Conquistador, se fue en busca de su jefe que, como le había dicho, lo estaba esperando un poco más abajo.
Karim y Jordi llegaron a la casa del señor Merino bastante cansados, por el fuerte esfuerzo que habían tenido que hacer.
— ¿Qué os ha pasado, que llegáis tan cansados?
— Nos persiguen tres hombres —dijo Jordi.
— ¿Que os persiguen tres hombres?
— Sí, y son muy peligrosos –afirmó Karim.
— Los hemos visto como mataban a un hombre.
— ¿Dónde habéis visto eso?
— En la cueva de en pau.
—Pero, ¿cómo habéis ido tan lejos? ¿y encima, os habéis llevado a Conquistador hasta allí?
— ¡Sí! y gracias a él, no nos han cogido esos asesinos —dijo Jordi.
— ¿Dónde habéis dejado las bicicletas? –les preguntó Merino, al oír llegar un coche.
— Están ahí detrás.
— ¿Les habéis visto la cara?
— ¡Sí! y uno de ellos es cojo –dijo Karim.
— Otro es muy feo y está mellado –dijo Jordi.
— ¿Son tres? –preguntó el señor Merino.
— Sí, el otro es tuerto –dijo Karim.
— Ustedes no salgáis de aquí, que ya hablo yo con ellos, que seguramente serán esos asesinos.
El señor Merino cogió una escopeta de caza que tenía y, después de cargarla con dos cartuchos y otros dos que se metió en bolsillo, salió para ver lo que querían.
— ¡Buenos días, señor! –le dijo Metodio.
— ¡Buenos días! ¿en qué os puedo ayudar? –dijo el señor Merino.
— Estamos buscando a dos chavales que van en bicicletas. Usted, por casualidad, ¿no los habrá visto?
— No, hace días que no veo a nadie por aquí. Esta zona no está muy concurrida ¿Que son familiares suyos?
— ¡Sí!, son sobrinos míos. Muchas gracias señor, nos marchamos, que tenemos que seguir con la búsqueda.
Cuando se marcharon, el señor Merino les dijo que se lo contaran todo. Éstos le estuvieron explicando todo lo sucedido y los motivos por los que se fueron tan lejos con Conquistador.
— ¿Estáis seguros? –les dijo el señor Merino, después de haber escuchado a los dos chavales.
— ¡Sí! Estábamos muy cerca y vimos como le clavaba un cuchillo en el pecho.
— Ustedes sois muy pequeños para esto, eso es cosa de la policía. Así que nos acercaremos a la comisaría y que ellos investiguen todo eso.


Capítulo 5.- La herida del señor Merino.

—Seguro que están en la casa de ese viejo; pero, con la escopeta en las manos, era mejor hacerse el desentendido. Esperaremos a que salgan esos chavales, que no creo que tarden mucho en hacerlo –dijo Metodio, que se había alejado de la casa (aproximadamente un kilómetro) y, junto con sus compinches, esperaba escondido entre los árboles a que salieran los chavales.
— A lo mejor se lo han contado a ese viejo y no salen hasta que vengan a recogerlo –dijo el mellado.
— Es posible, y ya había pensado en esa posibilidad. Por eso, tendremos que eliminar al viejo también.
Los tres asesinos, desde donde habían parado el coche, veían perfectamente la casa, pero también eran vistos por los chavales y el señor Merino. Metodio se dio cuenta de ese problema y, después de avanzar un poco el coche, lo escondió fuera del camino.
Merino había estado viendo el coche parado de los asesinos y la posterior desaparición del mismo. A éste no le había hecho ninguna gracia aquello y no quiso que los chavales se fueran solos de allí.
— Os acompañaré hasta el pueblo y, de paso, hablaré de todo esto con la policía. No me fío de esos delincuentes y puede que estén escondidos cerca del camino. Así que debemos ir con mucho cuidado.
– No hace falta señor Merino que nos acompañe..., creo que ya se han marchado –dijo Jordi.
— Ahora saco mi bicicleta y nos vamos para el pueblo. Llevaremos también a Conquistador que, por lo que me habéis contado, bien se merece el paseo.
El señor Merino tenía por costumbre desplazase en bicicleta. Siempre había odiado los vehículos a motor, porque decía que contaminaban demasiado. Aunque tiempo atrás tuvo que hacer de repartidor con un camión, y enseguida que pudo dejó ese tipo de trabajo. Siempre se había sentido un ecologista, y el trabajar con el camión lo ponía de muy mal humor. Pero se vio obligado a hacerlo, durante un tiempo, para poder sobrevivir.
Siempre le había gustado vivir en plena naturaleza. Tiempo atrás había sido un excelente aficionado a los deportes practicados en la nieve; era un especialista en trineos. De hecho, en una vitrina de su casa, mostraba con mucho orgullo los trofeos ganados con el trineo. Lo había dejado, entre otras cosas, por los perros. Había llegado a tener quince perros adiestrados y, aunque era su gran pasión, los tuvo que vender cuando dejó de competir. Ahora sólo tenía dos y eran mas como guardianes de la casa que como perros de trineos. Había tenido un grave accidente en una de las carreras pirenaicas, que lo mantuvo ingresado dos semanas en un hospital. Mientras estuvo convaleciente, se encargó de alimentar a los perros su hermano, que vivía en Manresa y cada dos o tres días venía. Con la mano izquierda no podía hacer grandes esfuerzos; ésta se la había roto por varios sitios, al quedársela pillada con el trineo en una caída. Es por este motivo por lo que se desprendió de todo aquello que tanto le gustaba.
La casa que habitaba era bastante vieja, con unas vallas hechas con troncos de madera (tipo cerca de ganado) por todo el recinto de la casa.
En el corral, que estaba en la parte trasera, tenía gallinas y conejos. Las gallinas andaban de un lado para otro por el corral, acompañadas de un esbelto gallo. Los conejos también los tenía sueltos, pero estaban separados de las gallinas por una pared de tela metálica. Los tenía en semilibertad, con las madrigueras hechas por los conejos en el suelo. Siempre que tenía que coger uno, le costaba lo suyo. Pero él decía que así vivían más en su ambiente natural y no en jaulas, a las que odiaba.
Conocedor del peligro que correrían, Merino y los chavales abandonaron la casa. Sabía que los asesinos podían estar esperándoles por el camino y, por si las moscas, se colgó la escopeta a la espalda.
Los asesinos, que estaban vigilando la casa, habían visto como salían de ella, y los estaban esperando en un recodo del camino.
Mellado se había subido encima de una roca que había cerca del camino y, aunque su presencia fue detectada por Conquistador, el señor Merino no pudo evitar recibir un tremendo golpe en la cabeza, al pasar cerca de donde estaba escondido el sanguinario delincuente, cayendo inconciente al suelo. Conquistador, dando un tremendo brinco, se le echó encima al mellado, provocando que éste cayera al suelo y se diera un tremendo golpe en la cabeza, quedando también inconciente. Los chavales iban bastante cerca del señor Merino y, al caer éste al suelo, tropezaron con su bicicleta y cayendo los dos, los cuales se levantaron rápidamente y fueron adonde estaba el señor Merino. Al verlo inconciente y sangrando, pensaron que estaba malherido y que lo mejor sería pedir auxilio. Sin perder tiempo (pensando que los otros delincuentes estarían cerca), salieron corriendo a través del bosque en busca de ayuda. Metodio estaba junto al tuerto y, al verlos correr hacia el bosque, le dijo que los cogiera, que eran sólo dos niños y que lo que él tenía mal era el brazo, no las piernas. Éste, sujetándose el brazo, abandonó el coche y salió tras los dos chavales.
Metodio se acercó adonde estaba el señor Merino y, después de verle como sangraba, le quitó la escopeta y se la colgó él.
— A ti ya no te hará falta la escopeta —le dijo, y luego despertó al mellado, echándole de una botella que llevaba en la mano, un poco de agua por la cara.
— Saca al viejo del camino y lo echas a la cuneta. Luego, te vas con tu compañero; a ver si entre los dos sois capaces de coger a esos demonios de chavales, que yo os esperaré más adelante con el coche. Y sobre las cuatro, si no lo habéis cogido os venís, que a las cinco hay que abrir el circo.
— Bien jefe —dijo el mellado, que llevaba el brazo vendado. Se había curado las mordeduras que le produjo Conquistador, y se lo había tenido que tapar con una venda, para que no se le infectara. Además, con el golpe recibido en la última caída no estaba para correr mucho por el bosque. Con pasos no muy firmes se introdujo por el bosque y, cuando llevaba unos minutos andando, hizo varias llamadas (a voces) para localizar al tuerto que, con el cuchillo en la mano, iba apartando la maleza por una zona muy tupida. Al escuchar a su compañero (el tuerto) le devolvió la llamada de la misma forma y, minutos más tarde, se juntaban los dos.
— Pienso que están escondidos por aquí –le dijo el tuerto, que se dolía del brazo.
— Tenemos algo más de media hora para cogerlos, porque a las cuatro tenemos que salir de aquí pitando, que hoy hay función.
Los dos chavales estaban escondidos tras un viejo tronco caído y, junto a Conquistador, contemplaban sin hacer ruido como se iban acercando los dos asesinos. Al lobezno lo tenía cogido Karim que, al percibir la llegada de los dos asesinos, se había puesto en posición de ataque y enseñaba sus afilados colmillos. Cuando faltaban unos metros para que los dos delincuentes llegaran al árbol caído, Conquistador saltó sobre el tuerto, haciéndole caer al suelo. Cuando tocó tierra, dio un tremendo grito de dolor, al haberse dado el golpe en el brazo que ya tenía dolido. El mellado, que iba un poco más rezagado y, el haber sido ya dos veces atacados por el cachorro, al ver como éste tumbaba a su compañero, se quedó como paralizado y sin saber que hacer. Jordi y Karim aprovecharon el momento y salieron corriendo, sin que el delincuente hiciera nada por seguirles. Éste socorrió a su compañero que, con grandes muestras de dolor, yacía tumbado en el suelo. El mellado llevaba un brazo inservible y como pudo levantó a su compañero. Y luego, ambos con síntomas de dolor, se fueron en busca de su jefe, que los estaba esperando junto al coche.
Karim y Jordi se mantuvieron escondidos durante un rato y, cuando comprobaron que no les seguían, fueron en busca del señor Merino. Iban caminando con mucha precaución, para no ser sorprendidos por los dos compinches de Metodio. Cuando llegaron al camino y no vieron al señor Merino, pensaron en lo peor y se pusieron muy tristes. Y más, cuando vieron como de la gran mancha de sangre que había en el camino, salía unas marcas dejadas por tacones de zapatos. Siguieron el rastro dejado y enseguida encontraron al señor Merino tirado entre la maleza, inconciente y perdiendo sangre por la brecha abierta que tenía en la cabeza. Karim comprobó con la mano que estaba vivo, y le dijo a Jordi que había que cortarle la hemorragia, que si no se desangraría. Éste sacó un pañuelo del bolsillo y se lo puso sobre la herida, para cortarle la hemorragia. Cerca de allí había un arroyo, bien conocido por ellos, y Karim le dijo a Jordi que iba traer agua para lavarle la herida. No tenía ningún recipiente para llevarle agua; entonces, y sin pensarlo, se quitó la camisa y la empapó de la fresca agua del arroyo. Fue así como consiguió llevar el agua necesaria para limpiarle la herida y reanimar al señor Merino, que fue abriendo los ojos y llevándose la mano a la herida dando muestras de tener un fuerte dolor. Los dos chavales mostraban en sus rostros signos de alegría, al ver como su viejo amigo estaba vivo y se estaba recuperando.
— ¿Qué ha pasado? –dijo el señor Merino, al ver a los dos chavales, que estaban junto a él.
— Han sido esos asesinos, pero ya se han marchado —dijo Jordi, con cara de satisfacción, porque de alguna forma, se sentían vencedores.
Éstos estuvieron durante un buen rato hasta que el señor Merino se recuperó. Luego, cogieron las bicicletas y se marcharon a la casa de éste, que estaba cerca de allí. El señor Merino les dijo donde había un botiquín, y Karim fue a por todo lo que pensaba que le haría falta para curarle la herida.
— No sé si faltará algo más –dijo Karim, que llegaba con el material en la mano.
— Empapa el algodón con yodo y desinféctame la herida –le dijo el señor Merino a Jordi, el cual cogió un buen puñado de algodón y estuvo haciendo lo que le había dicho el señor Merino.
— Ahora coge un trozo de gasa, la empapas con yodo y me cubres la herida con ella. Luego, esta venda me la lías a la cabeza para que no se me caiga la gasa.
Jordi, con la ayuda de Karim, y haciendo caso a lo que le iba diciendo el señor Merino, le cubrieron la herida con la venda.
— Para que no se suelte, ponle esparadrapo en la punta, que así no se soltará –le dijo el señor Merino a Jordi.
— Hay que ir a la policía y denunciar todo esto. Que esos tipos son unos asesinos y no se andan con chiquitas. ¡Nos han podido matar!, por lo tanto, vámonos y nos acercaremos a la comisaría.
— Usted ha perdido mucha sangre y está muy débil señor Merino –le dijo Karim—. Debería descansar un poco.
— Ya me siento mucho mejor, me he recuperado bastante y. además, el pueblo está muy cerca. Creo que no tendré problemas para llegar.
Los dos chavales, viendo que al señor Merino no lo iban convencer, optaron por decirle que de acuerdo, y se marcharon los tres para el pueblo.
Serían las seis de la tarde, cuando Merino y los dos chavales llegaban a la comisaría.
— Buenas tardes –le dijo el señor Merino a un policía que había en la recepción de la comisaría—. ¡Queremos denunciar un asesinato!
En ese momento llegaba el Sargento Olivares y su ayudante, el cual fue llamado por el policía que había en la recepción.
— ¿Sargento?
— Dígame –le contestó Olivares y se acercó a él.
— Este señor, que quiere denunciar un asesinato.
— Acompáñeme, ¿los chavales van con usted?
— ¡Sí!
— Entonces, que vengan ellos también.
El sargento y su ayudante se fueron para su despacho, seguidos por el señor Merino y los dos chavales.
— Soy el sargento Olivares, ¡usted dirá!
— Mejor que la primera parte la cuenten los chavales –dijo el señor Merino.
El sargento dirigió la mirada hacia los chavales y Jordi salió hablando.
— Hace unos días fuimos a la cueva de en pau. Unos amigos nos habían dicho que era muy bonita y fuimos a verla. Cuando entramos en ella vimos el resplandor de una luz. Creíamos que sería algún guarda y apagamos enseguida la linterna que llevábamos para no ser descubiertos. Pensamos que si nos veían nos echarían fuera de la cueva, pero nuestro afán por descubrir cosas nos empujó hacía la luz. A la cual nos fuimos acercando con mucho cuidado, hasta estar a sólo unos metros de ella.
— Más despacio, chico, más despacio ¿Cómo te llamas?
— Jordi.
— Bien, Jordi, ¡lo estas haciendo muy bien, pero hazlo un poco más relajado! –Le dijo el Sargento con amables palabras—. Puedes continuar con el relato.
— Cuando íbamos llegando a la luz, empezamos a oír hablar, pero no veíamos la luz, porque estaba a un nivel más bajo que nosotros. Nos acercamos hasta unas piedras muy grandes que había, y desde allí pudimos ver la luz y a los que hablaban. Estaríamos a unos siete metros de ellos y se les escuchaba bastante bien. Estuvimos durante unos minutos escuchándolos, y vimos como el que más hablaba le clavó un cuchillo en el pecho al señor que tenían sujeto por los brazos.
— ¿Le clavó un cuchillo?
— ¡Sí!
— ¿Le pudieron ver la cara?
— En aquel momento no, porque estaba de lado y, además, con la luz de la linterna no se veía mucho.
— ¿Por qué dices en aquel momento? ¿Es que lo habéis visto después?
— ¡Sí! Nos gusta mucho investigar y volvimos para averiguar cosas. De mayores queremos ser policías como usted.
— Está muy bien que queráis ser policías, pero aún sois muy jóvenes y estas cosas son muy peligrosas. No debéis ir solos a esos sitios.
— Jordi se quedó cortado, por lo que le había dicho el Sargento y, dándose cuenta éste, les dijo que eran muy valientes y que serían unos excelentes policías. Los dos chavales, al oír aquello, reflejaron en sus caras una alegría inmensa. El Sargento, viendo en sus caras aquella alegría, les dijo que siguieran con el relato.
— En aquel momento, vimos que uno de ellos estaba cojo –dijo Karim, que había mirado a Jordi.
— ¡Sí!, el que le clavó el cuchillo cojeaba. Cuando nos enfocaron con las linternas, dio unos pasos y sí que cojeaba –dijo Jordi.
— Hoy nos han intentado matar –dijo el señor Merino.
— Si, hoy ha sido cuando hemos ido a la cueva –dijo Jordi.
— A ve, no me mezcléis las cosas y vamos por partes; ¿lo del asesinato fue ayer? –le preguntó el sargento.
— ¡Sí!, pero esta mañana hemos estado en la cueva ¡queríamos encontrar alguna prueba! –dijo Karim.
— ¿Y qué ha pasado hoy en la cueva? –preguntó el Sargento.
— Hemos encontrado estas gafas –dijo Jordi.
El sargento cogió las gafas, a ofrecimiento de Jordi, que las había sacado de una bolsa de plástico.
— ¿Las habéis encontrado en la cueva hoy?
— ¡Sí! estaban sobre una piedra, cerca de donde mataron al hombre –dijo Jordi.
— ¿Y qué ha pasado después de lo de las gafas? –volvió a preguntarle el Sargento.
— Estuvimos mirando a ver si encontrábamos restos de algo, pero esos tipos lo habían limpiado todo y no encontramos nada. Ya nos marchábamos de la cueva, cuando oímos el ruido de un coche. Estábamos prácticamente en la boca de la cueva y nos escondimos tras unas piedras, sujetando a Conquistador para que no hiciera ruido –dijo Jordi.
— ¿Quién es ese Conquistador?
— Es nuestro perro –dijo Karim.
— ¿Vuestro perro?..., Continúa –le dijo el Sargento a Jordi, después de hacer unos movimientos de ojos, como no creyéndose la historia.
— De nuevo nos invadió ese afán que tenemos por descubrir cosas y en vez de salir de allí (que hubiera sido lo correcto) fuimos adonde estuvimos la vez anterior, y un poco más y nos cogen –dijo Jordi—. Los tres hombres buscaban algo valioso, porque escuchamos decir al cojo (en tono recriminatorio) que deberían tener más cuidado con las cosas, y que si no lo encontraban tendrían grandes problemas. Estuvieron un buen rato buscando y cuando empezaron a subir la rampa, para irse de la cueva, nosotros hicimos lo mismo y abandonamos lo más deprisa que pudimos aquel lugar. Pero, aunque nosotros íbamos con mucho cuidado y con las linternas apagadas, nos descubrieron y salieron corriendo dos de ellos hacia nosotros. Nos dimos cuenta de que nos habían descubierto y salimos corriendo en busca de la salida. Y menos mal que llevábamos a Conquistador, que los detuvo un poco, porque si no nos hubieran pillado. Luego, fuimos a la casa del señor Merino y le contamos lo que nos había pasado.
— Me lo acababan de contar, Sargento, cuando oí llegar un coche a mi casa. Eran esos desgraciados que, un poco más y me matan –dijo el señor Merino, tocándose la cabeza—. Salí para ver quién era, aunque sospechaba que podían ser los que me habían dicho los chavales, y cogí la escopeta por si acaso... Me preguntaron que si había visto a dos chavales, que eran sus sobrinos y que los estaban buscando. Les dije que no había visto a nadie en los últimos días. Pero se ve que no me creyeron, porque se pararon a un kilómetro de mi casa. Los estuve vigilando hasta que se marcharon. Al haberse parado tan cerca de la casa (aunque ya hacía más de una hora que se habían ido), pensé que los chavales corrían peligro y decidí acompañarles hasta el pueblo. Pero mi corazonada fue cierta, se habían escondido y nos tendieron una trampa; esto es el resultado –dijo el señor Merino, señalando la herida de la cabeza.
— Le dieron un fuerte golpe al señor Merino y, otra vez gracias a Conquistador, nos pudimos escapar de esos asesinos. Porque al caer el señor Merino al suelo, nosotros, que íbamos tras él, tropezamos y también nos caímos. Conquistador atacó al que le dio el golpe al señor Merino, y aprovechando eso, salimos corriendo y nos metimos en el bosque –dijo Karim.
— Martínez, prepara material de alumbrado, que nos vamos a acercar a esa cueva y vosotros nos acompañaréis.
— Tenemos que ir a nuestras casas, Sargento, que nuestros padres estarán preocupados.
— Ya os llevaremos a vuestras casas y hablaremos con vuestros padre, para que no se preocupen, pero es muy importante que vengáis con nosotros –les dijo el Sargento Olivares—. Cinco minutos más tarde, salían dirección a la casa de Karim, que era la que les pillaba más cerca. Le estuvieron explicando todo lo que pasaba y los padres de Karim, con mucha preocupación y un poco de desespero, por la hora que llegaron a su casa, aceptaron que les acompañaran.
A los padres de Jordi les pasaba lo mismo, estaban muy preocupados porque era muy tarde y su hijo no había llegado todavía. Al verlo llegar acompañado por la policía, pensaron que algo malo había pasado y se pusieron muy nerviosos. La policía le explicó lo que realmente pasaba y, aunque estaban muy nerviosos, aceptaron que les acompañaran.
Serían las seis de la tarde cuando llegaron a la cueva y, alumbrando con grandes linternas, llegaron al lugar del asesinato. Los dos chavales les estuvieron explicando el sitio exacto del asesinato a los policías y la forma en que lo mataron. Luego, los policías estuvieron analizando la zona y enseguida se dieron cuenta de que aquello había sido limpiado; habían intentado borrarlo todo. También se dieron cuenta de que no eran profesionales los que lo habían hecho, porque encontraron restos de sangre por varios sitios. Estuvieron cogiendo todas las muestras que consideraron les serían útiles para aclarar aquel asesinato, y luego se marcharon de la cueva.
— Lo han limpiado todo ¡han querido borrar todas las pistas! Pero los que han hecho esto no son profesionales y han dejado muchas cosas por limpiar. Ahora os llevaremos a vuestras casas y a usted, si quiere, lo podemos dejar en su casa.
— Tengo la bicicleta en la comisaría y, si no me la llevo hoy, me tocará venir mañana andando.
— Por eso no se preocupe, que se la llevaremos mañana. Tenga esta tarjeta y, si se acercan esos asesinos, llame enseguida a este número.
— Muchas gracias, Sargento –dijo el señor Merino.
Después de dejar al señor Merino en su casa, los policías llevaron a los chavales a sus respectivas casas.



Capítulo 6.- La policía investiga la desaparición de Nicolás.

Sobre las cinco y media de la tarde llegaba una pareja de policías secretas al circo. Estaba compuesta por el Sargento Olivares y su ayudante Martínez.
A las once de la mañana y tras haberlo estado buscando por todas partes a Nicolás, el dueño del circo había denunciado su desaparición a la policía; y ésta había ido para hacer alguna comprobación. Preguntaron en la entrada por el dueño. El que estaba en la puerta era el tuerto (éste llevaba el brazo vendado y tenía serios problemas para recoger las entradas, que le iban dando la gente). Olivares y Martínez se identificaron como policías y preguntaron por el jefe del circo. Al tuerto, al oír aquello, le entraron unos temblores tan agudos, que impedía que su verticalidad fuera estable.
— ¡Sí!, está dentro de la carpa —le contestó como pudo al Sargento. Luego, y aprovechando un momento sin gente, se acercó a la taquilla, para informar a su jefe que había llegado una pareja de polis preguntando por el dueño.
— Muy bien, ahora vete a tu sitio y mantente tranquilo, que ya hablaremos de todo esto más tarde —le dijo Metodio, aparentemente tranquilo, al recibir la noticia.
El Sargento localizó al dueño del circo y, después de cruzarse unas palabras, salieron de la carpa para poder hablar más tranquilos. El mellado estaba cerca de ellos y pudo escuchar que eran policías los que hablaban con el patrón. Al escuchar que eran policías los que hablaban con el dueño, se puso muy nervioso y, aprovechando que habían salido de la carpa, se acercó a la taquilla para informar también a su jefe.
— Ya lo sé y ahora, igual que le he dicho a Benito, mantente tranquilo, que ya hablaremos de todo esto cuando acabe la función —le respondió al mellado, que también daba señales de estar muy nervioso.
Serían las seis de la tarde cuando los dos policías salían por la puerta. Éstos, bajo la férrea mirada del tuerto, atravesaron la salida del circo y se marcharon. En ese momento, se acercó el dueño del circo a la taquilla y le explicó a Metodio que habían venido dos policías, porque él había denunciado la desaparición de Nicolás.
— No sé qué le habrá pasado a Nicolás. Su familia está muy preocupada, es la primera vez que se ha marchado sin decir nada y dejando todas sus cosas. Se temen lo peor. He estado viendo su vivienda con los policías y, según su mujer, no falta nada. Usted que anda por aquí fuera, ¿no ha visto nada extraño?
— ¡No!
— Si ve o escucha algo relacionado con él… avíseme de inmediato.
— Claro, señor Vicente. Si veo algo no lo dude que le avisaré.
Cuando terminó la función del circo y quedó todo en silencio, los tres delincuentes se reunieron en su cuartel general, para hablar del tema que tanto les preocupaba.
— No hay que preocuparse por la policía. Han venido porque el señor Vicente ha denunciado la desaparición de Nicolás. Así que hay que llevar la misma vida que antes, y no quiero veros nerviosos, ¿queda claro?
— Sí, jefe, lo que usted diga –dijo el tuerto.
— Es que la policía me hace coger nervios –dijo el mellado.
— Pues intenta no cogerlos ¡si la policía empieza a sospechar de ti, es porque te ve nervioso! Ya me encargaré yo de que estés tranquilo, ¿lo coges...? –le dijo Metodio en tono amenazante—. Mañana hay que levantarse temprano; así, que a dormir.
Eran cerca de las ocho de la mañana cuando los tres delincuentes abandonaban el circo.
— Hoy tenemos que coger a esos chicos, nos acercaremos por la casa del viejo, que seguramente aparezcan los chavales por allí. Ese viejo entrometido ya no les podrá ayudar más. Ahora nos será más fácil capturarlos, así que a ver si os comportáis, y acabamos con ellos de una vez.
Los tres delincuentes, convencidos que habían acabado con el señor Merino, llegaron muy tranquilos a su casa. Sabían que para entrar en ella había que quitar del medio a los dos perros, por lo que trajeron varios trozos de carne preparados con veneno. Los dos perros, al oír que alguien se acercaba a la casa, salieron ladrando y se aproximaron a la valla. Los delincuentes, desde el mismo coche le echaron trozos de carne envenenados y, minutos más tarde, caían los dos perros desplomados. El señor Merino había salido al corral para darle de comer a los animales y, cuando estaba en la caseta (donde estaban las gabias de los conejos), vio cómo llegaban los delincuentes y les echaban la carne envenenada a los perros. Intentó llamar a la policía, pero el teléfono lo había dejado en la cocina, y tampoco podía salir de allí, porque lo verían los asesinos. La caseta estaba separada de la casa unos seis metros y, desde donde estaba parado el coche, se podía ver toda.
— Pondré el coche detrás de la casa; así, no lo verán esos chavales cuando lleguen ¡Vosotros, entrad y cerrad la puerta por si viene alguien!
Entraron en la casa tranquilamente, convencidos de que no habría nadie y que estarían solos.
— El viejo tenía la casa muy bien cuidada –dijo el mellado.
— Y para ser un hombre, muy limpia –dijo el tuerto.
La casa tenía un salón comedor muy amplio, con un fuego a tierra en una de las esquinas y, al lado del fuego, sobre un viejo mueble marrón oscuro, había un televisor. Enfrente de la tele había un sofá y, al lado, una vieja mecedora. La chimenea del fuego a tierra estaba llena de utensilios de cocina colgados y, al lado de la parrilla, había apilados trozos de madera muy bien colocados. Desde el lado opuesto del comedor, salía una escalera para subir al primer piso. También desde el comedor se tenía acceso a la cocina, donde había un fogón antiguo de leña, que aún funcionaba, aunque tenía otro más moderno que iba con gas butano, que era el que normalmente utilizaba para cocinar.
Merino se había quedado escondido en la caseta de los conejos y, con lo delicado que estaba, no se atrevía salir. Miraba por un orificio pequeño hacia la casa, y vio como entraba por la parte de atrás Metodio, que había dejado escondido el coche.
Sobre las doce de la mañana llegaban los dos chavales y Conquistador a la casa del señor Merino. Al no ver ni oír ladrar a los perros sospecharon que algo no iba bien y se pusieron en alerta.
— Aquí está pasando algo –dijo Jordi, que miraba con mucha ansiedad, buscando a los perros y, sobre todo, al señor Merino.
— Será mejor marcharnos, no vaya a ser que esos asesinos estén dentro –dijo Karim.
— Sí, será lo mejor –dijo Jordi.
En ese momento, vieron como el señor Merino les hacía señales para que se fueran. Al quedarse mirando a la caseta, sin querer, advirtieron a los delincuentes de que alguien había allí.
Metodio, acompañado por el mellado, salieron por la puerta de atrás y pudieron comprobar como el señor Merino (aunque dolorido) estaba ya cerca de la valla.
Mellado salió corriendo para cogerlo, pero fue Conquistador el que de nuevo se cruzó en su camino. El señor Merino se subió con Jordi en su bici y, aprovechando el precioso tiempo que les estaba dando Conquistador con su valentía, se alejaron de la casa. El señor Merino había visto que los delincuentes tenían el coche escondido. Y sabiendo eso, abandonaron el camino, cogiendo campo a través y por un sitio difícil para los vehículos de cuatro ruedas.
Metodio cogió el coche y, con muy mal humor, montó a sus hombres e intentó seguirlos por donde se habían ido. Estaba tan obsesionado por capturarlos, que seguía avanzando por aquel quebradizo terreno sin pensar en nada más. El señor Merino, viendo que los delincuentes se le acercaban peligrosamente, apretó el pedaleo más de lo que debió, cayendo al suelo con Jordi y quedando la bicicleta inservible. Tuvieron mucha suerte en la caída, porque habiendo tantas piedras no les pasó nada importante, sólo dolidos por el golpe. Metodio, al verlos cómo se habían caído, se frotó las manos de contento, pero el destino no quiso ser benévolo con él y, segundos más tarde, volcaba su coche. Se llevaron un tremendo susto al volcar, pero no sufrieron daños de importancia y, como pudieron, salieron del coche. Cuando se recuperaron del susto, intentaron levantarlo, pero les fue imposible (estaban los tres muy mermados físicamente) y tuvieron que seguir la persecución a pie.
— Nos acercaremos al circo para hablar con el dueño sobre Nicolás –le dijo el Sargento Olivares a Martínez.
Sobre las doce de la mañana llegaban los dos policías al circo. Éstos se identificaron como policías a un mozo que había cerca de la puerta y, luego, le preguntaron por el dueño. Éste le dijo que estaba en su módulo y les señaló con el dedo el que era.
El Sargento llamó en la puerta del módulo y salió el dueño del circo.
— ¡Buenos días! –señor Vicente.
— ¡Buenos días! –Sargento.
El Sargento le dijo que quería hacerles algunas preguntas relacionadas con Nicolás.
— ¿Han averiguado algo? –le preguntó el señor Vicente.
— De momento no hemos averiguado nada, aunque estamos en el caso. Quería saber si el señor Nicolás usaba gafas.
— ¡Sí! ¿Por qué me lo pregunta?
El sargento sacó las gafas del bolsillo y se las enseñó al señor Vicente. Éste las estuvo examinando durante unos segundos, y luego dijo que eran las de Nicolás.
— ¿Está usted seguro?
— ¡Completamente! Siempre se las quita para actuar y las deja sobre mi mesa. Las conozco muy bien... ¿Cómo es que tienen ustedes sus gafas? ¿Es qué le ha pasado algo a Nicolás?
— Sospechamos que lo han podido matar en una cueva cercana. Unos chavales vieron como tres individuos mataban a un hombre y ha sido ahí donde se han encontrado las gafas. Según han dichos los chicos, uno de ellos mostraba una pronunciada cojera. ¿Conoce usted a alguien de su entorno que sea cojo?
— ¡Metodio!
— ¿Qué quiere decir?
— El taquillero es cojo y se llama Metodio. En toda la plantilla del circo sólo hay un cojo y ése no es otro que él.
— ¿Puede usted llamarlo?
— No está, ¡cuando no tiene faena se suele marchar!
— ¿Eso quiere decir que se ha marchado?
— ¡Sí!
— ¿Sabe usted si cuando sale le acompaña alguien del circo?
— ¡Sí!, Benito y Alejandro. Son muy buenos amigos y suelen salir juntos. Uno es el que recoge las entradas y el otro el que acomoda a la gente.
— ¿Sobre qué hora han salido hoy?
— Muy temprano, sobre las ocho de la mañana –dijo el señor Vicente, mirando el reloj y con cara de preocupación.
El sargento sacó del bolsillo el móvil y tecleó la clave que tenía el teléfono que le había dejado al señor Merino. Éste se lo puso en la oreja y, después de estar unos segundos sin contestación, le dijo a Martínez que se iban.
— Gracias, nos tenemos que marchar –dijo el Sargento, y se marcharon.
El dueño del circo, después de que se marchara la policía, quedó muy dolido, pensando en todo lo que le había dicho el Sargento. Y aunque se veía engañado por varios de sus empleados, quería tener más información al respecto, para actuar en contra de ellos y, sobre todo, hablar con el resto de empleados y explicarle el asunto.
Éste le daba vueltas y vueltas al tema, y no le cabía en su cabeza que lo hubieran matado sus propios compañeros. Y si la policía confirmaba que habían sido ellos los asesinos quería saber el porqué lo habían matado.
— No contesta, ¿le ha debido pasar algo? –dijo el Sargento, que le volvió a llamar desde el coche.
La policía llegó a la casa del señor Merino y se encontró la puerta de la valla abierta y también la de la casa. Éstos, con las pistolas en la mano, estuvieron mirando por toda la casa y comprobaron que no había nadie.
El Sargento Olivares volvió a llamar al teléfono que le había dejado al señor Merino y oyó como sonaba en la cocina. Se adentró en dicha cocina y cogió el móvil de encima de la nevera.
— Esto no me gusta nada, ¡creo que lo han debido sorprender! El que esté el móvil aquí avala esto que digo –dijo el Sargento—. Miremos fuera, a ver si podemos averiguar por dónde se han podido ir.

Capítulo 7.- La persecución por el bosque.

Los dos policías estuvieron analizando la zona de la entrada a la casa, y llegaron a la conclusión de que se habían ido campo a través.
— Los chavales han estado aquí y les acompaña el perro –dijo Martínez, que miraba las marcas dejadas en el suelo por las bicicletas y las de Conquistador.
— ¡Sí! y una de ellas va más cargada que la otra ¡Mira en este trozo húmedo, cómo se le han marcado mucho más las ruedas de una de las bicicletas! –dijo Olivares.
— ¡Es cierto! –afirmó Martínez.
Los policías, siguiendo las huellas de las bicicletas con el coche, se adentraron en el bosque hasta que pudieron.
—Tendremos que dejar el coche aquí –dijo Martínez—. Si continuamos con él, nos arriesgamos a que se quede embarrancado y tenga que venir una grúa a sacarlo.
Los dos policías dejaron el coche un poco camuflado y siguieron las huellas de las bicicletas a pie. Cuando llevaban unos diez minutos andando por el tupido bosque vieron un coche volcado. Éstos abandonaron las huellas dejadas por las bicis y se acercaron hasta el coche. Martínez se introdujo en él y buscó en la guantera la documentación.
— Pertenece a Metodio –dijo Martínez, que había sacado los papeles del coche y había leído el nombre.
— Han querido seguir con el coche y por este terreno, con tantos desniveles que hay, han volcado; y seguramente ahora los estén siguiendo a pie –dijo el Sargento—. ¿El señor Merino?… Por eso, una de las bicicletas va más cargada que otra, porque en una va montado un chaval y el señor Merino.
— ¡Entonces, el señor Merino debe estar vivo! –dijo Martínez.
— ¡Sí! y los debemos encontrar antes que esos asesinos.
Los policías retomaron las huellas de las bicicletas y aligerando el paso lo que podían, las fueron siguiendo por el quebradizo terreno.
— ¿Cómo se encuentra? –le preguntó Jordi al señor Merino, que lo veía muy cansado.
— Bien, me duele un poco la herida, pero creo que podré seguir.
— Si quiere descansamos –le dijo Karim.
— No hace falta, muchachos –dijo el señor Merino y se cayó al suelo desfallecido. Jordi estaba cerca de él e intentó cogerlo, pero no pudo y se cayó al suelo, dándose en la cabeza contra una piedra.
— ¡Se ha golpeado en la cabeza! Aunque no ha sido muy fuerte, no se ha hecho ninguna herida –dijo Jordi, que le miraba la zona de la cabeza golpeada—. Ha hecho un esfuerzo muy grande y ahora está pagando las consecuencias. Por eso se ha desmayado.
— Y aparte del esfuerzo que ha realizado, la herida que le hicieron le ha hecho perder mucha sangre, y eso lo ha debilitado también mucho –dijo Karim, que le comprobaba el pulso.
— Hasta que se recupere, tendremos que escondernos; así como está, no podremos continuar –dijo Jordi.
— ¡Sí! y lo tenemos que hacer lo más rápido posible; no creo que estén muy lejos esos delincuentes –dijo Karim.
Entre los dos chavales arrastraron al señor Merino hasta un matorral cercano y lo escondieron entre la maleza. Luego, con una rama borraron todo rastro dejado. Después, y desde lo alto de un montículo de tierra, miraron a ver si veían a los delincuentes. Los dos chavales se llevaron una desagradable sorpresa al verlos tan cerca de ellos. El tiempo que habían empleado en esconder al señor Merino, había menguado bastante la distancia que le llevaban, y los tenían prácticamente encima.
— Karim, tu quédate aquí con el señor Merino, que yo me llevaré a Conquistador y les haré que me sigan. Vienen siguiendo las huellas y si no hago esto pronto nos pillarán. Porque, aunque hayamos borrado las huellas en este tramo, seguramente encuentren al señor Merino, porque las huellas se cortan de golpe y seguro que encontrarían el rastro.
— Lo que quieres hacer es muy peligroso.
— Ya lo sé, Karim, pero no tenemos otra opción. Además, hay que hacerlo rápido, que esos delincuentes están muy cerca.
Jordi, acompañado por Conquistador, se apartó de donde habían escondido el señor Merino y, una vez éste visualizó a los delincuentes, hizo el suficiente ruido para que cambiaran de rumbo y le siguieran.
— ¡Van por allí! –dijo el tuerto.
— ¿Por dónde? –dijo Metodio, que lo había sentido, pero no lo veía.
— ¡Por allí, jefe! –dijo el mellado.
Jordi había conseguido su propósito y desvió a los delincuentes hacia donde estaba y, junto con Conquistador, atravesó un pequeño arroyo con muchas pozas de agua y llenas de renacuajos. A Jordi le gustaba mucho coger renacuajos y, casi siempre que salía al campo, no dudaba en cogerlos como hubieran. Sabía que los delincuentes le estaban pisando los talones, pero no pudo aguantar la tentación y se paró a coger unos cuantos. Cogió unos pocos con las manos, los estuvo mirando cómo se movían y, luego, los echó al agua en una poza más adelante. Viendo que ya estaban bastante lejanos del señor Merino y que ya no corría peligro de ser encontrado, aceleró el paso para despistarlos.
— Esto no me gusta nada, estamos volviendo para atrás –dijo Metodio—. Esos chavales nos están engañando..., estoy seguro de eso..., son muy listos y nos la están jugando.
— ¡Pero, jefe, si van ahí delante! ¡Mira por dónde van! –dijo el mellado.
— Esos saben que le estamos siguiendo y nos están llevando adonde ellos quieren.
Jordi había conseguido despistarlos y, dando un gran rodeo para no ser descubierto por ellos, llegó hasta donde había dejado a sus amigos. Karim lo vio llegar y lo llamó; Jordi, al oírlo, le hizo una señal con la mano y fue junto a ellos.
— ¿Cómo está el señor Merino?
— Aún no se ha despertado, pero yo lo veo bien.
Jordi se acercó adonde estaba y, con semblante muy serio, lo estuvo contemplando durante unos segundos.
— Tendremos que despertarle, esos delincuentes pueden volver y tenemos que llegar a algún sitio donde haya gente –dijo Jordi—. Además, él conoce el camino, porque yo nunca he estado por esta zona y no tengo idea de dónde estamos.
— Tienes razón Jordi, tenemos que despertarle. Porque yo tampoco tengo idea de dónde estamos y se está haciendo de noche.
Los policías estuvieron durante un buen rato andando, pero al final desistieron de la búsqueda y volvieron al coche. Aunque faltaba un poco para que se pusiera el Sol, la espesa arboleda oscurecía bastante el paisaje y era imposible seguir sin el equipo apropiado.
— Pediré refuerzos, ¡hay que encontrar a esos chicos como sea!
El Sargento estuvo hablando con sus superiores y les explicó como estaba el tema.
— Bien, Sargento, ¡enviaremos varias motos, para que rastreen la zona!? Hay que encontrarlos.
— También hay que hablar con sus familias, que deben estar muy preocupadas. Además, si les pasa algo a esos chavales, nosotros seremos los responsables, por haberlos involucrado en todo esto. Les pedimos a sus padres que los dejaran colaborar con nosotros y ahora sus hijos están desaparecidos.
— Ya me encargo yo de eso, Sargento. Usted espere a las motos y les indica lo que pueda.
Jordi le dio unos suaves palmetazos en la cara al señor Merino, para despertarlo, el cual reaccionó de enseguida, echándose a continuación la mano a la herida de la cabeza. Luego, se fue incorporando con la ayuda de los chavales.
— ¿Cómo se encuentra? –le preguntó Jordi.
— ¡Me duele mucho la cabeza! –dijo éste, mirándolos con los ojos muy abiertos.
— ¿Qué le pasa, señor Merino? ¿Es que no nos conoce?
— No tengo muy claro quienes sois, ni dónde estoy. No puedo pensar, me duele la cabeza.
Los dos chavales se miraron entre sí, y ambos con semblantes muy serios.
— Tenemos un grave problema –dijo Karim.
— Sí que tenemos un gran problema –dijo Jordi—. Cuando se desmayó, se debió dar un golpe en la cabeza... Espero que pronto se recupere.
— Yo he leído que la mayoría de las veces que se pierde la memoria, dura poco tiempo –dijo Karim.
— Pero, por si no lo hace, debemos prepararnos, por si tenemos que pasar la noche en el bosque. Cerca de aquí hay un arroyo (lo he visto antes) y tendríamos que ir hacia él, porque si hay que beber, allí hay agua.
Los dos chavales ayudaron al señor Merino y, una vez los tres de pie, Jordi le preguntó si se acordaba del camino que había que coger para salir de allí. Éste le dijo que no y se volvió a tocar la cabeza, poniendo cara de dolor. Viendo que sería imposible salir de aquel tupido bosque, se fueron en busca del arroyo, que estaba a unos mil metros de ellos, y cuando llegaron era ya de noche. Al ser el mes de julio, la noche era cálida y frío no tenían, pero si hambre y sed. Cuando llegaron al arroyo, bebieron de una de las pozas y, respaldados sobre el tronco de un árbol, se echaron con la intención de dormir un poco.
Jordi sacó del bolsillo una pequeña bolsa de golosinas y ésa fue la única cena que tuvieron. Cuando se fue asentando la noche, el silencio calmoso iba siendo interrumpido por el ruido de los animales nocturnos, que comenzaban sus búsquedas alimentarias. Éstos, con el silencio de la noche como fondo, se sentían merodear por los alrededores. Era noche de luna llena, y varios jabatillos se veían correr tras su madre por un claro cercano al arroyo. La madre, cada pocos pasos se paraba, levantaba la cabeza y olfateaba. Los jabatillos imitaban a la experimentada madre y coordinados todos, como si de un ballet se tratara, hacían todo el mismo movimiento. Cuando se fueron acercando adonde estaba Conquistador, ésta lo olfateó y, advirtiéndole a sus cachorros del peligro eminente, salieron todos corriendo, perdiéndose entre la maleza del bosque.
Los animales, cuando se iban acercando adonde estaban ellos y olfateaban a Conquistador, se apartaban cambiando el rumbo de la búsqueda de alimentos. Al no notar el movimiento de animales cercano y quedar la zona bastante silenciosa, los tres se quedaron dormidos, teniendo a Conquistador como vigilante permanente.
Los tres delincuentes se habían perdido y cuando pensaban que tendrían que pasar la noche a la intemperie, vieron en una ladera la luz de una casa. Se trataba de una casa de payeses, en la cual habitaba una pareja bastante mayor. Los delincuentes fueron detectados por los perros, con sus ladridos. El payés, después de haber tenido una larga jornada de trabajo, estaba tranquilamente fumándose un puro cariqueño, de aquellos retorcidos y que le cuesta tanto arder, en la puerta de la casa.
— Buenas noches –dijo Metodio, desde fuera de la valla, temiendo a los dos pastores alemanes que, aunque su amo les había calmado, seguían enseñándole los colmillos desafiantemente.
— ¿En qué les puedo servir? –les dijo el payés, que seguía sentado en la mecedora tranquilamente, acercando el mechero al cariqueño para que ardiera.
— Nos hemos perdido, ¿nos puede decir usted, por dónde se va al pueblo más cercano?
— Por ese mismo camino que llevan, pero pasen y tomen algo fresco, que hace una noche de mucho calor.
— Gracias, se lo agradeceremos.
La mujer del payés salió a la puerta, al oír a su marido hablar.
— ¿Qué pasa, Josep? –dijo esta en catalán.
— No te preocupes, Monserrat, son unos señores que se han perdido en el bosque. ¡Saca algo fresco, que deben estar secos con el calor que hace!
Montserrat sacó una jarra de agua, de aquellas planas que se pueden meter en la nevera, y les ofreció agua a los visitantes. Éstos la fueron cogiendo y bebieron a chorro todos ellos de la jarra.
Los dos perros no dejaban de enseñarles los colmillos. El mellado, después de lo que había tenido con Conquistador y tener a los dos perros tan cerca, estaba completamente asustado, y eso lo debieron detectar los perros, porque a él era al que más se le acercaban.
— ¿No tendrá usted un teléfono? —le preguntó Metodio al payes.
— Sí, tengo un móvil —dijo éste y se lo sacó del bolsillo—. Tenga, puede usted llamar.
Metodio cogió el teléfono y llamó al dueño del circo. Aunque era día de descanso y podía ir donde él quisiera, y volver o no al circo, quiso comunicar el problema que tenía.
— Buenas noches, señor Vicente, hemos tenido problemas con el coche, y lo más probable es que no podamos ir esta noche ¡Le llamo para que no se preocupe por nosotros! –le dijo esas breves palabras al dueño del circo y le devolvió el teléfono al payés.
— No se preocupe, señor Metodio, es día de fiesta y puede usted venir cuando quiera.
Metodio miró a sus compinches, aunque éstos estaban asustados por la proximidad de los perros. No pudieron ver con mucha claridad el movimiento que éste hizo, a causa de la amarillenta y pobre luz que tenía la
casa. Aunque entendieron perfectamente el mensaje que les había enviado a través de la mirada. El tuerto era el que estaba más cerca del payés y, haciendo un rápido movimiento, le puso un cuchillo en el cuello al pobre hombre que le estaba dando una larga calada al carisqueño y, al sentir en su cuello el frío de la hoja del cuchillo, se le cayó al suelo.
— No está en nuestros planes hacerle daño. Por favor, no haga que lo cambiemos. Sólo necesitamos el transporte que tenga para marcharnos de aquí y lo queremos ya. ¡Ah! y encierre a los perros, antes de que los tenga matar, que me están poniendo muy nerviosos —le dijo Metodio.
Los dos perros, al ver como le ponían el cuchillo a su dueño, intentaron atacar al mellado, pero fueron sujetados por la voz del payés.
— Muy bien, señor –dijo Metodio—. Creo que has entendido la pregunta muy bien ¿Qué vehículo tiene?
— Un seiscientos –dijo el pobre payés, mostrando mucho miedo.
— ¡Un seiscientos! Pensaba que esas reliquias ya no circulaban.
— Sólo tenemos ese coche y un tractor —dijo el payés.
— ¿Dónde están las llaves?
— Están en el comedor.
— Llame a su esposa y dígale que las traiga; y que no nos vaya a traer las llaves del tractor –dijo Metodio, que quería irse de allí lo antes posible.
El payés llamó a su mujer y le dijo que trajera las llaves del seiscientos.
— ¿Para qué quieres las llaves del coche a estas horas? –dijo la payesa, que salió por la puerta de la casa, recriminando al marido la petición.
— Cálmese, señora, ¡sólo nos queremos marchar de aquí! –le dijo Metodio, al verla tan alterada.
La payesa, al ver a su marido con el cuchillo en el cuello, dio un fuerte grito, activando sin querer el ataque de los perros. Éstos se lanzaron sobre el mellado, y el tuerto, al ver cómo los perros atacaban a su compañero, hirió sin querer al payés en el cuello. La payesa, al ver a su marido sangrar, se temió lo peor y, dando fuertes gritos, le lanzó una maceta al tuerto, el cual recibió el impacto en el costado, haciendo que cayera al suelo. Metodio sacó su cuchillo y se lo lanzó a uno de los perros que estaban atacando al mellado y, con el bastón que llevaba, le dio un fuerte golpe al otro, rematándolo después con más golpes.
El payés aprovechó el momento y, con la mano taponándose la herida, intentó meterse en la casa. Pero, antes de entrar recibió un fuerte golpe, producido por el bastón lanzado sobre él por el maligno Metodio. El payés cayó desmayado por el golpe recibido y la payesa, que no conseguía calmarse, fue golpeada por Metodio, cayendo ésta también al suelo.
— Si no se calma, tendré que matarla –le dijo éste con el cuchillo que le había lanzado al perro, y que lo estaba limpiando de sangre en su vestido. Ésta se había hecho daño al caer y se dolía de un brazo.
El mellado, como pudo, se levantó y se acercó a su compañero, que se dolía del costado y del brazo herido.
— ¿Cómo os encontráis? –les preguntó Metodio.
— ¡Bien! Dentro de lo que cabe estoy bien —dijo el mellado, que se miraba el cuerpo magullado, como buscándose alguna herida que le hubieran hecho los perros y que no se hubiera dado cuenta.
— A mí me duele el costado, ¡no sé si tengo alguna costilla rota! —dijo el tuerto.
— Además de las llaves del coche, quiero que me diga dónde tiene el botiquín, para curar a mis compañeros y también para que cure usted a su marido, antes de que se desangre.
La payesa, con la ayuda de Metodio, se pudo levantar y, cogiéndose el hombro izquierdo con la mano derecha, daba señales de dolor. Ésta se acercó a su marido y después de comprobar en el estado que se encontraba, se introdujo en la casa y, segundos más tarde, salía con utensilios de cura en un recipiente de mimbre. Puso lo que traía sobre una silla que había al lado de la puerta y, después de desinfectar la herida con el agua oxigenada al marido, se la tapó con gasa y se la sujetó con esparadrapo.
El tuerto se dio una fuerte friega con alcohol por el costado dolido, y luego le dijo a la payesa que le sacara algunas vendas. Ésta se introdujo de nuevo en la casa y, además de traer las vendas, le trajo las llaves del coche.
Una vez se hubieron curado, los tres delincuentes cogieron el coche y se marcharon.
El dueño del circo -que anteriormente ya había estado hablando con la policía y que prácticamente estaba convencido de que ellos eran los causantes de la desaparición de Nicolás- después de hablar con Metodio por teléfono, llamó a la policía para decirle que le habían llamado para decirle que no vendrían al circo. Que habían tenido problemas y que no podían venir.
— ¿Y tiene usted su número de teléfono? –le preguntó el Sargento.
— ¡Sí!, tome nota –dijo el dueño del circo, y le deletreó el número que se le había quedado grabado en su móvil y que tenía apuntado en un papel.
El Sargento averiguó rápidamente la dirección postal del teléfono facilitado por el dueño del circo y, una vez habían recogido algunas cosas que les harían falta para poder trabajar de noche, salieron hacia dicha dirección, la cual estaba cerca de donde había sido enviada la policía motorizada para buscar a los chavales.
Los policías motorizados habían comenzado la búsqueda a partir de donde lo había dejado el Sargento Olivares. Éstos, que fueron peinando la zona minuciosamente, pasaron cerca de donde estuvo escondido el señor Merino, pero no vieron nada y continuaron hacia delante. Al ser de noche, no detectaron que los chavales y el señor Merino (buscando el arroyo) se habían desviado más de un kilómetro de la ruta que, de alguna manera, le había marcado el Sargento Olivares y, en vez de acercarse a ellos, se fueron alejando cada vez más.
— Ésta es la casa –dijo el Sargento—. ¡Qué raro, que no salgan los perros!
Los dos policías se bajaron del coche y, con linternas en una mano y pistola en la otra, entraron por la puerta de la valla, que estaba abierta.
— ¡Mire, Sargento! —dijo Martínez, que había visto a los perros.
El Sargento Olivares, al oír a Martínez, enfocó su linterna también hacia donde estaban los cadáveres de los perros.
— Esto ha tenido que ser obra de esos asesinos. No me cabe duda de que han sido ellos los que han matado a los perros —dijo el Sargento, y se encaminó con mucha precaución hacia la puerta principal de la casa, la cual tenía un portón marrón oscuro, con adornos de hierro negro, y un aldabón del mismo color en forma de argolla gigante. Estaba cerrada, y para abrirla, el Sargento se sacó del bolsillo una ganzúa, y con mucho oficio la abrió.
Los dos payeses, que se estaban reponiéndose de todo lo que le había sucedido, al oír llegar un coche, pensaron que serían los delincuentes, y se escondieron en un altillo que tenía la casa. Estaban completamente asustados y se mantuvieron callados dentro del escondite, todo el rato que estuvo la policía en la casa.
— Se han debido marchar hace poco –dijo el Sargento—. Las gotas de sangre aún están frescas.
— ¡Sí! –dijo Martínez—. ¿Qué habrá pasado con los payeses?
— No lo sé, pero no me gusta nada lo que estoy viendo –dijo el sargento—. No parece que se hayan llevado nada y si eso es así, ¿por qué han matado a los perros?
Metodio y sus compinches estaban buscando su coche y, aunque la noche (con una hermosa luna llena) estaba siendo espléndida, el tupido bosque que había impedía ver con claridad la zona donde estaba el automóvil. Después de dar varias vueltas por la zona y estar a punto de dejarlo, lo pudieron encontrar. Metodio paró el seiscientos al lado de su coche (que estaba volcado) y cogió del maletero una cuerda que siempre solía llevar.
— Mellado, pasa la cuerda por la parte de arriba, y las amarras bien en esa parte de la vaca —le dijo Metodio—. Y tú, amarra esta punta en esa parte del seiscientos; pero, espera que me acerque un poco más, que creo que no llegará la cuerda. Cuando la citada cuerda estuvo amarrada, fue acelerando el seiscientos, pero no tenía muchas fuerzas y además de la forma, en que se había quedado volcado el coche, por mucho que aceleraba, no conseguía moverlo. Metodio, después de hacer varios intentos y ver que no conseguía moverlo, paró los fuertes acelerones que estaba dando y salió del coche, para ver que problema había.

— Tendremos que ayudarle con algo, porque este coche ya no está para estos esfuerzos –dijo Metodio, cerrando la puerta del seiscientos, de un fuerte portazo—. Buscad algo para hacer palanca, ¡coño! y no os quedéis ahí parados como dos papalotes.
Los dos compinches, al oír el tono en que se lo había dicho, se apartaron y comenzaron a buscar algo que les sirviera para hacer palanca.
Habrían pasado unos cinco minutos, cuando se presentaron los compinches con un trozo de tronco de pino de unos tres metros de largo.
Metodio se estaba fumando un cigarrillo sobre el maletero del seiscientos y cuando vio lo que traían en las manos, le pareció bien y les dijo que se fumaran un cigarrillo, y que después de fumárselo intentarían sacar el coche.
Los tres estuvieron fumando y hablando de por dónde podían estar lo chavales.
— Cuando os dé la señal, vosotros dais un fuerte empujón, que yo aceleraré a fondo. Hacedlo como os lo he dicho, si no no lo sacaremos en toda la noche. Esta vez estuvo todo muy bien coordinado y consiguieron sacar el coche de aquel terreno tan poco agraciado para la circulación de vehículos de cuatro ruedas.
— El seiscientos lo dejaremos aquí con las llaves puestas, que ya lo encontrarán –dijo Metodio.
Los tres delincuentes se montaron en su coche y, por el mismo camino que habían cogido para perseguirlos, abandonaban el bosque.
Los policías motorizados habían llegado hasta el pueblo de Valromana, siguiendo veredas y caminos por donde posiblemente hubieran podido pasar los chavales y el señor Merino. El que iba al mando del grupo avisó a su superior, para informarle hasta donde habían llegado con la búsqueda y que había sido negativa.
— No hemos encontrado ni rastro de ellos –le decía el policía a su superior.
— Den otra vuelta por la zona, que hay que encontrarlos como sea.
El jefe de la policía se puso en contacto con el Sargento Olivares y le estuvo explicando cómo estaba el asunto.
— Estamos en la casa de los payeses y hemos encontrado a los dos perros muertos, pero de los payeses ni rastro. De lo que no hay duda es que han estado aquí los delincuentes. De lo que ha podido pasar con los payeses, no sabemos nada.
— Hay que encontrar a esos asesinos como sea, Sargento. Los familiares de los chavales están muy preocupados y, siendo ya tan tarde, me temo lo peor –dijo el Jefe de policías.
Serían las once de la noche cuando los policías abandonaban la casa de los payeses. El Sargento acababa de hablar con su superior y llamó enseguida a Muntal, que era el que estaba al mando de los policías motorizados.
— Me ha dicho el Comisario que habéis llegado hasta Valromana y que no habéis visto nada.
— Sí, mi Sargento, no hemos encontrado ningún rastro de ellos.
— Volved para acá, que buscaremos por otra zona. Os esperamos cerca de la casa del señor Merino.
— Bien, Sargento –dijo Muntal, y colgó.
Los policías llegaron a la carretera que pasaba cerca de la casa del señor Merino y, cuando iban acercándose y se disponían a coger un pequeño camino de tierra que llegaba hasta la misma casa, se cruzaron con los delincuentes que acababan de salir del bosque y cogían la carretera que en ese momento ellos dejaban. El Sargento, aunque vio las luces de un coche que se incorporaba a la carretera, no reaccionó hasta unos segundos más tarde, y ya metido en el camino de tierra, el cual hacía un poco de bajada y apenas cabían dos coches, por lo que estuvieron a punto de rozarse.
—Son ellos, son los asesinos –dijo el Sargento, mientras hacía la maniobra para dar la vuelta y coger de nuevo la carretera que acababan de dejar.
Los delincuentes (al cruzarse con el coche) se dieron cuenta de que eran los policías, y aceleraron para alejarse lo más rápido posible de allí.
En el mismo momento que el Sargento se incorporaba a la carretera, recibía una llamada de Muntal.
— Sargento, hemos encontrado un coche abandonado, un seiscientos con las llaves puestas –le dijo Muntal.
— ¿Un seiscientos?
— ¡Sí! Está a nombre de un tal Josep Colomé.
El Sargento, al oír aquel nombre, aflojó un poco la marcha.
— Vamos persiguiendo un coche, dirección Barcelona; esperen ahí hasta que lleguemos nosotros.
Los delincuentes, que habían visto que era un coche de policía el que se cruzó con ellos, cuando se incorporaron a la carretera, al ver por el espejo retrovisor la sirena activada, abandonaron la carretera en el primer desvío que pudieron y apagaron las luces. Minutos más tarde veían como, a toda marcha, pasaba por la carretera el coche de policía. Cuando ya no se les veía en el horizonte, salieron a la carretera y se fueron en dirección contraría.
— Esto no me gusta nada, creo que la policía nos está buscando y el que el señor Vicente está al corriente de todo… Ya lo creo que está al corriente…, por eso, ha estado tan comprensivo cuanto he hablado con él… Ya me extrañaba su amabilidad –dijo Metodio—. Pararemos y lo llamaré de nuevo, a ver si le puedo sacar algo a ese mamón.
Éstos habían dado la vuelta y anduvieron unos kilómetros dirección Mataró pero, al no fiarse de la policía, abandonaron la carretera para hablar tranquilamente con el dueño del circo.
— No, al Jefe no lo llamaré –dijo Metodio, que ya había localizado el número en el móvil—. Llamaré al Pavarotti, que se entera de todo lo que pasa en el circo y es amigo nuestro.
Metodio, ayudado por la luz del coche, buscaba el número de teléfono de Pavarotti.
— ¡Aquí está! A ver que me cuenta –dijo y le lanzaba la llamada.
Después de unos segundos sonando el teléfono en la caravana de Pavarotti, y cuando se iba a cortar dicha llamada, porque no cogía el teléfono, lo cogió.
— ¡Sí! –dijo con voz de pocos amigos, por haberlo despertado, cuando mejor estaba durmiendo.
— Perdona que te haya despertado, pero me es muy urgente lo que te quiero preguntar.
— ¿Eres tú Metodio?
— ¡Sí!
— ¡Dime!, ¡me imagino que debe ser importante! Porque a estas horas.
— ¿Tú sabes por qué nos está buscando la policía?
— Ayer estuvieron aquí hablando con el Jefe y, por lo que yo me he podido enterar, parece que os echan a ustedes la culpa de la desaparición de Nicolás... ¿Dónde coño estáis?
— Ya te contaré..., te debo una, y gracias.
Metodio cerró el teléfono lentamente y después de estar unos segundos en silencio, dijo. —Tenemos que encontrar a los chavales lo antes posible. Mientras estén vivos, corremos el peligro de ser acusados de la muerte del chivato de mierda que hemos liquidado, y pasar el resto de nuestros días pudriéndonos en una cárcel. Así que estaremos dando vueltas por estas carreteras, hasta que los encontremos. Si acabamos con esos chicos, nadie nos podrá acusar nunca, por mucho que la policía y el señor Vicente sospechen de nosotros. Si no aparece el cadáver y nadie nos ha visto, no podrán acusarnos de nada. Porque por mucho que busquen, jamás encontrarán el cadáver.
El Sargento Olivares y Martínez, después de andar unos diez kilómetros por la carretera y no ver nada, se dieron media vuelta y fueron adonde estaba el seiscientos.
— ¡Hola, muchachos! —dijo el Sargento, sobre las tres y medía de la madrugada, y con voz cansada por la agitada noche que llevaba, cuando llegó adonde estaba el seiscientos.
— ¡Hola sargento! —le contestaron los policías motorizados.
El sargento, junto con Martínez, estuvo revisando todo el seiscientos buscando alguna pista pero, después de un buen rato buscando, al final lo tuvieron que dejar, sin haber encontrado nada de lo que buscaban.
— Martínez, coge tú el seiscientos, que lo llevaremos a la casa de los payeses.
Sobre las cuatro y cuarto de la noche, llegaban a la casa de los payeses. El Sargento, que iba con su coche delante, vio como se apagaba una luz que había dentro de la casa. Éste paró el coche y le dijo a Martínez que hiciera lo mismo con el seiscientos.
— ¡Hay alguien en la casa! He visto como se apagaba una luz.
Los dos policías, con linternas (pero apagadas) y pistolas en mano, se acercaron a la casa. Habían dejado la puerta encajada y cuando la empujó para entrar, se dio cuenta de que estaba cerrada.
— ¿Hay alguien en la casa? Somos policías —dijo el Sargento varias veces y en voz alta. Después de unos minutos de silencio, se encendía la luz de la casa y lentamente se abría la puerta.
Los dos payeses estaban abrazados y, con lágrimas en los ojos, descargaban todo el pánico que tenían sus sufridos cuerpos. El Sargento, al verlos en aquel lamentable estado, lo primero que hizo fue entrar y darles algo de calor humano. Luego, les dijo que los llevarían en su coche al hospital, para que le hicieran una revisión médica.
Durante el viaje, el Sargento les preguntó si habían sido tres individuos los que le habían hecho todo aquello.
Los pobres payeses, sin mencionar palabra alguna, se lo confirmaron con el movimiento de las cabezas.
— Son esos asesinos del circo..., no cabe la menor duda —dijo el Sargento—. Me preocupa mucho no tener noticias de los chavales, con esos asesinos tras ellos.
— Sí, mi Sargento. En ellos estaba pensando ahora —dijo Martínez.
Medía hora más tarde, sobre las cinco y cuarto de la mañana, lo estaban revisando en urgencias del hospital de Mataró, que era donde la policía los había llevado.
— Dentro de una hora amanecerá, tomemos algo y, con la claridad del día, continuaremos la búsqueda —dijo el Sargento, que daba muestras de cansancio.
Los dos policías se acercaron a un bar que conocían y estuvieron reponiendo fuerzas hasta las seis de la mañana.
Los rayos de luz comenzaron a brillar entre la espesa arboleda, y el bello canto de los pájaros despertó al señor Merino, que se encontraba ya bastante recuperado. El descanso de la noche le había sentado muy bien y los problemas mentales que había tenido el día anterior, parecía que se estaban marchando. Karim y Jordi (que dormían profundamente) fueron despertados por el señor Merino, con un suave zarandeo sobre los hombros.
— ¡Buenos días, muchachos! ¡Ya es hora de despertarse! –les dijo el señor Merino.
— ¡Buenos días! –dijeron los dos, refregándose los ojos, mostrando que aún tenían sueño.
Jordi miró a Karim con cara de satisfacción, al comprobar que el señor Merino parecía que ya no tenía problemas mentales.
— ¿Cómo se encuentra, señor Merino? –le preguntó Karim.
— Me duele la cabeza, pero me encuentro bien... ¡Lo que no entiendo es cómo he llegado hasta aquí! Conozco esta zona, pero no recuerdo como he venido hasta aquí.
— Ayer recibió un golpe en la cabeza y por eso le duele. También perdió la memoria a causa del golpe ¿Se acuerda usted de algo de eso?
— Del golpe no, sólo me acuerdo que íbamos con las bicicletas y que nos perseguían esos asesinos.
— Se cayó al suelo y se dio con una piedra.
— Sólo recuerdo que íbamos con las bicicletas y que estaba muy cansado.
— Cuando usted se desmayó, se dio con una piedra al caer y eso ha ocasionado en usted pérdida de memoria. Al estar usted en aquel estado, tuvimos que escondernos, porque nosotros no conocemos la zona y no sabíamos para donde ir. Además, esos delincuentes estaban muy cerca de nosotros. Pudimos despistarlos y hemos pasado la noche aquí –dijo Karim.
— Tenemos que encontrar un teléfono. Mis padres deben estar muy preocupados —dijo Jordi.
— Y los míos —dijo Karim.
— Sigamos bordeando el arroyo, que cerca de aquí hay unos payeses amigos mío, el Josep y la Montserrat –dijo el señor Merino. Seguro que podremos llamar desde su casa.
Estuvieron andando algo más de media hora para llegar a la casa de los payeses. Conquistador había detectado a los perros muertos y comenzó a ladrar. El señor Merino, desde la puerta de la valla vio a los perros muertos, y les dijo a los chavales que se escondieran. Éste se dio cuenta de que la cancela estaba abierta, y con mucha precaución se introdujo en la finca. El seiscientos estaba al lado de la puerta de la entrada de la casa, y le extrañó que las llaves estuvieran puestas. Se acercó a la puerta de la casa y aquélla sí que estaba cerrada. Llamó varias veces y, viendo que no respondía nadie, se acercó de nuevo al seiscientos y se metió dentro. Comprobó que todo estuviera bien y lo arrancó. Los chavales, al oír el ruido del coche, se acercaron a la puerta de la valla.
— Subid, chicos, que estamos ya mismo en casa —les dijo el señor Merino, mostrando cara de satisfacción, cuando se puso el coche en movimiento y se les veía tan contentos a los tres. El señor Merino vio, por el espejo retrovisor, cómo se acercaba un coche a toda pastilla. Intentó apartarse, pero sólo le dio tiempo de avisar a los chavales, antes de recibir un tremendo golpe. Cuando vio que eran los delincuentes, los que le estaban atacando, aceleró todo lo que pudo el seiscientos y, recibiendo golpes y rozaduras, llegaron a la carretera principal. Los delincuentes intentaban sacarlos de la carretera, pero el señor Merino (aunque últimamente no conducía) era un experto conductor. De hecho, había estado durante muchos años haciendo de repartidor con un camión de gran tonelaje.
— Sujetaos, que me saldré en la próxima salida, pero de forma que no les dé tiempo salirse a ellos —les dijo el señor Merino a los chavales.
Cuando faltaban unos metros para la salida, giró todo lo que pudo el volante, pero con la precaución de no volcarlo. Las ruedas del viejo seiscientos rechinaron como nunca lo habían hecho, y sólo la habilidad de un chófer tan experimentado como el señor Merino, pudo mantener al coche estabilizado.
Metodio, al ver como giraban para salirse de la carretera, quiso hacer lo mismo, pero al no estar preparado (porque le pilló por sorpresa) no lo pudo hacer, y sólo le dio tiempo de pegar una fuerte frenada, quedando a más de cincuenta metros de la salida. Éste metió marcha atrás por el arcén y, aunque venían coches, no le importó causar algún accidente, con tal de no perderlos.

Capítulo 8.- La Isla Fantasía.

El señor Merino había cogido una pequeña ventaja y, aunque pensaba meterse en el pueblo de Premiar de Mar, para esconderse entre sus calles, unas obras que estaban haciendo en la entrada se lo impidieron, y se tuvieron que dirigir hacía la Isla Fantasía, que estaba al lado. Eran las siete de la mañana y, aunque el parque acuático estaba en temporada alta, aún estaba cerrado al público. Dejaron al seiscientos en la puerta y saltaron la valla del parque para esconderse dentro. Los delincuentes les iban pisando los talones y, segundos más tarde, dejaban su coche al lado del seiscientos. Salieron del coche lo más deprisa que pudieron y con dificultades para poder saltar la valla, por los problemas físicos que tenían, al final y con mucho trabajo, consiguieron entrar en el recinto.
— ¡Jordi! ¿Tú sueles venir a menudo a bañarte? –le preguntó Karim, mientras buscaban un lugar seguro para esconderse.
— ¡Sí!, pero sólo conozco las piscinas y los toboganes.
— Seguidme —dijo el señor Merino.
Éstos se habían ido a la zona de los picnic (la cual, el señor Merino conocía muy bien) y se habían escondido tras una caseta, en la que se vendían bocadillos y bebidas. Al estar la zona de los picnic en la parte alta del parque, se podía controlar bastante bien desde allí si alguien se acercaba.
Metodio les había dicho a sus compinches por donde tenían que comenzar la búsqueda, y los envió a la sala circo de actuaciones, que estaba en la misma entrada del parque. Era redonda y parecía una plaza de toros. En ella solía haber cada semana actuaciones musicales, dejando el redondel de la plaza para bailar. Tenía unas gradas de madera por todo el círculo menos por donde estaba el escenario, que era de unas dimensiones bastantes notables.
Metodio se quedó en la puerta, mientras sus dos compinches, registraban toda la sala circo.
— Mirad bien por debajo del escenario –les dijo Metodio a sus compinches, desde donde estaba.
Con los cuchillos en la mano, los dos compinches salían por la puerta.
— Aquí no están –dijo el mellado—. Miremos en la discoteca.
— ¡Sí! Vayamos hasta ella –dijo Metodio y, dando grandes cojeadas, se fueron los tres hacía la discoteca. Cuando llegaron al edificio que albergaba la discoteca y comprobaron que la puerta estaba cerrada, Metodio dio un fuerte golpe sobre ella con el bastón que llevaba. Éste, que siempre había presumido de ser muy tranquilo y tenerlo todo controlado, daba señales de estar perdiendo los papeles.
— Aquí no han podido entrar –dijo Metodio—. La puerta está cerrada. Busquemos por otro sitio.
Abandonaron la puerta de la discoteca y se fueron a la piscina de las olas. Iban mirando por todos los rincones y posibles escondites de la Isla.
— Mirad bien, que tienen que estar aquí –dijo Metodio, que iba por el pasillo central. Iba comprobando los posibles escondites que estaban cerca del pasillo, sin tener que abandonar su privilegiado punto de observación.
El señor Merino y los dos chavales, desde donde estaban, veían a los delincuentes peinar la zona por la que estaban pasando. Éstos tiraban al suelo, lo que les impedía ver algo y tras de ellos iba quedando todo prácticamente destruido.
Sobre las ocho de la mañana, los delincuentes comenzaron a buscar por la zona de los picnic y, cuando faltaba poco para llegar hasta el escondite que habían elegido ellos, se oyeron llegar varios coches (esta zona quedaba cerca de donde aparcaban los empleados) y los delincuentes pudieron ver como se bajaban cuatro empleados de sus coches. Éstos trabajadores del parque comenzaban el trabajo a las ocho de la mañana, y eran los responsables de poner en marcha toda la maquinaria, para que cuando abrieran el parque estuviera todo perfecto. Al llegar y ver a los dos coches mal aparcados y en la misma puerta, pensaron que algo no iba bien. Se dieron una vuelta por el parque y cuando vieron tantas cosas tiradas, pensaron que sería mejor llamar a la policía. Uno de ellos, que debía ser el Jefe de los cuatro, sacó un móvil y los llamó.
— ¡Buenos días! Soy empleado del parque acuático, la Isla fantasía.
— Les llamo para informarles de algo extraño que está pasando.
— ¿A qué se refiere, con eso de extraño?
— Estamos dando una vuelta por el parque y hay muchas cosas tiradas por el suelo. Además, hay dos coches mal aparcados en la misma puerta del parque y pensamos que estén dentro y sean delincuentes.
— No hagan nada ¿Cuántos sois?
— Cuatro.
— Manteneros juntos y esperar en la puerta del parque, que en cinco minutos llegará un coche patrulla.
— Gracias –dijo el empleado—. Muchachos, venid.
Uno de los empleados pasaba cerca de donde estaban los delincuentes y el mellado, haciendo un rápido movimiento, consiguió capturarlo. Éste le puso el cuchillo en el cuello y, poniéndose el dedo en la boca, le dijo que si hacía algún movimiento extraño, le rebanaría el cuello. El empleado, al oír aquello y sentir el frío del cuchillo en su garganta, le entraron unos nervios y una flojedad en el cuerpo, que se cayó desmayado al suelo.
El tuerto intentó coger a otro de los empleados, pero estaba cerca del escondite de los chavales y fue atacado por Conquistador. Al ver al lobezno y con el miedo que le tenía, se asustó y se cayó dentro de una de las muchas piscinas del parque. El empleado salió corriendo y con mucho miedo en el cuerpo, y se juntó con los otros dos compañeros, fuera del recinto del parque.
Metodio estaba al lado del tuerto y, cuando vio al lobezno como le atacaba, sacó un cuchillo que llevaba, con la intención de tirárselo. El señor Merino, al ver cómo alzaba el cuchillo, salió del escondite para distraerlo y que no se lo lanzara. En el momento en que éste miró hacia el señor Merino, Conquistador se abalanzó sobre él, haciendo que cayera a una de las muchas piscinas de la Isla.
El mellado estaba a unos treinta metros de ellos, junto al empleado del parque desmayado y, cuando vio al tuerto en el agua y a su Jefe revolcándose por el suelo, intentando quitarse de encima a Conquistador, salió corriendo para ayudarlo. El señor Merino salió en su encuentro y comenzaron una violenta pelea. El mellado conservaba el cuchillo en su mano y, creyéndose con ventaja en aquella pelea, le salió una leve sonrisa, de aquella apestosa boca.
— Te voy a trinchar como a un pavo de Navidad —le dijo el mellado, enseñando aquellos pocos dientes que le quedaban.
El señor Merino era mayor que el mellado y, aunque también tenía el problema del brazo izquierdo (con poca fuerza), estaba muy fuerte y era mucho mejor luchador que el mellado. Por lo que la ventaja del cuchillo en la mano del delincuente no representaba tal ventaja y la pelea estaba resultando bastante igualada. En uno de los lances de la lucha, el señor Merino consiguió quitarle el cuchillo, y el mellado fue perdiendo resistencia, hasta que recibió un certero puñetazo, quedando fuera de combate.
Karim y Jordi salieron en busca de Metodio, que intentaba quitarse de encima a Conquistador. Karim cogió del suelo el cuchillo y lo tiró a la piscina; mientras tanto, el tuerto intentaba salir del agua. Jordi le dio un fuerte golpe con el bastón de Metodio, que se le había caído al suelo. Al recibir el golpe en el brazo dañado, pegó un fuerte grito de dolor, cayendo otra vez al agua. Metodio había conseguido ponerse de píe y Jordi, que estaba cerca de él, le pegó un golpe en la pierna buena con su propio bastón, haciendo que éste diera un fuerte grito de dolor y cayera de nuevo al suelo.
En ese momento llegaba el Sargento Olivares y Martínez con cara de cansancio, junto con los tres empleados del parque. Éstos fueron corriendo en busca de su compañero y, cuando vieron que sólo estaba desmayado, se pusieron muy contentos.
Los tres delincuentes fueron esposados de inmediato y custodiados por Martínez, mientras el Sargento hablaba con el señor Merino y los chavales.
— Sois unos valientes –les dijo el Sargento, y les dio la mano a los dos chavales—. Gracias, señor Merino, habéis hecho un excelente trabajo.
— Gracias a éstos dos valientes y a su perro hemos tenido un final feliz.
Metodio fue interrogado duramente y dijo el motivo por el que había matado a Nicolás.
— ¿Por qué lo mataron? –le preguntó el Sargento a Metodio.
— Se quería chivar.
— ¿De qué se quería chivar?
— De lo que estábamos haciendo.
— ¿Qué estabais haciendo?
— Nosotros cobramos muy poco, el salario que nos da el señor Vicente es de mierda. Entonces, habíamos hecho una sociedad entre nosotros tres, para conseguir algo más de dinero.
— ¿En qué consistía la sociedad?
— Sustraíamos un poco de dinero de las entradas. Lo que pensábamos que nos pertenecía por nuestro trabajo, y jamás cogimos de más.
— ¿Cómo lo hacíais?
— El señor Vicente controlaba las papeletas vendidas y, según el número que se vendían, tenía que cuadrar con el dinero que había en la caja. Para que al señor Vicente le cuadraran las cuentas, nosotros teníamos talonarios dobles de todas clases y según la gente que acudía al circo, poníamos más o menos papeletas de las nuestras y retirábamos el dinero de la caja. Dicha caja era entregada al señor Vicente con los talonarios sobrantes y nunca sospechó nada. Las cantidades que le quitábamos, tampoco eran demasiado grandes. Sólo sustraíamos lo que pensábamos nos pertenecía para tener un salario digno.
— ¿Y que pasó con Nicolás?
— No sé como se enteró, pero nos amenazó con contárselo al señor Vicente y tuvimos que acabar con él.
— ¿Dónde está su cuerpo?
— En uno de los agujeros de la cueva.
La policía pudo recuperar el cuerpo de Nicolás, y Metodio fue condenado a treinta años de cárcel, y sus compinches a cinco cada uno.
Los payeses fueron curados y Josep se fumaba un cariqueño en la puerta de su casa. Éste había adquirido dos cachorros (de pastor alemán) y los tenía junto a él durmiendo, después de haberse bebido el biberón que les había dado Montserrat.
El señor Merino estaba tranquilamente fumando en su pipa, mientras Karim y Jordi jugaban con Conquistador por aquel verde bosque, buscando nidos de pájaros y alguna que otra culebra.

Guillermo Jiménez Pavón


Índice


Prólogo...………....………………………………………………

Capítulo 1. La llegada de Conquistador.…………………………

Capítulo 2. El asesinato de Nicolás……..………………………..

Capítulo 3. Una tarde de circo…………….…………………….

Capítulo 4. La vuelta a la cueva.......……………………………

Capítulo 5. La herida del señor Merino...……………………….

Capítulo 6. La policía investiga la desaparición de Nicolás.……

Capítulo 7. La persecución por el bosque.………………………

Capítulo 8. La Isla Fantasía...……………………………………







elditero
Autor: elditero (GRANOLLERS)
Publicados: 5 textos

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