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El viaje del olvido. Capítulo 1: Todo empieza con un cambio

Capítulo I: Todo empieza con un cambio
Me cuesta recordar cómo fue, cómo acabé donde estoy ahora y en qué momento se torció todo. Creo que empezó con los sueños, bueno pesadillas. Estos recuerdos no son de hace mucho, pero están desapareciendo poco a poco de mi memoria, cómo si este cuerpo ya no fuera mío.
[...]
Esa noche me encontraba en medio de la nada, solo, abatido. Hasta donde yo podía ver se alzaban ante mí infinidad de árboles, sus hojas vinieron, bailando y rodeándome mientras la fría noche se encargaba de congelar mis huesos. Era una sensación extraña, me sentía liberado, sin cargas. Había una línea recta ante mí, verde y frondosa. Mis primeros pasos eran difíciles, como si estuviera aprendiendo a caminar, las piernas me temblaban débiles y el viento se encargaba de recordarme que no iba a ser un camino fácil. No había animales ni personas, todo vacio de vida, solo yo y una gran luna en el cielo con una circunferencia perfecta.
Mis sentidos estaban mermados, seguía avanzando hacia el reflejo blanco, cuanto más me acercaba más frío hacía. Una extraña y helada sensación era la que provenía de aquellas llanuras boscosas. ¿Sabes cómo es ese momento en el que toda tu vida se aparece ante ti?, las decisiones correctas y las equivocadas, los aciertos y los errores, las personas perdidas y ganadas, las experiencias vividas y las perdidas… en aquel extraño pasillo hacia la luna se me aparecieron todos esos recuerdos, a la vez que cada paso me congelaba más el cuerpo, como si las elecciones tomadas no hubieran sido las correctas. Se escuchaba una voz de fondo que emitía un sonido.
-Frío, frío, te estás equivocando…- Decía una voz aguda y fina, como la de un ángel.
En ese mismo momento intenté hablar, moverme, dar la vuelta, cambiar mi decisión, mi destino, pero mi cuerpo no respondía y se dirigía hacia la luz blanca, sin pestañear, aún consciente de que la dirección no era la correcta.
-Sabes que no es por aquí… ¿Por qué no haces nada?- Volvió a decir aquella molesta voz
Tenía a apenas dos pasos más el reflejo de la luna en el suelo, pero no podía cerrar los ojos, se me habían congelado los parpados y los labios sellados en una tumba de hielo. A pesar de intentarlo no podía moverme. Todos los árboles y la naturaleza de mi alrededor se fue azulando hasta que cayó en un autentico congelamiento, rompiéndose todas las hojas en pequeños trozos de nieve, hielo y agua, mojando el suelo y provocando un rio de agua que arrasó con todo. En aquel mismo instante solo veía oscuridad, toda la naturaleza que había existido se había congelado y el reflejo de la luna se encontraba bajo mis pies.
-Decisión errónea, pero no te has dado la vuelta… valiente imbécil.- Finalizó aquella lírica voz.
Deseaba con todas mis fuerzas liberarme de las cadenas de hielo y gritar, salir corriendo hacia cualquier otro lado, huir, volar, escapar… Pero nada de eso fue posible… Era como si alguien controlara desde un primer momento lo que iba a pasar.
Mis rodillas cedieron, caí al agua, como si fuera una frágil figura. Mi cuerpo se sumergió en ese río helado sin poder hacer nada para evitarlo, algo me empujaba hacia dentro. Notaba como me ahogaba, pero no podía hacer nada, solo mirar fijamente a esa luna que se emulaba sobre mis ojos, iluminando ese espacio acuático… Mi visión era torpe y la imagen blanca en el cielo estaba detrás de una cortina de agua. Simplemente no podía respirar, me asfixiaba.
Sobresaltado levanté la cabeza, empapado en sudor. Me encontraba en la oscuridad igualmente sí, pero la de mi habitación.
-Solo fue un sueño, otro maldito sueño...- Dije antes de caer sobre las sábanas de mi cama y perderme en una mirada a la lámpara del techo.
Los últimos días habían sido muy duros y cada vez que me citaba con el abrazo de la noche experimentaba extrañas sensaciones, que más que pesadillas parecían mensajes, puntas de flecha sin diana. Siempre había tenido sueños extraños, pero los últimos días esto había ido a peor. Me quité el sudor de la frente y miré el reloj de la mesilla de noche, marcaba las “5:00 A.M”, para mi suerte, no entraba a trabajar hasta una hora más tarde. Me desperecé como pude. No paraba de pensar en aquel extraño sueño, ¿Acaso no había tomado las decisiones correctas? ¿Que intentaban decirme? No encontraba nada en claro para unos episodios que me estaban trastornando y ya duraban varios días. Como si todo indicara el comienzo de algo que escapaba a mi comprensión. Por aquel entonces vivía en Madrid, con mi amigo Marcos. Nos conocíamos desde hace más de 5 años. Desde aquel momento teníamos una relación que superaba a la amistad, habíamos sido compañeros de viaje.
¿Qué como era yo? Siempre me había considerado una persona muy normal, del montón. Probablemente como cualquiera que pasea por la calle, con sus preocupaciones y sueños, pero ante todo intentaba cada día ser feliz con lo que hacía y no arrepentirme de mis decisiones. Era alto, más de la media. Mis ojos eran azules, denotaban sinceridad y en realidad me costaba mucho mentir y hacer daño. Tenía un pelo fuerte y castaño, con un flequillo que me caía por la frente. No me gustaba llevar el pelo largo. Mis amigos siempre se reían de mi nariz porque decían que era un poco grande, pero yo me consolaba pensando que era una herencia de mi padre y estaba orgulloso de ello. Con el tiempo asimilas todo lo que no tiene solución.
Esa noche nada más desvelarme me vestí y me dirigí al comedor, tenía sed. Le di un trago a un vaso de zumo de naranja mientras observaba desde la nevera el salón, no había nadie durmiendo en el sofá, algo raro pues Marcos se pasaba las noches bebiendo y viendo la tele, si no había salido de fiesta o algo por el estilo. Siempre caía rendido en el sofá, pero en aquella ocasión no había nadie en la casa. A pesar de ser un vividor y en ocasiones algo egoísta, la confianza que tenía en él era plena.
Me quedé un rato pensando en aquella “pesadilla en el sofá. Pensé en la persona que más fuerzas me daba para continuar. Ella me había cambiado desde hacía cinco años, me hizo sentar la cabeza después de tanto tiempo. Por fin había encontrado a la persona correcta y la relación no podía ir mejor. Su nombre era Sofía. No era un Romeo, pues ella había sido la primera y única mujer con la que tuve algo serio, lo demás no merecía ni ser contado.
Era alta, con el pelo rubio, una melena que le llegaba hasta los hombros, aunque lo que más me gustaba de ella eran sus ojos. Siempre que la miraba me daba seguridad, por eso antes de tomar cualquier decisión me acercaba a ella y la miraba directamente a los ojos, para saber si iba en la dirección correcta. Como hice aquella vez que tenía que decidir si trabajar o no en Madrid y finalmente allí estaba, trabajando en la redacción de la revista “Realidad o Ficción” centrada en desvelar la realidad de cada noticia, una filosofía que me atrapo desde el primer momento, pero no fue hasta la aprobación de Sofía cuando tenía claro que mi vida debía continuar en esta ciudad.
No siempre fui tan dependiente de alguien, en el pasado no dependía de nadie y las decisiones las tomaba sin contar con nadie, pero en la actualidad era inseguro y la necesitaba para casi todo.
Llevaba poco tiempo en el periódico y mis aportaciones se centraban en pequeñas noticias o apoyo informativo a otro compañeros, pero igualmente tenía clarísimo que solo podía ir a más y mis expectativas seguían intactas. En ese momento estaba trabajando en un curioso caso, el de un niño que juraba haber saltado desde un noveno y estar vivo… ¿Realidad o ficción? Creo que no hacía falta ser periodista para averiguarlo, pero aún así este era mi trabajo ahora. De menos a más, ese era mi objetivo y todo empezaba por hacer estas tareas.
Entre aquella soledad y meditación, me levanté de mi asiento. Llegaba tarde al trabajo y el día pintaba emocionante, apenas podía resistirme a ver que me decía aquel niño. Sin más dilación cogí mi mochila, mi abrigo y salí por la puerta directo al coche, motivado y con ilusión, aunque aquel día hubiera sido mejor no levantarse de la cama.
Ya casi había olvidado mis viajes nocturnos por la selva y tenía que centrarme en el mundo real. Era muy temprano y aún no había salido el sol, pero los currantes como yo partíamos de nuestras cuevas directos al trabajo. Unos curaban enfermos, otros construían calles, yo simplemente me encargaba de buscar la verdad, o eso me hacían pensar.
Rápidamente llegué a la puerta de la redacción, apenas había encontrado tráfico en el trayecto. El edificio era alto y grande, se llamaba Titanus puesto que pretendía emular la grandeza de su nombre en las empresas de dentro como un "titán". Estaba localizado en una zona céntrica de Madrid, perfecta posición en la ciudad. Salí del coche, pero nada más hacerlo, del auto que había al lado salió Samanta.
Aunque llevaba poco tiempo en la revista ya había hecho algunas amistades. Ella era una chica fina y frágil de apenas 24 años. No muy alta, media estatura. Un largo pelo negro que contrastaba con sus ojos verdes. Tenía poca experiencia en el mundo de la comunicación, pero yo siempre había sido amable con ella, todos teníamos una primera vez. La chica siempre vestía elegante, en la redacción todos se fijaban en ella a diario. ¿Acaso puede un hombre pensar en otra mujer cuando todo va sobre ruedas? Creo que no.
Demostraba tener una gran educación, modales y buenas formas, aunque siempre tenía tiempo para alguna broma que destensara el ambiente. Era la fuerza y energía en persona. No nos conocíamos mucho y siempre note que era una chica que no hablaba de sí misma y su vida. Como si no quisiera que los demás supiéramos mucho de ella. A pesar de esto era una persona muy normal. Conectamos desde el primer momento. Coincidimos en su periodo de prácticas y ahora era una más.
-Hola Samanta, a ver qué tal hoy.- Dije con una sonrisa mientras la saludaba y sacaba las cosas del coche.
-Heyy Lucas! Como sea como la semana pasada no muchas, ya sabes cómo es el jefe…-respondió mientras se echaba su corta melena para atrás.
Qué decir de “el jefe”… lo único bueno de él es que si le eras fiel tendrías recompensa, pero su afán por buscar la verdad y las noticias de debajo de las piedras a veces se le iban de las manos, tanto que ahí estaba yo, entrevistando a un niño, mi sueño desde que quería ser periodista.
-Dímelo a mí, esta semana tengo una buena noticia, la del niño suicida que sobrevivió a un noveno, ¿Qué será lo siguiente?- expresé a la vez que agachaba la cabeza con gesto de desesperación y cargaba con mi maletín.
Tras esta breve plática ambos nos dirigimos a la redacción, durante el trayecto no pude resistirme en fijarme en ella. Siempre la vi como una compañera de trabajo, incluso le sacaba unos años, pero tenía una dulzura especial que le hacía destacar sobre el resto. No caía mal a nadie.
Una vez dentro del Titanus le llovieron las miradas. Era cierto que vestía de forma atrevida, ¿pero acaso no era libre de hacerlo sin sentirse acosada?. Yo siempre la observaba con respeto mientras que algunos la desnudaban con el pensamiento. Samanta era una mujer atractiva, pero por mi cabeza no pasaba nada más que Sofía, esa chica me había cambiado la vida. En este momento no sabría si podría vivir sin ella, era mi musa, mi velero, mi luz en la oscuridad.
Nada más entrar en el edificio nos montamos en el ascensor, nuestra planta era la tercera, aunque el edificio era usado para varios negocios, la única planta que pertenecía a la revista era esa y allí trabajábamos nosotros.
Todos mis compañeros estaban empezando el trabajo diario. Era primera hora de la mañana, pero parecía que quedaran unos pocos minutos para el fin de la maquetación del día, el ritmo en aquella redacción era frenético. El Señor Rodríguez era un enfermo, del trabajo y quería que siempre estuviéramos en movimiento, sin perder el tiempo. Nuestro jefe era como todos los que había conocido, les preocupaba sobre todo el resultado, pero este en concreto se olvidaba de que éramos personas y teníamos un límite. Más de una vez le habíamos tenido que parar los pies. Evidentemente era un empresario y siempre primaban los beneficios económicos, pero lo más importante del periodismo no es ganar dinero, sino contar buenas historias. O al menos esa había sido la filosofía que me habían enseñado en la facultad y había puesto en práctica.
Samanta trabajaba en la sección de sociedad y moda, allí se indagaba en los mitos de la belleza o cualquier rumor sobre gente famosa. Se movía como pez en el agua en ese terreno y solo había que verla para deducir que estaba a la última.
La relación entre Samanta y yo era perfecta, congeniábamos. Ella era sincera, buena y amable conmigo, pero no me confundía esa química, pues en aquel momento solo había una chica en mi cabeza.
-Bueno Lucas, yo me voy a poner con lo mío que tengo una semana movidita, luego nos vemos a la hora de comer, chau!
-Sí, claro Samanta, luego hablamos, a mí también me espera una dura jornada. –respondí aún a sabiendas de que era mentira, pero no quería que pensara que mi día iba a ser aburrido. Me dirigí a mi mesa de trabajo y una vez sentado mire el móvil para ver si tenía mensajes de Sofía, pero nada…
Era bastante raro que desde la tarde del domingo no hubiera sabido nada de ella. La noche anterior me dijo que estaba cansada y no la había vuelto a ver desde entonces. No era por preocuparme ni estar celoso, simplemente quería saber de ella. ¿Es lo que se hace con una novia no? Nunca había sido el típico chico que siempre estaba encima de su pareja, pero Sofía fue la primera y me pegó muy fuerte.
Ya en mi puesto de trabajo me mentalicé para empezar, sabía que dentro de poco Rodríguez se acercaría a mí para preguntarme como llevaba la tarea. Sinceramente descubrir si un niño se había tirado o no de un edificio no era para lo que había estudiado tanto tiempo. Yo deseaba estar buscando la verdad en la calle, escribiendo crónicas y siendo reconocido cuando salía a tomar algo… Pero eran castillos en el aire, la realidad era que si quería cobrar tenía que seguir haciendo esto, aunque pareciera raro, macabro o una broma.
En ese momento previo a la escritura alguien me dio una palmada por la espalda, a lo que me giré, pero no me dio tiempo a dar la vuelta entera antes de sus palabras.
-¿Saltó o no saltó Lucas? Buenos días chaval, hoy hay que estar a tope, te quiero al cien por cien y sobre todo buscar la verdad, ya sabes cómo va esto. – Espetó Rodríguez con una voz que parecía estar acatarrada y con problemas para entonar las palabras.
Cómo explicaros cómo era Rodríguez… El jefe del local, el que movía el cotarro en la revista, nada se hacía sin su consentimiento. Recibía el respeto de todos los periodistas de la redacción y era tal su nivel de exigencia el que nos hacía estar a tope todo el día. Su complexión era ancha, aunque él nunca decía que estaba gordo, le echaba la culpa a la genética y a que en su familia todos tenían los huesos grandes. De unos 50 años y con una barba que le cubría todo el rostro, ese era el Señor Rodríguez. Parecía mexicano, sucio y mal hablado, pero en realidad era de Móstoles, más limpio que una patena y sus vocablos asustaban nada más salir de su boca por su ronca voz.
-En el caso de que hubiera saltado ese niño, no podría entrevistarle, creo que es evidente, pero igualmente sé que tengo que confirmarlo…- dije en voz baja observando las notas que tenía en el ordenador,
Rodríguez siempre quería que confirmásemos todo antes de dar algo por seguro. Aunque me parecía estúpida esta situación, debía hacer mi trabajo y conociéndolo, si no lo hacía con profesionalidad me llevaría una reprimenda.
-Jefe, creo que estoy preparado para algo más grande, confía en mí…- expresé sinceramente al líder del barco. Estas palabras salieron de mi boca con seguridad, manteniendo una mirada firme a Rodríguez. Me estaba hartando de no contar para tareas más importantes en la revista y la empresa.
-Bueno Lucas, estos últimos meses has trabajado muy bien, te aseguro que tu próximo trabajo será de mayor magnitud. Hablaremos en breve, ahora tengo que encargarme de que esta revista salga a la luz -finalizó Rodríguez con un tono que intentaba calmarme mis ansias antes de marcharse con prisa.
Él me había asegurado que lo próximo sería mayor. Aunque me había motivado, cierto era que cualquier caso sería más importante que esta chiquillada. Estaba seguro de que iría en las páginas del final, al lado del horóscopo. Quería una portada y estaba seguro de que estaría a la altura de esa responsabilidad. Solo me tenían que dar la oportunidad y la aprovecharía, dejaría huella en el mundo del periodismo, mi meta era ser recordado por algo más que mi nombre.
Me puse en marcha y empecé a escribir ese “artículo”. Tenía algunas declaraciones del “niño suicida”, pero necesitaría imaginación para que todo tuviera consistencia y cohesión, una labor difícil. Durante mi proceso de redacción apareció mi compañero Antonio Cortés. Se paró delante de mi escritorio, en ese momento yo alcé la vista lentamente hasta que nuestras miradas se encontraron.
-Buenos días Lucas, te he visto hablando con Rodríguez, ¿Ya le estas comiendo el culo para que te dé un buen reportaje? Te recuerdo que estoy por delante y tendrás que esperar detrás de mí- Dijo antes de golpear fuerte la mesa con las palmas de las manos.
Esa actitud no era necesaria, pero tampoco tenía ganas de montar un espectáculo. Yo era una persona pacífica y sosegada, no iba a entrar en su juego. En el tiempo que llevaba en la revista mis encontronazos con él habían sido constantes. Siempre quería tener la razón en todo, era pedante como el que más, se creía el mejor y si tenía que jugar sucio para ganar lo haría sin dudarlo. El típico compañero de trabajo tóxico que no aboga por el compañerismo al que todos hemos conocido alguna vez.
Este personaje no destacaba físicamente en nada. Era menudo, bajito, delgado y no excedía de peso. Si algo le gustaba al espigado personaje era ir por delante y poner la zancadilla si hacía falta.
-Te aseguro que si me da un buen reportaje será porque lo merezco y no por hacerle la pelota. A parte tú no eres el más indicado para decir eso, te tiras la mitad del día en su despacho, raro es que aún no tengas lo que buscas- respondí antes de levantarme de la silla y acercarme a él.
La relación entre Cortés y yo era de competencia, pero no se podía decir que se respirara tensión en aquel momento. Parecía como si ambos desde que nos conocíamos hubiéramos firmado un contrato para un enfrentamiento constante . No lo consideraba un amigo, solo compañero de trabajo. Nuestra dinámica era útil para mejorar, el afán por superarnos mutuamente nos llevaba a superarnos continuamente. Aunque claro, él se lo tomaba más en serio que yo.
-Cuidadito con cómo me hablas, todavía sigo estando por encima de ti…- finalizó a la vez que se esfumaba entre el jaleo de la redacción.
-“Como siga viniendo gente hoy no acabo el reportaje”- pensé a la vez que me enchufaba al ordenador y empezaba a escribir.
Cuando estaba escribiendo me gustaba pensar en mis cosas, abstraerme del mundo real y sumergirme en mis pensamientos. En el único momento en el que podía abrir mi mente era en la escritura y aprovechaba para ordenar las ideas de mi cabeza y pensar sobre mi vida.
Cierto es que hasta ahora poco sabréis de mi, o al menos de cómo era yo por aquel entonces. Antes de que cambiara mi vida era una persona cauta, siempre sosegada y tranquila. No me gustaba alarmarme con facilidad. Tenía asentada una buena educación debido a mis padres que me habían transmitido unos valores que nunca había cambiado. “Era bueno por naturaleza” o eso decían de mí. Puede sonar pedante o utópico, pero me gustaba ayudar a los demás siempre que podía y era amable con las personas, aunque luego no me lo devolvieran de la misma manera. Admito que más de una vez dudé de que mi actitud y personalidad fuera la más acertada, pero nunca cambié. También me plantee si existía el Karma, si realmente por ser bueno te pasaban cosas buenas, supongo que todo el mundo duda en algún momento de sí mismo.
-“¿Me habría servido de algo ser de otra manera?” – Pensaba mientras ordenaba la información que tenía que redactar.
De pequeño había sido un niño débil. Mi padre estuvo ausente en muchos momento de mi vida por el trabajo, pero él siempre intentó hacerme fuerte y peleón, en contraposición con la postura de mi madre.. Así acabe siendo lo que soy hoy. Muchas veces no tenía el temperamento suficiente para enfrentarme a Rodríguez o Cortés y más de una vez me callaba alguna que otra respuesta, pero si estallaba ya podían desaparecer de mi vista. Tenía la sensación de que mi padre no había estado en momentos clave de mi infancia, él siempre se excusaba en el trabajo, que le consumía todo el tiempo que tenía. El momento en el que entraba en su habitación ya era imposible contactar con él.
-Esto ya está casi acabado…-Dije mientras finalizaba de maquetar el artículo. Podía escuchar mis tripas, anhelando comida y acordándose de por qué no desayuné algo más.
La mañana transcurrió rápida, apenas mire el reloj desde que empecé a trabajar y las ideas fluyeron solas. En mi cabeza seguía siendo una preocupación que no estaba con Sofía y no la había visto en un día. Siempre había estado solo, nunca necesité a nadie en el pasado, hasta que apareció ella. Iluminó mi vida, todo lo que yo era y había hecho era gracias a ella. Me había hecho dependiente.
Era ya medio día, como de costumbre en la redacción nos juntábamos todos para comer en la planta baja, pues el edificio contaba con una cafetería-restaurante que suministraba a todas las empresas de provisiones para vivir el día a día. A la hora de comer en el edificio se formaban largas colas, por lo que ir cuanto antes era una prioridad.
-Lucaaas!! ¡Vamos a comer ya, me muero de hambre! –Dijo Samanta zarandeándome sin descanso.
-Ya voy, pero espera un momento que acabe esto, la comida no se va a ir.-dije con ironía escribiendo a ritmo de relámpago a la vez que ella me metía prisa.
Desde siempre había tenido una responsabilidad innata. No podía dejar las cosas a medias, si me mandaban algo tenía que acabarlo, no era perfecto, pero sí intentaba ser cumplidor. Me costaba ser anárquico, aunque más de una vez me hubiera gustado romper los esquemas, dar un salto fuera de la monotonía y el aburrimiento que era hacer todos los días lo mismo.. Samanta no estaba por la labor de dejarme acabar y de ello me percaté rápido pues no me soltaba.
-Bueno… acabare luego, vamos a llenar el estómago-

Bajé a la cafetería junto a Samanta y Cortés. Había gente de todo el edificio, cualquier empresa que estuviera allí tenía derecho a degustar la rica comida del cocinero Carlo. Mis miradas discretas hacia la barra solo hallaban una gran cantidad de gente con una necesidad imperiosa por saciar su hambre.
-Aunque Rodríguez me ha dicho que no me preocupe por cómo va a quedar mi noticia no estoy tranquila- inició Samanta durante nuestro almuerzo.
-Ya conoces al jefe, si tienes tetas y buen culo todo es más fácil- esbozo Cortés mientras se reía airadamente. Su tono fue impertinente y su comentario dejo el rostro de Samanta congelado
-¿Venga hombre, ya estamos con tus machismos Cortés?- sentencié alzando la mirada hacia Samanta y buscando su aprobación.
-A ver si ahora no se va a poder gastar ni una broma- respondió enfadado y disconforme con mi comentairo.
Llevaba más de 24 horas sin ver a Sofía. Me parecía raro que no me hubiera mandado ningún mensaje ni me hubiera avisado de que no iba a aparecer por casa. Acto seguido me pareció oír un ruido que provenía de mi móvil, lo cogí nervioso esperando ver su nombre en la pantalla y así mismo fue. Eran sobre las 3 del mediodía y por fin daba señales de vida, aunque en un mensaje de texto:
“¡Hola cariño! Siento no haberte avisado de que no iba a ir a tu piso anoche, me surgió un imprevisto en la clínica y no he podido avisarte hasta ahora. Esta noche cuando salgas a las 9 nos vemos en tu casa, hasta luego cariiii!!! : ) “

Tanto silencio por su parte durante todo el día y ahora se dirigía hacia mí. Tenía muchas ganas de verla y me tragaría mi orgullo, como siempre hacía. Era una persona muy paciente, siempre esperaba y perdonaba, pero como todos tenía un límite. En realidad mis discusiones con Sofía se contaban con los dedos de una mano y en ocasiones tenía la sensación de que era ella quien llevaba los pantalones en la relación.
Tras comer y platicar unos minutos volvimos a subir a la redacción, sabía que debía trabajar duro si quería salir de allí antes para verla. Los tres nos separamos, cada uno siguió con su trabajo durante toda la tarde, sin más descansos.
Fue una tarde intensa, los papeles volaban por todos lados y la gente no paraba de ir de un lado a otro. Quería salir de allí cuanto antes y darle una sorpresa a Sofía por lo que debía trabajar aún más rápido de lo que tenía planeado en un principio. Así, sin descanso, avanzo la tarde hasta que fueron las 19:00 P.M. El sol del ocaso me cegó, iluminando todo mi escritorio y dibujando en el cielo una intensa roja figura.
Como siempre a media tarde-noche Rodríguez se acercaba a las mesas para ver cómo iba el trabajo de sus pupilos. Podía observar como pasaba de escritorio en escritorio controlándonos. Sabía que hablar con Rodríguez era la clave para salir de allí antes de la hora, pero me costaba, aún sabiendo que mi trabajo estaba bien hecho y acabado, pues el jefe era reacio a permitir que se marcharan de allí los trabajadores antes de tiempo. Pude ver como Rodríguez se acercaba hacia mí, yo disimulé escribiendo cualquier cosa.
-Bueno, bueno, espero que hayas aprovechado el día, ¿Qué tenemos por aquí?- dijo Rodríguez mientras se tocaba su incipiente barba y miraba mi trabajo de todo el día
-Exactamente he acabado lo del niño suicida, he avanzado sobre la cuestión del frio en las calles por la noche debido a la contaminación y he planteado varios temas interesantes para la sección “realidad histórica”, creo que te va a gustar…- finalicé mirando al hombre del que dependía mi libertad.
-Veo que vas bien Lucas, hoy has trabajado duro, no te he visto fuera de tu silla en toda la tarde. Además te veo inquieto, creo que ya has hecho suficiente por hoy. ¡Una última cosa! Mañana acuérdate de que tienes que traer los papeles que te di, solo eso y hasta mañana.
Lo cierto era que no iba a trabajar ningún día más a este nivel. Hoy era una excepción, había hecho todo lo que pude en el menor tiempo posible solo por verla a ella. Me ardían los dedos y tenía la cabeza que parecía que me iba a explotar. Lo único que deseaba era salir de allí y prepararle algo bonito a Sofía, seguro que iba a ser una gran sorpresa. Cogí mis cosas, me puse la chaqueta, apagué el ordenador y salí de la redacción con la sensación de que había cumplido y con unas ganas atroces de prepararle una cena que no esperaba a Sofía.
Bajé las escaleras que llevaban al hall del edificio y salí por la puerta. Un resplandeciente Sol anaranjado incidió directamente en mi rostro. Tuve que taparme con la mano para evitar cegarme, nunca había visto tan rojo el Sol, es más nunca recordaba haberlo visto tan grande. Una vez cerré la puerta del coche me relajé y di un soplido de alivio. Estaba reventado y lo cierto era que con las recientes pesadillas no había podido dormir todo lo bien que quisiera. No era raro que me ocurriera esto por la noche, por alguna razón siempre había tenido este tipo de sueños, aunque en los últimos días había empeorado como nunca antes. Aquel momento de relax en el coche me venía bien para meditar y preguntarme porque estaba teniendo esos extraños sueños y qué querían decir. Nunca le había dado mucha importancia, podía vivir con ello, pero había llegado a un punto que era agobiante.
Sin más dilación arranqué el coche y salí de allí volando. Tenía unas ganas inhumanas de tocar y sentir a Sofía. Necesitaba un abrazo, una caricia y notarla cerca de mí. La realidad es que me había convertido en una persona que dependía de ella, me gustara o no. Si me preguntabas si podría vivir sin ella ahora, la respuesta era no. Triste, pues yo siempre consideré que no necesitaba a nadie para ser feliz. Todo eso era ya del pasado.
El trayecto de vuelta fue rápido. No sé si por mis ganas de llegar a casa o el escaso tráfico. En la carretera solo estábamos mi coche bajo el crepúsculo, con el Sol escondiéndose y saludando a la noche. Le daba vueltas en la cabeza a mejorar mi posición en la revista, no había estudiado tantos años para ser tan poco útil para la sociedad. Quería sentirme productivo, avanzar y convertirme en alguien importante. No quería ser uno más.
Conforme iba subiendo las escaleras le daba vueltas a mi cabeza. ¿Qué sorpresa le hago a Sofía? ¿Le gustará una buena cena? ¿O preferirá unas velas y una película romántica? Cada idea retumbaba como una lluvia de ideas , un jaleo inmenso.
¿Habéis tenido esa sensación de que toda tu vida se deshace? Cambian repentinamente tus perspectivas, ideales, creencias, sueños… Todo muta y merma hacia algo diferente. Basta un clic oportuno para que se activen los mecanismos necesarios que accionan tu cerebro y el mundo que conoces da un vuelco inesperado. Como un castillo de barro y sueños que es tan frágil que se deshace sin poder hacer nada para evitarlo. La explosión del corazón
Nunca pensé que pudiera ocurrirme a mí algo así que cambiara tanto mi existencia, al menos hasta ese día. Normalmente hubiera llamado antes de entrar dentro de mi piso, pero iba con evidentes prisas, y no esperaba ver a Marcos hasta que volviera de su trabajo.
Nunca abrir una puerta fue tan inoportuno. Metí las llaves con cierta rapidez. Entonces, vi ante mí la escena más dramática y desastrosa que nunca podía haber imaginado. Llegué una hora antes de lo normal para darle una sorpresa a ella, pero los azares del destino quisieron esta me la llevara yo. Mis ojos se paralizaron, mi rostro acabó tan helado como en el sueño de aquella noche, premonitorio de cómo me sentía yo ahora.
Los músculos se anularon. El maletín cayó al suelo como una roca. Mi rostro demostraba lo que sentía en ese momento, una mezcla entre incomprensión, sorpresa y miedo, mucho miedo por lo que me tocaba afrontar a partir de ese momento. Toda la vida como la había concebido se derrumbada y esfumaba como un tazón de azúcar al entrar en contacto con el líquido. Mi cabeza se bloqueó. Por primera vez en todo el día deseaba soñar despierto. Ojala lo que presencié hubiera sido un sueño, pero era la pura realidad.
Esos dos cuerpos desnudos, disfrutando de mi ignorancia e inocencia. El rostro en la cara de Sofía era una mezcla entre lujuria y placer. Ella tardo unos segundos en darse cuenta de que yo estaba delante de ambos observando esa macabra escena. La mujer que me había abierto la mente y me había guiado en los últimos años por el buen camino, que me había cambiado mi vida y a quien yo le había dado una importancia que nadie había tenido nunca en mi vida. Habíamos sido un todo, pero en ese momento tan revelador pude ver que me equivocaba. Todos los castillos de arena que habíamos formado juntos hasta ese día se deshacían mientras escuchaba un ruido que era lo más parecido a un disparo directo al corazón, cada impacto rompía mi vida y mis sueños…
No podía creer lo que estaba viendo. Sentir que nada importaba en ese preciso instante. Pude notar como algo se me rompía por dentro, pero no sabía exactamente donde. Recuerdo aquel momento como una eternidad. No sé si era que ellos no me habían visto o si durante ese instante el mundo se paró para que yo pudiera reflexionar sobre que decisiones fueron las acertadas y cuáles no.
-“Ojala no me hubiera levantado de la cama ese día…”- Pensé en ese momento. Podía ver perfectamente el momento en el que nos conocimos Sofía y yo, de casualidad. Recuerdos que ya no valían nada.
Tanto que había sacrificado yo para ir a esta nueva ciudad con ella, ya nada tenía un más mínimo valor. Nuestros planes de futuro, una relación forjada con mi sacrificio y dedicación donde tuve que dejar atrás a tantas personas y cosas. Ahora nada de lo que había hecho tenía sentido y mucho menos podía cambiarse. Las palabras que escuché en mis sueños cobraban fuerza.
-Decisión errónea, pero no te has dado la vuelta… valiente imbécil…- Esa voz paralizante que escuche se repitió por momentos en mi cabeza, podía recordar exactamente el tono y las palabras que irrumpieron aquella noche en ese baño de hielo y miedo.
Como decía esa premonición ya era demasiado tarde, tomé la decisión de ir junto a ella hasta Madrid y tenía que ser consecuente con lo que había hecho. Ese segundo interminable terminó, mi maletín impactó finalmente contra el suelo desvelando mi presencia y fastidiando la velada que estaban teniendo. Creo que aún con todo lo que me quedaba por vivir nunca vería una cara de sorpresa mayor que la que ellos mostraron. Los ojos de Sofía se iluminaron como perlas, ella sabía lo que estaba haciendo y pude por un momento ver en sus pupilas la mujer de la que me enamore, pero apenas fueron unos segundos hasta que desapareció para siempre.
La escena que tuvo lugar en ese momento fue la más tensa que había vivido… Me quedé paralizado y ellos empezaron a ocultar sus vergüenzas con la ropa que había tirada por el suelo . No quería ni explicaciones, pues dudaba que ninguna palabra que me dijera ella pudiera calmarme y menos aún responderme a todas las dudas que se me habían generado.
-Con que no te funcionaba el móvil…-dije en un momento de ira absoluta presenciando como Sofía y Marcos se vestían como podían. Mi rostro se estremeció hacia la pena de ver cómo me habían engañado y destrozado. Casi no me salían las palabras, solo quería salir corriendo de allí.
-¡Cariño, te lo puedo explicar!- gritó intentando tocarme con una mano desde la lejanía. Esas palabras eran papel mojado para mí. Sofía se acercó hacia mí con los ojos llorosos, en cambio Marcos estaba petrificado, no sabía qué hacer ni decir, típico de él no responder a sus actos.
Yo me deshice de Sofía con un gesto agresivo, no quería saber nada de ella en ese momento, y sé que si me hubiera quedado allí no habríamos salido bien parados. Cogí el maletín y con las mismas salí por la puerta por la que había entrado, no sin antes soltar unas últimas palabras:
-No me lo puedo creer…esto no está pasando…- espete con incredulidad con la mano en la cabeza mientras dejaba tras de mí esa patética escena, mi vida había cambiado en apenas segundos.
-¡¡¡LUCAAAAAAAS!!! ¡¡¡ESPERAAAAAAA!!!- gritó Sofía asomándose por la rejilla de la puerta, pero solo me vio desaparecer por las escaleras. Nunca imaginé un fin así a nuestra relación. Más bien me lo imaginaba con los dos en la recta final de nuestras vidas tirados en la cama, deseándonos nuestro amor eterno. El destino me tenía reservado algo muy diferente de lo que yo esperaba.
No sabía hacia dónde ir, ni que hacer. Era un hombre perdido y asustado en medio de una solitaria calle lluviosa. No podía parar de llorar. Pensé en llamar a mi hermano, a mis amigos… Pero realmente solo quería estar solo y olvidarme de todo. Sin fuerzas me tire en la calzada, mirando hacia el cielo lluvioso. Sabía que si me quedaba mucho tiempo allí Sofía aparecería y lo último que quería era verla. Así que cogí el móvil y llame a la única persona que no me dejaría tirada en ese momento. Tenía tantas cosas que pensar, reestructurar mi vida. Con la mano temblorosa por el frío y la experiencia que acababa de vivir me puse el móvil en la oreja para iniciar una necesaria conversación:
-Samanta soy Lucas… estoy en la calle sin ningún sitio hacia dónde ir, es una larga historia…- Dije levantándome con mis últimas fuerzas. Si en alguien me podía apoyar en ese momento era en mi joven amiga. Tantas personas que había conocido y solo se me ocurrió llamarla a ella en un momento tan importante. Sabía que a partir de este suceso toda mi vida cambiaría. Notaba un vacío dentro de mí que se iba haciendo más grande, sensación que solo había tenido una vez antes en mi vida. Desaparecí entre la lluvia y la oscuridad de Madrid, dejando tras de mí una niebla blanquecina, tan blanca como fue la pureza de mi amor hacía Sofía.
pikmi
Autor: pikmi (Cartagena)
Publicados: 1 textos

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