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SUAVES MANOS DE PAPEL

SUAVES MANOS DE PAPEL ( 25-09-2016 )

Género: Misterio. Romántica.
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<< La belleza de la mujer se halla iluminada por una luz que nos lleva y convida a contemplar el alma que tal cuerpo habita, y si aquella es tan bella como ésta, es imposible no amarla>>
<< La hermosura es una tiranía de corta duración>>

(Socrates)




CAPITULO 1: SOMBRAS OCRES.

1.
El viento soplaba. El olor a canela recorría cual ratón los rincones del pueblo. El sol estaba próximo a despertarse y el sonido de las primeras almas desperezándose hacía presencia. El humo danzante de las chimeneas, parecía recorrer el camino inverso a su caluroso origen de cáscaras de nueces húmedas preparadas para tal fin, y el crujir de las estufas al sentirse utilizadas, gritaban de satisfacción de ser útiles en esos duros días de invierno.
Las estrechas y angostas calles estaban recubiertas por una fina sábana de frágil hielo, esperando ser retirado por los primeros destellos de sol, acariciándolo para que se marchase, para ser nuevamente útiles en las noches que estarían por llegar.
A pesar de ser ya una hora prudente para estar en marcha de la faena del lunes, era todavía noche cerrada. Las estrellas parecían no querer retirarse, al fin y al cabo, eran unas verdaderas trabajadoras que solo querían realizar bien su trabajo y no marcharse prematuramente. Solo cuando su relevo en el firmamento toma presencia, es cuando desaparecen.
Pero por más frío e inclemencias que fuera a aparecer en esta mañana, en el horno de la vieja panadería, hacía horas que ya se habían retirado las brasas de la húmeda leña cortada días en un año baldío. El pan estaba próximo a empezar a cocerse y el olor de los pasteles saboreaba ese toque a canela. Esa dulce fragancia era la que realmente hacía despertar al pueblo.

Agarró la escopeta. Era vieja, tosca y su empuñadura ya tuvo tiempos mejores. El cinto que recorría desde la boca hasta el mango era de un esparto mal trabajado. Claramente no era original, de la que tiempo atrás fue un arma formidable.
Tomó casi por inercia tres cartuchos y se los echó al bolsillo. Antes de esta maniobra, se cercioró de que no tuviera ningún jirón, ya tuvo malas experiencias con objetos de alto valor depositados en ellos.
Antes de salir por la puerta, se dirigió al hogar. Comprobó que el fuego estaba comenzando a bailotear entre tocones de viejos almendros, y decidió echar alguno para mantener caliente el salón por algunas horas más sin que se llegara a apagar. Él continuaba a pensar que la mejor manera de mantener la casa caliente, era una buena fogata de viejos maderos, nada de estufas de cáscaras de almendra o nueces. El fuego era para la madera y no para esas tonterías que algún muerto de hambre había inventado para aprovechar los restos de alguna fábrica de turrones o vete tú a saber qué.
Retiró el pequeño cazo de hojalata que media hora antes había utilizado para prepararse el café. A pesar de la tosquedad y rudimentaria forma de hacerlo, el olor era fuerte e intenso. El café lo compraba en grano. Él mismo lo tostaba y lo introducía meticulosamente todos los domingos por la noche en un molinillo herencia de su familia paterna. Todas las mañanas, mientras se hacía la barba y se aseaba, cocía aquel polvo achocolatado juntamente con agua. Esta operación se repetía monótonamente día tras día.
Era su desayuno conjuntamente con una onza de chocolate negro la Campana y dos dedos de anís seco. Él siempre decía que era mucho mejor que esa mierda que la gente tomaba de leche, bebida para amamantar a los terneros y que a él por el momento le repudiaba.

En el rincón derecho de la chimenea, se encontraba el bebé. Lo agarró fuertemente haciendo que inmediatamente el pequeño llorara enérgicamente. No le importó salvo que sus negros ojos se llenaran de cólera, lo que hacía que instintivamente apretara más la manta de lana llena de polvo que dos días antes había recuperado de la cámara de la casa. Seguramente fuese de su padre, que utilizaba cuando pastoreaba en las noches al raso cuidando de su ganado.
Cuando dejó de llorar, no porque no le doliera, sino porque se había quedado sin energía, tomó rumbo hacia la calle. Abrió la puerta introduciendo una enorme llave de hierro ya negro y limado por los años de uso, y giró tres veces la cerradura. La llave había sido tantas veces utilizada, que debía ponerse de una forma muy peculiar para que se pudiera girar hacia la derecha. Empujó la puerta de una patada y puso los pies en la fría mañana. El aire le golpeó agresivamente haciendo que casi de inmediato se le agrietaran los labios.

El bebé comenzó nuevamente a llorar. Se tenía que dar prisa.

2.

Hacía calor. A pesar de ser primavera, el sol radiaba como si fuese agosto.
El agua de la piscina brillaba pareciendo gritar que fuera invadida urgentemente. Pero eran tan solo las nueve de la mañana, no siendo un buen momento.

Se había puesto el biquini rojo que tanto le gustaba. A esa hora la piscina del hotel estaba completamente vacía, lo que hizo descontraerse y tomar el sol absolutamente absorta en sus pensamientos, sin tener que preocuparse en el mundo que le rodeaba, sin preocuparse de los mirones. Hizo un análisis pormenorizado del día anterior.

Llegó al aeropuerto de Lisboa sobre las ocho de la mañana. Nunca había pisado Portugal, y estaba ansiosa por recorrer sus afamadas calles empedradas. Le habían hablado maravillas de la ciudad. No dudaba, en la parte de la tarde, si todo salía bien, perderse por el Barrio Alto, o el bohemio Chiado.
Pilar trabajaba para una multinacional de ropa textil. La semana pasada le habían comunicado que debería tratar personalmente las negociaciones con una gran cadena de distribución portuguesa para la introducción del nuevo producto que la empresa acababa de lanzar. Ya en el pasado habían trabajado con esta cadena, pero la empresa de Pilar quería definitivamente consolidar su relación comercial, por lo que quién mejor para llevar las arduas negociaciones y explicar el producto que la responsable comercial del departamento de exportación de la compañía.
Iba a tratarse de un viaje de 3 días, siendo puramente por motivos laborales el primero.

Cuando el avión llegó al aeropuerto, le pareció extraño e incómodo que tuvieran que subirse a un autobús para que les trasladaran a la terminal. Pilar era una persona impaciente. Le gustaba salir de los primeros del avión y tomar su camino. Raramente facturaba la maleta, para evitar tener que esperar a que salieran por las cintas transportadoras, pareciendo más un sorteo en el que se espera a ser agraciado con tu propio equipaje. Al tratarse de un viaje de corta duración, en esta ocasión, obviamente la subió a la cabina del avión. Fueron treinta minutos de sofocante calor los que tuvo que soportar dentro del viejo autobús, sin apenas asientos esperando que todo el puñetero pasaje subiera a él. Estaba completamente malhumorada. En otro momento hubiera tomado su teléfono móvil y hubiera revisado los correos electrónicos más urgentes de tratar, pero se había quedado sin batería.
El autobús se puso en marcha. Afortunadamente el viaje desde Barcelona venía prácticamente vacío por lo que la sensación no era tan claustrofóbica como podría.
Bajó por la rampa que daba ya al hall del aeropuerto. Nunca le gustó ese momento. Todas las miradas puestas en las personas que por allí descendían siendo juzgada una y otra vez por su forma de andar, por su vestido o porque salía antes ella que su amado esposo que llevaba dos meses sin verle.
A lo lejos, detrás del bullicio de la gente, con un cartel, flores y todas esas tonterías, se encontraba un joven apuesto con un refinado y fino bigote que recordaba a los que se llevaban en un tiempo ya muy pasado, haciendo amán para que se le viera, al menos el cartel con el nombre de Pilar Roca.

El señorito João no era muy hablador, solamente se limitó a llevarle al hotel indicándole que sobre medio día, pasaría a recogerla. Le parecía gracioso que se dirigiera a ella por Dotora. No entendía muy bien el significado de aquella expresión. El camino desde el aeropuerto al hotel, situado a las afueras de la ciudad, duró aproximadamente cuarenta minutos. En su imaginación, había supuesto que el hotel se encontraría en el centro de la ciudad, pero conforme se acercaba a su destino, entendió perfectamente que la empresa eligiera aquella ubicación, Sintra.
Al entrar en la villa, se transportaron inmediatamente trescientos años atrás. Era formidable admirar aquel palacio con dos enormes chimeneas blancas presidiendo el centro del pueblo. El bullicio de los turistas recorriendo las angostas calles, no estropeaba el idílico marco. Sobre el lugar, vigilante y protectora, se encontraba una sierra cubierta por un manto verde en cuya cima se podía admirar el castillo de época más bonito y encantador que sus ojos jamás admiraría. De color rosa carmesí, su nombre no hacía honor a tal belleza, o Palacio da Pena.
El calor predominante en Lisboa a pesar de ser horas vespertinas, en la villa se había transformado en una fina brisa.

A Pilar no le daba tiempo a admirar cualquier rincón, cuando de repente le sorprendía un edificio o una calle a cuál más encantadora.
Recorrieron el pueblo en pocos minutos antes de llegar a su hotel, un majestuoso edificio que otrora fue un importante palacio, o Palacio de Setais.
Eran aproximadamente las diez de la mañana cuando se tumbó en la alargada cama de dos metros por dos metros con una altura que incluso para su ágil cuerpo, en la que le fue costoso subir. Más que tumbarse se perdió en ella. A pesar de estar ya acostumbrada a dormir en hoteles de medio mundo tan sólo teniendo como compañía a su inseparable tableta, se sintió por unos segundos, unos maravillosos diez segundos, una verdadera princesa. Meditó durante unos minutos cuál sería su siguiente acción, mientras sus bonitos ojos castaños se llenaban de aquella recargada pero a la vez preciosa decoración de época manuelina. Y decidió. Se tomaría un rápido baño y descansaría. La reunión estaba preparada de antemano. La larga espera en el aeropuerto de Barcelona, punto de escala de su viaje desde Sevilla, le permitió revisar los principales puntos que iría a ser abordados con perseverancia y arrojo.
Su empresa le había dado libertad absoluta en la negociación siempre y cuando cumpliera con los mínimos de rentabilidad marcados por el departamento financiero, y no dejara escapar el mercado portugués, prioridad absoluta para la dirección. Tenía incluso pensado el vestido que llevaría. Sabía que su interlocutor sería un hombre, así que decidió aprovechar, o al menos sacar algo de partido a sus insinuantes curvas. Sabía que las mujeres españolas no eran muy bien recibidas en el país vecino por la fama que tendían de ser coquetas y maquillarse en exceso, y no lo haría, pero nada le habían dicho de las formas, de su bonito cuerpo, herencia de sus raíces latinas. Se pondría un vestido ceñido de color rojo cogido a su elegante cuello que le remarcaba su figura y que no toda mujer podía atreverse a llevar si no quería que se marcaran más allá de las curvas, y unos buenos tacones de aproximadamente 7 centímetros de altura. El vestido se le ajustaba como una segunda piel. Obviamente el maquillaje sería sutil pero remarcando sus angulosos pómulos y sus carnosos labios. Sobre la decisión de que recogido de pelo llevaría, lo decidiría en último momento, si se hacía una cola de caballo o lo llevaría suelto. Su melena rizada era fácilmente domable.
Llenó la bañera de agua no excesivamente caliente, se desnudó tirando la ropa mismo a lado del lavabo, dejando sus vaqueros y ropa interior de forma cualquiera. Nunca alardeó de ser una chica ordenada. Previa comprobación de que el agua se encontraba a su gusto, conectó el hidromasaje y se introdujo en la bañera, deslizando suavemente su delicado cuerpo de color rosado en el agua.
En eso momento, su estómago le dio un vuelco. Estaba nerviosa.

3.

Pilar continuaba en la piscina del hotel. Había hecho un paréntesis en sus pensamientos más o menos ordenados de lo que había sido el día anterior. Quería probar el agua, quería porque no decirlo, presumir de estilizada figura delante de aquel grupo de jóvenes turistas alemanes, a tenor de sus rojizas caras y porque eran de las pocas personas que conocía que eran capaces de tomar una cerveza de considerable tamaño sin descanso desde las once de la mañana. No habían dejado de observarla desde que habían llegado a la zona del césped, a escasos metros de la piscina donde se amontonaban las tumbonas esperando ser tomadas por turistas dispuestos a pasar un día al sol. Les sonrió en un par de ocasiones de forma pícara, como antesala a la actuación perfectamente estudiada y tantas veces ensayada delante del espejo del aseo de su apartamento. Se sentía admirada. Se sentía guapa, se sentía irresistible. Todo lo que había ocurrido el día anterior, hizo que se sintiera la mujer más poderosa del mundo.

Decidió no recogerse el pelo. A pesar de la humedad de Sintra sumada al baño de agua caliente que hizo que su pelo se volviera rebelde, consiguió domarlo a duras penas, pero comprobó que era de su agrado, le daba un aire desenfadado y salvaje que entendía podía ser de gran ayuda.
El vestido rojo, le quedaba exactamente como recordaba. Se lo había enfundado en tan solo un par de ocasiones, y a pesar de que éstas habían sido más, por así decirlo, conquistas de otra índole, entendía que aquella no dejaba de ser otra batalla del sexo femenino donde su cuerpo era un arma que no iba a dejar de utilizar.
El vestido al ser cogido al cuello, tuvo que ingeniárselas para buscar una americana que fuera sencilla pero que dejara insinuar lo que llevaba debajo. Estaba todo milimétricamente programado. Al ser una reunión a las doce y media, entendía que su interlocutor, después de una ardua reunión donde claramente se sentiría el ganador y deseado al ser él requerido, no dudaría en ofrecerle en uno de los mejores restaurantes de Lisboa, una magnífica comida. Y sería aquí, donde Pilar quería lucir el vestido, al despojarse de la chaqueta. Y sería en este punto donde claramente cerrarían la negociación, siendo un momento vulnerable para el hombre.
Mientras terminaba de perfilarse los labios, su sonrisa delataba su esperada victoria. Nada podía evitar que saliera triunfadora de aquel día.

El joven João, le esperaba en recepción. Su rostro enrojecido delató admiración por su deslumbrante belleza, a pesar de sus inútiles intentos por disimularlo. Pilar lo sabía y fue cruel al exagerar su coquetería hacía él, intentado derrumbar aquella imagen de socarrón y malhumorado de horas antes. A pesar de su tez oscura, se denotaba que estaba completamente nervioso.

A las doce y media, como estaba previsto, se encontraba en el hall de un enorme edificio de oficinas enteramente de la cadena. No tuvo que esperar, ni tan siquiera comunicar su llegada a recepción, le estaban esperando. Quedó perpleja de que se hubieran tomado tantas molestias. Allí en medio de una enorme entrada, se sentía una gota en el océano, y que estuvieran aguardando su llegada, entre la multitud de personas trajeadas, le hizo sentirse agasajada.
Hacia ella se dirigieron tres personas, dos mujeres de mediana edad que parecían más unas amargadas monjas de algún hospital, y un joven apuesto de unos veinte años. Toda su estrategia se derrumbaba por momentos.

— ¿Señorita Roca?— dijo la voz de aquel joven pero corpulento hombre en perfecto castellano.
— ¿Sí? — respondió.
— Lamento esta intromisión y forma de abordarla. Teníamos marcado una reunión, pero me ha surgido un imprevisto. Disculpa no me he presentado. Soy Pedro Oliveira.

Pilar rápidamente reaccionó. Ella no tenía una reunión con ese hombre. Volvió a retomar el pulso de la situación.

— Perdone, pero creo que existe una confusión. Yo tenía programado una reunión con João Coelho, jefe de compras de la sección textil.
— ¿No se lo han comunicado? Le han enviado esta mañana a primera hora un email avisándola que la reunión sería tratada directamente conmigo.

Pilar se maldijo mil veces de no haber cargado el móvil la noche anterior.

— ¿Y usted es? — preguntó prudentemente.
— Nuevamente le pido mil disculpas, todavía tengo pendiente el refinar mis modales y protocolo. Soy tal y como he comentado, Pedro Oliveira, vicepresidente ejecutivo de la compañía, y antes de que me pregunte, sí, el señor Don Afonso Oliveira es mi padre, dueño y fundador de este entramado.
— ¿Perdone? — pensó Pilar. Todo parecía una extraña broma. Además, ¿Qué pasaba con el señor Coelho?, ¿Quiénes eran las dos mujeres vestidas de tal forma que sus apenas 40 años, las convertían en mujeronas de más de sesenta?

— Yo…. no sé qué decir. ¿Qué ha pasado con el señor Coelho? No tuve la oportunidad de ver mi correo electrónico.
— Por decirlo sutilmente fue… fue despedido. Así que mientras buscamos un sustituto de garantías, mi querido padre ha decidido que yo dirija la sección textil, habida cuenta, según su criterio, yo soy un experto en moda.

Pilar se quedó helada. Todas las conversaciones previas, las negociaciones preliminares. Todo el trabajo de varios meses de su empresa y de ella misma, tiradas en un instante.

— ¿Entonces en su email indicaba qué posponíamos la reunión? — espetó Pilar.
— Más bien le comentaba que no estábamos interesados en su producto— Pilar cada vez se hacía más pequeña—. Pero al saber que eras una joven bella sevillana, he decidido personalmente aclararlo todo y pedirle disculpas. Hoy es imposible que hablemos a pesar de que me encantaría, créame. Pero ahora al verla, vuelvo a estar interesado en su producto- sonrió—. El problema es que tengo una comida y no puedo anularla.
— No se preocupe, ¿Tal vez esta noche? — insistía Pilar.

El joven miró a sus dos asistentes e indicó con una mirada que se retiraran.

— A mi padre no le gustan estas cosas, pero si le apetece se puede venir conmigo. Él piensa que no podemos mezclar trabajo y placer. ¿Usted qué opina?
— Yo…
— Entonces está dicho todo. En cuanto al producto que ofrecía, ya le enviaré la información que precisamos para que se den de alta en nuestro sistema como proveedor y la cantidad estimada para el primer pedido. El precio ya lo tenía pactado con José, ¿Cierto?
— Bueno no exactamente. Pero no entiendo su cambio de opinión.
— Ya le he dicho que mi padre me ha pedido que lleve la sección y todas las negociaciones que deriven de ella. Y eso hago, lo que mi padre me ha pedido, ¿Lo ve mal?
— No se trata de eso pero no conoce el producto.
— ¿Usted cree que el producto es lo importante? Lo importante es haberla conocido. Nunca vi una mirada tan penetrante y enigmática. Ya le he dicho que le enviaré las cantidades. Ahora relájese que la veo tensa— y le pasó las manos por sus hombros, que ella le devolvió con una sonrisa, al sentir como le acariciaba.
— Volviendo a la cuestión del precio, con el señor Coelho no tuve la oportunidad de fijar nada. Uno de los temas a tratar era exactamente esto.
— ¿Qué tal catorce euros por pieza?
— Es casi tres euros más de lo que me sugirió José. Por mi perfecto.
— Entonces diez euros por pieza. Cerrado el acuerdo.

Pilar no entendía nada, pero su empresa le había indicado que no dejara perder el negocio y con diez euros tenía todavía cierta rentabilidad en la operación. Aun así probó— Lo dejamos en trece euros y le invito yo esta noche a una copa.
— No me tiente señorita. Sabe cómo gestionar una buena negociación. Hecho, pero marchemos que se nos hace tarde. Y apunto a esa copa.
josereinadelamor
Autor: josereinadelamor (murcia)
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