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AL-ANDALUS 2017

AL-ANDALUS 2017 ( 07-07-2016 )

Género: Ciencia ficción. No ficción.
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parte I. Capítulo 1.

–Papi, Martín quiere hacer pipí –me dijo mi mujer mientras me daba con el
brazo. Casi sin despertarme, me levanté de la cama, móvil en mano a modo de
linterna para no tropezar con nada, aunque ya me conocía de memoria el recorrido
que iba de mi dormitorio al de los niños. Me acerqué a la habitación y ahí estaba
Martín, sentado en su cama, llamándome a voz en grito.

– ¡Papá! ¡Papá!

¡No sé cómo no me había enterado! Generalmente me despertaba con
cualquier sonido que viniera de la habitación de los chicos, pero esta noche debía
estar demasiado cansado para enterarme.

Siempre me había parecido curioso que los niños, cuando se encontraban
enfermos, llamasen a su madre, pero cuando querían agua o ir al servicio por la
noche, a quien llamaban era a mí. Es como si intuyeran que, para las cuestiones
importantes, sólo podían confiar en su madre. Ahora comprendo que no les faltaba
razón.

Vamos Martín –le dije bajito mientras lo acompañaba al servicio. Después
de acostarlo en su cama, de regreso a la mía, miré la hora en el móvil. Eran las tres y
veinticinco minutos.

“En tan sólo tres horas me tendré que levantar para hacer mi hora diaria de
bicicleta” –pensé con agobio, deseando volver a cerrar los ojos y dormir. Llegué a la
cama y me acosté.

Lo que me despertó, como casi todos los días, no fue la alarma del móvil, el
cual hacía tiempo había dejado de ser útil una vez que se acabó la batería y no había
electricidad para cargarla, ni operador que prestase el servicio. No, lo que me
despertó fue el ruido. Ése tan característico que hacen los helicópteros de
reconocimiento al sobrevolar a baja altura la posición en la que me encuentro.

Una vez despierto, nada de lo que me rodeaba era como en mi sueño. Era,
tan solo, la cruda y dura realidad. El sueño que había tenido, como casi todas las
noches desde hacía algún tiempo, era fruto de la nostalgia de mi vida pasada, cuando
era feliz, cuando todo iba bien. Pero los tiempos habían cambiado. Mi vida ya no era
feliz, no como antes, aunque resulta sorprendente lo rápido que el ser humano se
adapta, casi siempre, al entorno en el que le toca vivir. Era una frase que solía
comentar con mis compañeros de trabajo: “a todo se acostumbra uno”. Eso sí acostumbrarse a esta nueva realidad era más duro que cualquier otra experiencia que
hubiera vivido anteriormente.

Definitivamente sí, antes sí que era feliz: cuando vivía en mi piso con mi
mujer y mis tres niños; cuando la preocupación del día era si alguno estaba enfermo,
si habían hecho los deberes del colegio, o si habían recogido los juguetes. Incluso
ser despedido después de seis años trabajando en una empresa como comercial, me
parecía bueno comparado con lo que tengo ahora. Todo entonces era mucho más
sencillo, más fácil, más simple, más seguro.


Mi vida se limitaba a una añorada rutina: trabajo, familia, parroquia. Sí, digo
parroquia, porque antes, asistía a la iglesia, junto con mi familia, todos los
domingos. Era creyente, católico practicante para más señas. Lo que no sé es por
qué he puesto “era”, cuando aún lo sigo siendo, a pesar de todo. Siempre he pensado
que resulta muy fácil dudar de Dios, o “enfadarse” con él, cuando las cosas no salen
como queremos, o cuando ocurren acontecimientos que no entendemos. Ahora bien,
si nos fijamos atentamente en la Historia, casi todas las grandes tragedias de la
humanidad las ha ocasionado el ser humano por su ambición, por su egoísmo, por su
afán de poder, de tener, de ser. Lo mismo ocurre en los aspectos más cotidianos de
nuestra vida. Si en vez de ofendernos por tal o cual cosa que fulanito ha dicho o
hecho, me preocupara más por ayudar al otro, el mundo habría ido mucho mejor.
Pero no. Nos empeñamos en hacer siempre lo que queremos, lo que nos da la gana,
“lo que me apetece”. Así nos va.

Mi mujer, Elisa, como le solía llamar cuando estaba enfadado, era tres años
menor que yo. Tras sus tres embarazos mantenía, al menos así me lo parecía, una
envidiable figura y conservaba, por supuesto, todo su carácter. Ése que, en
ocasiones, le hacía comportarse de manera infantil frente a los pequeños problemas
cotidianos, pero que, al mismo tiempo, le hacía capaz de afrontar, con una valentía y
una fortaleza impresionante, las dificultades más adversas. En más de una ocasión le
tuve que decir que se minusvaloraba y que era más fuerte de lo que ella misma se
podía imaginar. Porque lo era, aunque no lo creyera.

Lo demostró, en primer lugar, en los nacimientos de nuestros dos primeros
hijos. El mayor, Daniel, tuvo un nacimiento muy largo. Cuando llegó el momento,
después de más de doce horas de parto, la epidural no funcionó y mi mujer dio a luz
sin anestesia y con forceps para poder extraer al niño.

Daniel, con su espíritu competitivo, su afición al deporte en general y al
fútbol en particular. Aún no sé de quién ha sacado esa afición. Se levantaba por las
mañanas y, en lugar de poner dibujos animados en la tele, veía canales de deportes.
A pesar de ser el mayor era bastante infantil en algunos de sus comportamientos,
sobre todo en lo que a las comidas se refería. De carácter risueño y algo inseguro, se
iba transformando en un adolescente con carácter y mucho genio, enfadándose por
tonterías y “estallando” a voces a la primera de cambio.

El nacimiento del segundo hijo, Luis, fue más rápido, pero no por ello menos
doloroso. Cuando llegué al hospital con mi esposa, tuvieron que inyectarle oxitocina
para acelerar la dilatación. Cuando llegó el momento del nacimiento, no dio tiempo
a que acudiera el anestesista. Así que sufrió todas las contracciones seguidas, más el
parto sin anestesia. Eso es fortaleza, y no lo que tenemos los hombres.
Luis era especial. De los tres, según coincidían todos, era el más guapo.
Evidentemente salía a la madre. Era de una personalidad bastante peculiar. De
mirada y gesto dulce, era capaz de desconcertarte con las preguntas que llegaba a
plantear. Admiraba y se recreaba con los animales, especialmente con las aves
rapaces, y le gustaba coger el ordenador y conectarse a internet para ver fotografías
de halcones y águilas en vuelo.

Después llegó el pequeño Martín, con cara de Niño Jesús, como decía mi
madre, pero que, de bueno, sólo tenía eso, la cara. Travieso, independiente, juguetón
hasta la saciedad, era capaz de desquiciar a cualquiera, incluso a Luis, que jugaba
estoicamente con él, hasta que, llorando, nos decía que no quería seguir jugando.
Eso sí, cariñoso y encantador, era capaz de, a sus tres años, mirarte y guiñarte un
ojo, metiéndose a cualquiera en el bolsillo. Como mi mujer decía en ocasiones: “Si
no fuera por estas cosas, sería para devolverlo”.

En fin, mi mujer, mis hijos, mi familia, mis amigos, mi vida.

Pero eso también se acabó. Todo acabó.

Me siento, metido aún en el saco, en mitad de la oscuridad. Sólo la poca luz
que entra por la entrada de la cueva donde estamos escondidos ilumina tenuemente
mi entorno. Javi está de guardia, fusil en mano, parapetado tras los arbustos que
ocultan la entrada. Le correspondía el último turno de guardia de la noche, así que
ahora le toca dormir. Imagino que soñará, como yo, con su pasada vida. La verdad
es que hablamos poco sobre ello. Puede que nos duela demasiado recordarlo como
para charlar sobre nosotros mismos. Aunque, quizás, sería conveniente hacerlo. Al
menos creo que me ayudaría a sacar afuera el dolor que siento en mi interior y la
sensación de vacío que muchas veces me invade. ¡Vaya palabra! “Invasión”.

Actualmente somos seis, aunque sabemos que hay algún grupo más como
nosotros disperso por la sierra. La Historia siempre nos enseña, aunque la mayoría
de las veces no seamos capaces de aprender de ella. Así que ahora somos
“guerrilleros”, como en su momento lo fue Viriato y otros posteriormente.

De los seis, Javi es el más joven con sus veintitrés años. Estudiaba Química
en la Universidad cuando todo empezó. Es el manitas del grupo. Dale una pila
alcalina y un explosivo y es capaz de programar su detonación a la hora fijada. Un
poco exagerado, lo sé. La verdad no sé cómo lo hace. Yo siempre fui un negado
para esas cuestiones, y para otras muchas. Delgado, moreno, alto y de ojos de un
azul inquietante. Cuando se pone serio y te mira con esos ojos azules parece que
estuviera leyendo en tu interior. Joven, intrépido y un poco alocado en ocasiones,
ahora, como a todos nosotros, le ha crecido la barba, aunque no muy poblada.

Antonio es el más veterano con sus cuarenta y cinco años. No está para
muchos trotes pero se le da muy bien planificar y ordenar. Lo consideramos, de
manera oficiosa, el jefe del grupo. Si bien es cierto que no tenemos ningún oficial
superior como tal, pues todos tenemos la misma graduación, le hemos atribuido esa
función dada su capacidad de liderazgo y su habilidad para desarrollar y planificar
las misiones y objetivos. Además, fue elegido “enlace” entre nuestro pelotón y
nuestro sargento, cuando estuvimos en el campamento de reclutas. Nos infunde
confianza y es capaz de hacer de nosotros un equipo eficiente.

Clara es una de las dos chicas que están con nosotros. A sus veinticinco
años, con lo que ha pasado, parece mayor, aunque imagino que igual que todos
nosotros. Yo mismo no me reconozco cuando me miro en el espejo. Morena de piel,
y un cabello negro largo y rizado. Es organizada y metódica. Junto con Antonio se
encarga de la planificación.

Alicia, Ali como le decimos nosotros, es sólo un año mayor que Clara, pero
no se parecen en nada. Ali es la única que parece más joven de lo que es en realidad.
Aparenta tener veintiuno o veintidós años, en lugar de veintiséis. No sólo por su
aspecto físico, sino por su carácter. A pesar de las circunstancias todavía conserva
las ganas de bromear, reírse, hacer fiestas, etc. A veces llega a exasperarnos. Parece
como si, para ella, todo esto fuera un juego. En ocasiones se comporta como una
adolescente: desafiando a la autoridad, temeraria, alocada. Pero, por otra parte,
reconozco que, en muchos momentos, es la que consigue sacarnos a cada uno de
nuestro mundo interior en el que nos sumergimos de vez en cuando, generalmente
después de regresar al campamento tras alguna de nuestras salidas; y nos convierte
en un grupo de personas, capaces de hablar, contar chistes, incluso jugar. Es la
alegría del grupo. Mantiene una estrecha relación con Javi, aunque creo que aún no
son “pareja”. Fundamentalmente se encarga del “almacén”. Controla nuestras
existencias de comida, bebida y munición. ¡Ah! y custodia con celo la baraja de
cartas, muy útil cuando hay que pasar el tiempo sin hacer nada.

Raúl, que fue el último en incorporarse a nuestro grupo, tiene treinta y cuatro
años. Trabajaba como profesor de secundaria, dando clases de Historia. Decimos
que es nuestro maestro particular, porque siempre nos está contando historias sobre
personajes o acontecimientos del pasado como analogía para explicar
acontecimientos del presente. Alto y de cabello negro como el carbón, sus ojos de
un marrón intenso desprenden una chispa indescriptible. Raúl y yo no tenemos una
misión específica, ya que somos los menos habilidosos. Nos encargamos, por
turnos, de la radio, de manera que estemos, en la medida de lo posible, en contacto
con el resto de la Resistencia. Sin embargo, usar la radio aquí en la sierra se ha
vuelto complicado y muy peligroso. La usamos muy poco, pero la mimamos como
si fuera nuestra niña bonita.

Por último estoy yo, Dani, con mis cuarenta años y algunos kilos de menos
desde que empezó todo. Es evidente que para perder peso, aparte de mi bicicleta
estática, lo que necesitaba era comer menos y andar más. Eso es lo que,
básicamente, hago últimamente. Yo también tengo barba, pero la mía me la dejé
crecer a los diecinueve años y siempre me ha acompañado desde entonces.
Cuando salgo de mi saco de dormir, los demás ya están levantados y
desayunando, como siempre, un desayuno frío a base de fruta enlatada y galletas. El
fuego sólo lo encendemos un rato por la noche y lo más adentro posible de la cueva,
para que no se vea luz desde el exterior. Aunque nuestra zona es relativamente
segura, no es raro ver patrullas de aviones y helicópteros sobrevolando nuestra
cueva y no nos podemos arriesgar a que vean el humo del fuego.

Javi abandona su posición y se dirige hacia nosotros, en el interior, para
desayunar y acostarse a descansar.

–Este mediodía tendremos una reunión para ver qué vamos a hacer –dijo
Antonio. –Llevamos más de una semana escondidos en la cueva sin hacer nada y no
podemos continuar así –prosiguió.

–Tienes razón, Antonio, pero no hemos conseguido contactar con nadie para
saber cómo va todo, qué hacer o a dónde dirigirnos. Raúl y yo lo hemos intentado y
no ha habido forma, ¿verdad Raúl? –expliqué.

–Efectivamente, así ha sido. Nada de nada por más vueltas que le hemos
dado a la sintonización de canales –corroboró Raúl.

–Es extraño –dijo Antonio. –Raúl, sigue intentándolo. Javi, descansa un rato.
Clara y Dani, repasad las armas, limpiadlas y junto con Ali, contad cómo andamos
de suministros. Yo me quedo de guardia.

Nos pusimos a ello. Siempre era bueno tener algo que hacer para distraer la
mente. Cogimos los fusiles de asalto HK G36E, con el que nos equiparon cuando
estuvimos en el campamento de instrucción, menos el de Antonio, así como las
pistolas y nos dispusimos a desmontarlas y limpiarlas. Nunca desmontábamos más
de un arma a la vez, por si teníamos que usarlas. Aunque hacía ya algunos días que
no veíamos ninguna patrulla de soldados enemigos peinando nuestra zona, Antonio
siempre nos decía que no debíamos bajar la guardia, que el exceso de confianza
podía suponer nuestra muerte. Así que nos distribuíamos el trabajo. Raúl se puso
con la radio, mientras Javi se acostaba en su saco y cerraba los ojos. Antonio, con
los prismáticos vigilaba.

Delante de la cueva, situada en la ladera de una colina, se extendía un prado
de maleza, pero sin muchos árboles. Es por eso que no salíamos de día, salvo que
fuera estrictamente necesario. Nuestro escondite era bastante seguro. A nuestro
alrededor sólo había maleza muy frondosa y más adelante arbustos y árboles
dispersos aquí y allá. La carretera más cercana estaba a unos dos kilómetros de
nuestra posición. El pueblo más cercano a unos doce kilómetros y a seis, el cortijo
más próximo, actualmente abandonado y desierto.

Una vez terminamos de limpiar las armas, repasamos la munición de que
disponíamos: dos cargadores de pistola, para cada uno, así como tres de fusil, con
treinta balas por cargador; una granada de mano y casi veinte kilos de goma 2-eco
que nos quedaban de lo que habíamos conseguido robar de la mina.

Hasta ahora, todas nuestras salidas habían sido para realizar algún tipo de
sabotaje: cortar cables eléctricos, volar alguna antena. En general, poca cosa. No se
podía decir que fuéramos a ganar la guerra con nuestras acciones, pero, al menos,
incordiábamos un poco al enemigo y lo manteníamos ocupado. Todo sin tener que
disparar un solo tiro. Salíamos de noche, caminábamos y caminábamos hasta llegar
al objetivo, actuábamos y regresábamos corriendo.

Siempre íbamos cuatro, mientras que dos permanecían en el campamento por
lo que pudiera pasar. Creíamos que si caíamos en alguna emboscada, era mejor que
alguien se librara. Caminábamos siempre en pareja y separados por unos quince o
veinte metros, de manera que los que iban delante pudieran avisar a los de atrás en
caso de encontrarnos con algo. Solíamos ser muy cuidadosos. Sabíamos que
cualquier descuido podía significar nuestro final. Los invasores, cuando se trataba
de soldados armados, no se andaban con tonterías. En definitiva, se trata de
incomodar, de hacerles la ocupación un poco más difícil.

Después de limpiar las armas y repasar la munición, estuvimos comprobando
las provisiones. Aún teníamos algo de fruta en almíbar, algunas latas de conservas,
atún también en conserva y tres cajas de galletas. Las galletas nunca habían sido uno
de mis alimentos favoritos. Ahora, por el contrario, a falta de pan, buenas son
galletas. Era necesario que saliéramos a buscar más provisiones. Las salidas para
aprovisionarnos cada vez se habían vuelto más peligrosas y, lo peor, más
infructuosas. Evidentemente, el primer punto donde fuimos a buscar fue a la
Hacienda el Duque, que era la que se encontraba más cerca. La primera vez que
estuvimos allí, huyendo de los invasores hace ya cuatro meses, pudimos encontrar
bastante comida. De hecho lo que nos quedaba era de lo que habíamos encontrado
allí. La segunda vez casi no quedaba nada. Los invasores también habían estado allí
y lo habían dejado todo destrozado. Se habían llevado el ganado que quedaba vivo,
así como los utensilios de cocina, vajillas, electrodomésticos, etc. Hasta los
colchones y almohadas. Menos mal que dejaron algunas mantas que nos venían muy
bien por las noches.

También habíamos ido al pueblo, pero como teníamos que hacerlo de noche,
no podíamos conseguir gran cosa. Todo estaba siempre cerrado a cal y canto y sólo
algunos habitantes se arriesgaban a colaborar con “los terroristas”.

Sí, así era como nos denominaban los invasores. Era indignante que, después
de haber sufrido durante más de cuarenta años la barbarie terrorista de la ETA, a
nosotros, los combatientes de la resistencia, nos llamaran “terroristas”.


manuadt
Autor: manuadt (Sevilla)
Publicados: 1 textos

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